La ClaseMedia en tiempos de Macri


9 meses lleva ya el gobierno nacional que dirige Mauricio Macri y muy pocas han sido las medidas favorables a la economía domestica, al bolsillo de la gente “de a pie”; más bien se ha realizado una tremenda transferencia de recursos de los sectores bajos y medios hacia el capital concentrado beneficiando a la burguesía local y a las empresas trasnacionales. Esto sucedió mediante nuevos cuadros tarifarios, exención o reducción de retenciones, valorizaciones sectoriales a partir de decisiones de funcionarios con acciones en las empresas beneficiadas y promociones comerciales (algunas increíbles como la eliminación del gravamen a las bebidas espumantes y a ciertos autos de alta gama) entre otras medidas que terminan configurando un gran cuadro confiscatorio. Es decir que durante este corto lapso los ricos se han hecho más ricos y los pobres más pobres. Pero… y los del medio?

En un contexto de desarticulación social como el actual, con una combinación perversa entre inflación y recesión, caída del consumo, deterioro de grandes ramas de la actividad productiva, inversiones que no llegan, segundo semestre peor que el primero, entre otros varios males diversos, las clases medias han sufrido una fragmentación típica de un escenario político económico como el actual donde las ideas neoliberales se combinan con los intereses corporativos de quienes detentan el gobierno. Ante esta situación a algunos integrantes de las clases medias les ha ido muy bien, a otros les va igual, a unos cuantos mal y a muchos muy mal.

Antes de entrar en detalle de los bienes y los males hagamos una apretada definición de quienes integran las clases medias, mas allá de que algunas encuestas revelan que más del 60% de los argentinos dice pertenecer a estas clase, bien podemos decir que abarca, analizando  el plano ocupacional, a profesionales, docentes, comerciantes, cuadros técnicos de la industria y los servicios, empleados administrativos, entre otros (Luzzi y del Cueto)

Dicho esto y siguiendo la definición dada  vemos como, por las medidas que mencionábamos más arriba, quienes han sido perjudicados son los pequeños productores autónomos, comerciantes, trabajadores especializados , cuadros técnicos ligados al modelo anterior, docentes y, finalmente empleados administrativos y de comercio asalariados. Mientras que el grupo de quienes se han visto beneficiados, más reducido, corresponde a las llamadas clases de servicio, dado que se trata de ocupaciones en las que se ejerce autoridad o bien se controla información privilegiada. Esta franja estaría conformada por las élites planificadoras, los sectores gerenciales y profesionales y los intermediarios estratégicos. En suma, franjas que protagonizan trayectorias de ascenso social beneficiadas por una mejor articulación con las nuevas estructuras del modelo económico actual (Luzzi y del Cueto). Incluso hay algunos que siguen igual: perdieron con algunos recortes pero ganaron con las exenciones o viceversa y vienen empatados.

Uno de los indicadores mas practicos para observar el cambio de situación tiene que ver con  el consumo. Al registrarse una merma en el ingreso a partir de la depreciación salarial generada por la devaluación provocada por “sinceramiento” económico y al encarecerse los bienes y servicios por la inflación y la indexación de tarifas; aunque también hay casos donde directamente el jefe de familia ha perdido su puesto de trabajo, todos los aspectos de la organización de la vida cotidiana y de las relaciones familiares ligados a lo económico son puestos en cuestión y obligados a una adaptación al nuevo contexto. Ocurrido esto, nulo el ahorro, hay una restricción familiar, en el consumo, que se vuelca a aquellos productos de demanda inelastica como  comestibles y medicamentos, menguando la compra de  productos de demanda elástica como los bienes durables y servicios de todo tipo. Esta disminución del consumo afecta a otros pares de la propia clase media como comerciantes y proveedores de diferentes servicios por lo que el plano recesivo desarrolla un espiral descendente  donde todos los actores de la clase media van dejando de comprarse entre si y ayudan a la perdida de ganancia del resto.

Una vez más, como ya ocurriera con gobiernos anteriores pero sobre todo luego de la dictadura del 76 y la década menemista, las clases medias han sufrido una gran fragmentación e incluso un empobrecimiento que no calcularon a la hora de votar en primera vuelta (en el ballotage las opciones en cuanto al modelo económico eran similares) para buena parte de ellas, según lo que también expresan Luzzi y del Cueto, la expectativa de movilidad social ascendente, tradicionalmente constitutiva de su identidad como grupo social, ha dejado de marcar el horizonte: el desafío principal ya no es progresar, sino evitar la caída.404894

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Hijo te voy a contar


Todavía me acuerdo de la cara de la rata cuando escucho que lo insultábamos. Había llegado recién a la Municipalidad de Roca en un inmenso colectivo por calle Sarmiento, con una gran comitiva entre los que se podía ver al Embajador de Italia. Cuando estaba por bajar lo vimos y empezamos a insultarlo; estábamos cerca, en la vereda del Colegio María Auxiliadora, a menos de 15 metros. Su cara mostraba estupor y algo parecido al pánico. Años después comprendí que en realidad era cinismo.

Hace un par de días al leer uno de los diarios regionales me golpeó en la cara uno de los títulos de tapa. Se trataba del despido de 102 obreros que trabajaban en una empresa minera de origen chino ubicada en  Sierra Grande. Se me vinieron a la memoria un montón de imágenes, un montón de historias. Se me juntaron un montón de emociones y mientras pensaba en la letra de Ismael Serrano “Papa cuéntame otra vez” decidí contarte esto que nunca te conté hijo mío.

No sé si sabias Santi pero el hierro en Sierra Grande fue descubierto en 1944 sin embargo no fue hasta 1969, con la creación de la empresa estatal  HIPASAM, que comenzó la explotación de la que , en su momento, fue considerada la mina de hierro más importante de Latinoamérica. En esa época trabajo tu abuelo Rodolfo, el Chueco mayor, pero en otra empresa que se llamaba HOCHTIEF y que realizo tareas de infraestructura  en la bocamina. Mi papá , tu abuelo,  llegó a Sierra Grande en el 73 y se  llevó con él a un puñado de lamarqueños que aun, hoy en día, suelo encontrar y siempre me dicen con los ojos brillosos “el Chueco me llevo a trabajar a Sierra, que lindas épocas”. Por ese entonces, cuando él  llegó, se produjo una huelga de características inesperadas para la época y que fuera el antecedente eficiente de otra gran huelga que un par de años después iba a marcar un inusitado antecedente histórico del cual se ha hablado poco. Pero en noviembre de 1973, con Rodolfo recién llegado, primero la UOCRA, el gremio de trabajadores de la construcción y más tarde AOMA, gremio de los mineros desataron una huelga en la cual iban a enfrentarse intereses que luego serian determinantes en el curso político de nuestro país. La izquierda sindical cercana a Montoneros versus la derecha sindical con orden de disciplinamiento obrero, cercana a Perón. Fueron unos cuantos días de tensiones, corridas, amenazas, petitorios y acuerdos trasgredidos. Tu abuelo recuerda como en esos primeros sucesos entre los puntos que reclamaba la UOCRA se pedía por  la reincorporación de un compañero suyo  de apellido Ruiz que se había caído al mar con un tractor y por eso había sido echado. Pero la huelga del 1975, la que vino después,  fue otra cosa; allí se dio la primer acción antisubversiva por parte del Ejercito, amparada por los cuatro decretos dictados por el Poder Ejecutivo de la República Argentina, durante ese mismo año,  y que fueron redactados durante el gobierno constitucional peronista con el fin de “neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos”  . Papá recuerda la gran agitación del momento y los dimes y diretes vividos en tiempo real sin la necesidad de la inmediatez mediática de nuestros tiempos; incluso hace poco me contaba que todavía está presente en su mente esos momentos en  que , afuera de la oficina donde él trabajaba, había francotiradores del Ejercito y cada día y a cualquier hora había que mostrar las identificaciones y que los mandos militares tomaban cualquier dependencia para usarla de acuerdo a sus fines. Nadie lo noto en ese momento pero empezaba a gestarse el golpe de Estado de 1976 que trajo la Dictadura más vil y sangrienta de nuestra historia y que además fuera, en materia económica, el conejillo de indias para la aplicación de medidas neoliberales.

También yo guardo cosas inolvidables en mi retina y en mi memoria;  las fotos de la huelga  que tu abuelo tomó con una maquina Kodak, cuya manipulación fue mi primer acercamiento a la tecnología, los viajes a Sierra Grande adonde se trasladaba toda la familia en vacaciones y con tu abuela y tus tíos podíamos pasar unos días con el jefe de familia que por cuestiones de la desocupación friccional debía pasar mucho tiempo fuera de casa y de la familia, años después supe en términos técnicos porque veía a mi papa solo cada 15 días, y aunque en esa época yo contaba con pocos años hay cosas que jamás olvidaré: la primera vez que vi una pizza en caja, cierto episodio doloroso con el cierre de un pantalón beige y la noticia de que los Reyes eran los padres, cuestión que me entere cuando apenas tenía 4 años.

Debo contarte que en 1991 el gobierno nacional de turno, a cargo del presidente Menem, decidió mediante un Decreto Presidencial cerrar HIPASAM, Hierro Patagónico , la empresa minera de Sierra Grande  siguiendo las pautas dictadas por el entonces de moda Consenso de Washington,   un listado de políticas económicas consideradas durante los años 90 por los organismos financieros internacionales y centros económicos, con sede en Washington D.C y destinadas a “corregir” las deficiencias económicas de los países tercermundistas azotados por las crisis inflacionarias y de la deuda externa. Esta receta  impactó negativamente en toda Latinoamérica barriendo con las pocas “instituciones” que quedaban del Estado de Bienestar y oprimiendo y excluyendo a millones de personas. Estas medidas de neto corte neoliberal propugnaban, entre otras cosas, un Estado mínimo y dieron ocasión al robo más grande de la historia de nuestro Estado Nacional que fue la privatización de empresas estatales negociadas a precio vil con grupos trasnacionales y operadores criollos de vieja estirpe y otros surgidos al poder económico en épocas de la dictadura con los negociados de la llamada “Patria Contratista”. En ese contexto desapareció HIPASAM y Sierra Grande se convirtió en un pueblo fantasma.

Y acá viene lo que te quiero contar Santiago, perdón si me fui un poco por las ramas; y tiene que ver con esa época de principio de los 90  cuando Menem decretó la intervención de la empresa y el cese de su producción. La ausencia de actividad y de pagos por parte de HIPASAM tuvo un fuerte impacto en Sierra Grande. Los trabajadores realizaban protestas a la vera de la ruta 3, marchaban al Congreso Nacional y se reunían con cuanto político tenían a a mano. Fue por entonces que el entonces presidente llegó a la ciudad de General Roca, acompañado del Embajador de Italia, para inaugurar unas cuadras de asfalto en Stefenelli. Por entonces yo militaba en una agrupación política en la universidad y a nuestra manera combatíamos ese gobierno que había ganado prometiendo revolución productiva y salariazo y en realidad gobernaba mediante decretos, achicaba el Estado, echaba trabajadores y sumergía al país en una crisis inconmensurable en la política, la economía, la cultura y el mundo laboral, de la cual aun hoy no podemos salir.

Cuando nos enteramos que venía Menem nos organizamos con algunos compañeros para ir a repudiarlo; sabíamos además que un grupo de obreros de HIPASAM iba a venir a acampar a la plaza que esta frente a la Municipalidad para que el presidente los atienda y les solucione de alguna manera su problema por lo que la posibilidad de expresar nuestra solidaridad con esa gente también nos motivaba; así que nos reunimos en la casa de un compañero y  fuimos temprano para el centro; era fines del invierno y estaba fresco. Los muchachos de la UOCRA regional y los obreros de HIPASAM estaban en la plaza que esta  frente a la Muni y también a la Iglesia. Algunos tocaban el redoblante, otros se calentaban en unos fuegos improvisados en tachos de 200 litros. Quisimos acercarnos a saludar pero la gente de la UOCRA local no nos dejo con el pretexto de que querían estar solos para que no se contamine el reclamo. Cuando faltaban unos minutos para que llegue Menem nos llego la noticia. Los obreros de HIPASAM levantaban el acampe y no iban a hacer ningún tipo de manifestación  porque el presidente, a través de uno de sus funcionarios, les había prometido una posible reactivación del complejo minero. No lo podíamos creer, nos cayó muy mal la información. Sabíamos que era otra mentira de Menem, un invento más, en este caso, para que no lo molesten en su llegada a General Roca. Algunos de nuestros compañeros indignados se fueron a sus casas. Nosotros nos quedamos, 5 o 6,  y nos apostamos mezclados entre la gente que había ido a esperar al presidente. Casi a las 10 de la mañana finalmente llego la comitiva, encabezada por ese riojano detestable que había llegado al poder mintiéndole a la gente y nos estaba sumiendo una cruel miseria. Solté toda mi indignación en improperios. Lo putee como nunca lo había hecho antes en mi vidacon nada ni nadie, mis compañeros también. Todavía me acuerdo de la cara de la rata cuando escucho que lo insultábamos. Había llegado recién a la Municipalidad de Roca en un inmenso colectivo  por calle Sarmiento, con una gran comitiva entre los que se podía ver al Embajador de Italia. Cuando estaba por bajar lo vimos y empezamos a insultarlo; estábamos cerca, en la vereda del Colegio María Auxiliadora, a menos de 15 metros. Su cara mostraba estupor y algo parecido al pánico. Años después comprendí que en realidad era cinismo.

Nos dimos cuenta de nuestro error cuando ya era tarde. Estábamos insultado al Presidente en medio de quienes se habían reunido para vivarlo, esos que le creían lo de la Revolución Productiva, los que deliraban pensando que era un nuevo Perón, los que estaban felices con ese patilludo que engañaba con tanta facilidad a quienes lo habían ungido presidente. Cuando nos escucharon insultar comenzaron a repudiarnos y a querernos callar, en nuestra inocente juventud quisimos hablar del ajuste, de los despedidos, de los excluidos para siempre. La respuesta fue dada en insultos primeros, luego en forcejeos y finalmente comenzaron con la agresión física. Nuestras largas cabelleras nos jugaron en contra porque  a varios compañeros los tomaron de los pelos. Un grandote de la UOCRA que tocaba el bombo me erro un manguerazo que me hubiera dejado KO; esquive unas trompadas, ayudé a zafar a mis compañeros y empezamos a irnos. Entonces nos empezaron a correr. Conmigo se las había agarrado el grandote del gremio de la construcción. Nos persiguieron tirándonos palos y puntapiés. Yo corrí por Sarmiento y doble en contramano por Tucumán y en la otra esquina doble a la izquierda por Avenida Roca y recién pare  frente al Bristol, casi llegando a las vías y me di vuelta. El tipo que me seguía había quedado en Roca y Tucumán con las manos en las rodillas, con la manguera en la mano derecha y de allá me hacía señas pero yo sabía que no me iba a seguir corriendo porque no me podía alcanzar. Me fui por las vías di unas vueltas y me encontré con un compañero, buscamos a los otros pero no los encontramos. Nos fuimos a la casa de adonde habíamos salido y de a poco fueron llegando todos, la mayoría golpeados, uno con un ojo  negro, otro había perdido el morral. Yo había salido ileso pero me dolía el alma. Nunca más hablamos del tema.

La historia que sigue es arto conocida. Menem, por lejos, fue el peor presidente democrático argentino. Dispuso la privatización de las empresas públicas que producían bienes y prestaban servicios; por ejemplo, las petroleras, las de suministro de gas, electricidad y telefonía, los ferrocarriles y el transporte aéreo, entre muchas otras. El argumento para privatizarlas era que estas empresas prestaban servicios deficientes y generaban déficit al Estado , gastos que no se podían afrontar; a eso sumale la desregulación de precios y salarios, la apertura de la importancia de bienes y del ingreso de capitales provenientes del exterior. Uno de los hits de ese nefasto gobierno fue el  Plan de Convertibilidad que redujo rápidamente la inflación heredada del gobierno de Alfonsín y por diez años el valor de la moneda argentina quedo equiparado al del dólar norteamericano. En ese entonces un peso podía cambiarse por un dólar lo que mejoro inicialmente el poder adquisitivo de los sectores altos y medios de la sociedad. Una parte de las inversiones extranjeras correspondió a empresas que modernizaron aspectos de la economía argentina, como en el caso de los medios de comunicación, la producción automotriz y la expansión de las computadoras personales.  El sector que más creció, como ocurría entonces en todo el mundo en el marco de la globalización, fue el terciario es decir comercio, finanzas y servicios.
La actividad industrial perdió importancia relativa, frente a la competencia de los productos importados. Muchas fábricas y talleres cerraron, lo que genero desocupación. Junto con las medidas económicas, el gobierno de Menem adopto políticas de flexibilidad laboral, es decir que modifico la reglamentación de los contratos de trabajo. En la administración pública se tomaron medidas de racionalización administrativa, lo que significó la reducción del personal en reparticiones estatales. El resultado de estas políticas fue mayor concentración del ingreso entre los sectores económicamente más altos, lo que hizo que aumentaran cada vez más la brecha entre los sectores ricos y más pobres de la sociedad argentina.

Con los años lo volví a ver al grandote de la UOCRA. Ahora devenido en puntero de otro fanático del achique estatal: Carlos Soria. Charlamos varias veces por cuestiones periodísticas. Siempre estuve a punto de decirle que era muy lento en los 200 mts. y que no tenía puntería con la manguera del bombo, pero bastante tenía pobre muchacho con haber sido menemista y ahora sorista. Incluso la última vez que fui a Roca me baje del colectivo y lo encontré. Está viejo y gordo. Estuve a punto de decirle que era un pelotudo, total, imagínate que si no me alcanzo hace 25 años ahora menos. Lo note vencido. Me hablo de los tiempos difíciles que se nos vienen como país, que Macri había ganado prometiendo la revolución de la alegría y que en realidad gobernaba mediante decretos, achicaba el Estado, echaba trabajadores y sumergía al país en una crisis inconmensurable en la política, la economía, la cultura y el mundo laboral.

Karl Marx en el inicio del “El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte” unas de sus obras más difundidas nos deja  una frase que ha quedado para la historia “…Hegel dice, en alguna parte, que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se repiten, para decirlo de alguna manera, dos veces. Pero se olvidó de agregar: la primera, como tragedia, y la segunda, como farsa…” Si Karlitos. Aunque farsantes como Menem y Macri producen tragedias. Eso se le pasó a Hegel

Ahora los chinos que trajeron los Kirchner para reactivar la economía echaron más de 100 obreros. Dicen que serán 200 finalmente. El preventivo de crisis les permite despedirlos y pagarle solo el 50% de la indemnización. Tenemos otra vez un gobierno que, al arbitrar entre capital y trabajo, tuerce las chances a favor de los empresarios. Se vienen tiempos difíciles, tiene razón el gordo de la UOCRA como tambien teníamos razón nosotros en los 90, nada más que ahora nadie nos corre porque no hay para donde correr.

Todo esto que me golpeo en la cara me trajo tantos recuerdos. Sierra Grande, el abuelo trabajando allá, el cierre de HIPASAM, las corridas por el centro, el neoliberalismo ensañado con la minería patagónica y vos arrancando tu vida queriendo entender todo esto y sabiendo que los de las generaciones anteriores a vos, al final de la partida, no pudimos hacer nada igual que el padre de Ismael.

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La grieta y vos


Un hombre de unos 35 años llega por primera vez al psicólogo. Luego de las presentaciones de rigor y los intercambios de datos filiatorios el paciente se recuesta en el sillón y dan comienzo a la sesión

  • Bien Ud. dirá
  • Mire tengo una duda que me carcome el alma y que no me deja dormir
  • Y con que la referencia?
  • Con mis pensamientos políticos
  • En qué sentido?

 

El paciente respira hondo mira el techo y larga su monologo “mire esto no es de ahora creo que me paso siempre. En realidad estoy seguro que me paso siempre, pero ahora es como que tengo más posibilidades de expresarme o más medios por donde hacer mi catarsis; pero creo que esto se ha vuelto en mi contra. Más leo y escucho a mis opositores políticos y más bronca me da. Acaso no se dan cuenta que son un montón de delincuentes, que hace años viven del Estado?  Si no trabajaron nunca. Siempre robaron para ellos y para sus amigos, trataron de eludir la Justicia o coimearla. Nada que ver con los nuestros. A ellos se los ha perseguido injustamente, les han inventado causas que después quedaron en la nada. Ahí está lo de Nisman. Porque lo mataron? Porque ya tenía los procesamientos, las escuchas, tenía todo listo para hacerlos saltar a todos. Y después salieron a embarrar la cancha. Mamita querida!!! Como usaron el tema. Pero claro otra no les quedaba si son desastrosos gobernando. Dígame Doctor una medida buena que hayan tomado, una obra que sea digna de mención? Nada cero. Acomodan a todos los parientes, les dan las licitaciones de servicios a los amigos, eximen de impuestos a los que les caen bien. Y ahí se termino su estadismo. En cambio los nuestros siempre están haciendo algo para beneficiar al pueblo, digan lo que digan, los empleados  que están ahí, laburan todos. No hay ñoquis, parecen muchos pero todos están haciendo algo y si hay alguna irregularidad somos los primeros en salir a ventilarla. Por eso está bien que al que no labura lo echen a la mierda. No tenemos porque mantener ñoquis y si los votaste y te echaron jodete. Eso pasa por estar del lado equivocado. Escúcheme es una vergüenza lo que se le pagaba a las consultoras y a los periodistas amigos, y para qué? Para que cuenten mentiras sobre lo que hacían, pero a mí no me engañan yo miro programas que dicen la verdad. Claro si a mí me pagaran una fortuna yo también saldría a defender lo indefendible y a atacar a los del otro lado y a inventar informes y a pagar notas para que hablen todo en contra. Perdóneme pero a veces me da tanta bronca que los mataría a todos. Como no se dan cuenta que los están usando y mientras ellos los defienden los otros se llenan de plata? pero hay que ser tonto  para no darse cuenta eh… y claro si miran un solo canal nada mas, el otro día casualmente veía un informe muy bien hecho sobre los negociados de estos tipos con las grandes empresas. Una vergüenza. Pero bueno para que los voy a matar? ya demasiado tienen con lo que votan. Después cuando todo sale al revés se hacen los boludos como que ellos no lo votaron. A veces hasta te dicen “uhh sabes que tenias razón” pero bueno que se jodan. Yo con ellos ni a tomar un café me siento. No ve lo diferentes que somos? No pensamos nada igual. Son negativos y anti todo. Y ojo eh, todo esto que le cuento de cómo son los dirigentes del otro lado es cierto. Fíjese las mansiones que tienen. No laburaron nunca y van tiro a tiro a Estados Unidos, a Miami y cuanta mierda. Pero bueno yo trato  de evitar los conflictos porque no me banco la gente fanática, que no es objetiva y que encima a las dos o tres palabras caen en la intolerancia y la falta de respeto porque además…

El Psicólogo lo interrumpe:

  • Disculpe…
  • Si Doctor…
  • Cuando arrancamos la charla Ud. me hablo de una duda que lo carcome por dentro y no lo deja dormir
  • Si Doctor
  • Cuál es esa duda?
  • No sé si soy macrista o kirchnerista

 

Marcelo Guerrero Roman

en colaboracion con Georgina Gallotti Talavera

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MACRI Y LA NECESIDAD DE CONSTRUIR UN CONSENSO SOCIAL


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En general los primeros cien días de gobierno son los que signan la trayectoria que llevara cabo un gobernante durante su período. También estos cien días suelen ser una etapa en la cual se “perdona” todo al gobierno recién asumido para permitirle acomodarse y acomodar lo que le dejaron. Pero también esta etapa, y las primeras medidas que se toman establecen dimensiones consensuales con los grupos económicos y con los sectores de la sociedad que reciben los beneficios de las primeras medidas. Estos beneficiados actuaran a modo de trincheras en la defensa del nuevo gobierno y al mismo tiempo dotaran de fortaleza social y/o económica a la gestión. Algunos gobiernos que llegan al poder político con escasa legitimidad popular se apropian de y motorizan viejos reclamos de grupos sociales. La muestra mas cercana de esto ha sido el kirchnerismo, por ejemplo con la ley de matrimonio igualitario y la ley de medios. Además otras medidas también fueron tendientes a modelar esta dimensión  consensual como por ejemplo la Asignación Universal por Hijo, las pensiones para madres de 7 hijos, la defensa de los Derechos Humanos o los cambios en el Sistema Jubilatorio. Este consenso social permitió que algunas medidas antipopulares e incluso actividades nocivas para la salud como los agronegocios, la megamineria y las actividades extractivas de hidrocarburos quedaran solapadas por el fervor social que provocaban las políticas sociales del Kirchnerismo. De esta manera a la par de conseguir consenso se lograba un equilibrio entre capital y trabajo, no en términos de ganancia sino de expectativas, por el lado de los trabajadores y de rentabilidad por el lado de las empresas. Sin embargo un coctel poderosísimo, que sería material de análisis para otros escritos, fracturó ese consenso y el bloque histórico de poder que durante 12 años gobernó el país perdió las elecciones y dio paso a un nuevo grupo en el poder político.

El nuevo gobierno encabezado por el electo presidente Mauricio Macri esta transitando ese periodo de 100 días. Tampoco llego con un gran respaldo popular si tomamos en cuenta que sus votos verdaderamente propios fueron aquel 24% que obtuvo en las primarias de agosto, donde la Agrupación Cambiemos, a la que pertenece el ahora presidente, obtuvo nada mas que un 30%. De allí salto a un 34% en la Primera vuelta, para terminar obteniendo la Primera Magistratura de la Nación con un 51, 4%. Hay que valorar que hace 24% inicial se sumaron las adhesiones de los que fueron quedando atrás en las PASO, los que votaron al “menos malo”, los que tenían la expectativa de un cambio y su candidato inicial no reunía los votos necesarios y los que votaron para que no siga el Kirchnerismo. Por lo tanto mantener ese 27% agregado debería ser el primer objetivo del macrismo y tratar de conquistar el mayor porcentaje posible dentro del 49% restante.

Sin embargo las primeras medidas adoptadas por el nuevo gobierno benefician solo a pequeños grupos económicos como sucedió por ejemplo con la baja y eliminación, según los casos, de retenciones a la exportación de productos agrarios e industriales. Además de esto, la llamada unificación del típico de cambio, significó una devaluación del peso respecto del dólar en términos del 40%. Podemos agregar el levantamiento del cepo al dólar, la re apertura de las negociaciones con los fondos buitres, la “revisión” de los contratos de trabajadores estatales, mas los despidos a partir de esto, la represión sufrida por trabajadores , el intento de creación de un protocolo para evitar las protestas sociales y el rechazo de la opinión pública ante la conformación del gabinete nacional y el nombramiento en comisión de jueces para la Corte Suprema pasando por encima del Congreso, todo o en menos de diez días. Como si fuera poco no se hizo muchos favores al tomar muchas de estas medidas mediante Decretos de Necesidad y Urgencia y el nuevo año trajo como corolario los desaciertos en la persecución de tres prófugos, vinculados al Triple Crimen con actos torpes y anuncios a las apuradas para contener la presión social.

Lejos quedaron ya las promesas de Pobreza Cero (no se ha tomado ninguna medida al respecto) la baja de los índices de inflación (la inflación creció casi un 10 % desde su asunción) y la búsqueda de diálogo y consenso, mas el respeto a la pluralidad de voces (represión, decretos, fin de la ley de medios)

Así las cosas, muchos de quienes votaron la coalición comienzan a mostrar su descontento, el mismo Jorge Fontevecchia le dedicó un artículo muy ilustrativo titulado Envidia a Macri e incluso algunos de los socios políticos realizan criticas, ya no tan veladas, a muchas de las medidas. Será tarea de Macri y su circulo cercano diseñar políticas y acuerdos para obtener el consenso necesario que sustente su gobernabilidad. Por ahora solamente aquellos que han quedado resentidos, de alguna manera, con el kirchnerismo o los pocos beneficiados con las primeras medidas apoyan a pie firme los primeros pasos dados por la gestión. Marzo será en este sentido un mes clave para las definiciones a futuro del gobierno. Si se produce el esperado, y potente, aumento de tarifas, si la inflación no se detiene, si se mantienen los indicadores de pobreza y desocupación es probable que el inicial fervor popular que siguió a las elecciones de noviembre vaya trastocándose en malestar. Muchas personas aún mantienen la esperanza de cambios positivos, de mejoras en la calidad de vida, de medidas que impacten favorablemente pero como en toda sociedad capitalista los humores sociales dependen pura y exclusivamente del bolsillo por lo que si estos se encuentran cada vez más escuálidos el descontento social será  irán socavando las bases de la gobernabilidad macrista.

Marcelo Guerrero Roman

Colaboró con este artículo Georgina Gallotti Talavera

 

Todos somos París?


La falsa ilusión de nuestra pertenencia al  Primer Mundo, la globalización, la hegemonía de los medios dependientes del Poder transnacional, la proliferación de las redes sociales y la necesidad de pertenencia al gran palacio mundial operan para que nuestra sociedad se sienta más impactada y con un mayor luto cuando sucede un terrible atentado como el ocurrido este viernes en Francia que con las muertes que suceden sin ninguna explicación cada día, también por cientos, en nuestro país.

En las últimas 24 horas he visto, leído y escuchado condolencias, pedidos de oración por Francia, banderas y dibujos tricolores, frases en francés, sanatas condenatorias al mundo árabe, símbolos de la paz con la torre Eiffel en medio y un sinfín de alegorías a lo tristemente sucedido en el corazón de Europa.

Me impacta el hecho de que no se observen las mismas manifestaciones, o al menos en magnitudes similares, con lo que sucede aquí con las víctimas de la inseguridad social. Cientos también mueren cada día debido a violencia de género, abortos clandestinos, gatillo fácil, narcotráfico, redes de trata, violencia étnica, disputas basadas en lo territorial,  intoxicaciones por labores de extractivismo y cientos de forma con las cuales el Poder segrega su población atentando cada día con todos sus elementos tomando como blanco preferido a  las mujeres y los jóvenes

La brutalidad de los atentados y la instantaneidad de la noticia nos sacan de foco y no nos permiten ver el antes, el durante y el después de la barbarie parisina. El “antes” implicaría conocer las atrocidades cometidas por los detentores del Orden Mundial, con EEUU a la cabeza y Francia como furgón de cola, en el Mundo Islámico fundamentalmente en Siria e Irak donde miles han muerto para que Occidente siga haciendo negocios con la guerra y el petróleo. El “durante” implicaría saber que los atentados estaban anunciados en los últimos días por distintos medios y a pesar de ello no se tomaron las medidas necesarias. Por qué? Porque atentados y muertos en terreno propio permiten justificar las agresiones en terreno contrario. Y el “después” implica un plan reaccionario del gobierno francés fronteras adentro contra inmigrantes, obreros, estudiantes y todo aquel que resulte sospechoso (el Estado de Excepción se lo permite) y fronteras afuera una intensificación de sus tareas bélicas en Oriente.

Nada justifica el terror, la muerte de inocentes,  las calamidades que deben pasar  los habitantes de un país por las pujas económicas entre Occidente y Oriente (tanto los habitantes franceses  como los sirios y los iraquíes están en las mismas). Tampoco debemos confundir quienes son víctimas y quienes victimarios, quienes tienen culpas y quiénes no. El Poder es el victimario sea Oriental u Occidental, las victimas siempre vienen del pueblo;  son la carne de cañón necesaria para justificar aventuras bélicas que redundan en ganancias para los poderosos de siempre.

Duele Francia porque lo televisan pero más duele porque es su propio Estado con sus políticas desacertadas el autor intelectual de los atentados. Duelen todos esos muertos pero aquí cerca, a unas pocas cuadras, también por las políticas desacertadas de nuestro Estado otros están muriendo en múltiples atentados diarios, individuales, no televisivos, anónimos pero con la muerte y la injusticia tan real como del otro lado de la tele.

Una ola reaccionaria nos envuelve cada día y en nuestro país parece que va a crecer desproporcionadamente en el futuro cercano. El Poder seguirá cobrando víctimas en múltiples formas para satisfacer sus ansias de mejores y mayores ganancias mientras por televisión nos muestran que el enemigo siempre es el otro.

Marcelo Guerrero Roman

marce_lamarque@hotmail.com

 

UNA PROMESA CON BOCA


Una promesa con Boca

Por Ariel Scher

TEVEZ

Lo mejor del amor es amar y lo peor son las promesas.

No se entusiasmen. No vayan a creer que semejante idea salió de alguno de nosotros. Ni cerca. Nosotros, en una buena tarde (y buenas tardes no son todas las tardes), a lo sumo acertábamos en darnos cuenta de si un pibe era número 4 o número 8 o si, en los viernes de lluvia, a los córners desde la esquina izquierda convenía patearlos con la pierna derecha. Y con eso nos considerábamos semigenios.

No, la idea era del Bochi, justamente el mejor número 4 que tuvimos, gracias a que le avisamos que ni intentara ser número 8. Y se le ocurrió porque se enamoró.

Se enamoró de una dama, de una hermosa dama, hincha de Boca y de los libros. De Boca y de los libros, pero no del Bochi, que se enamoró de ella y no de Boca. El Bochi, igual que nosotros, vibraba por otro equipo que no era Boca, pero ese dato ya no importa.

Lo que importa es lo que prometió.

Le prometió a ella, a ella que no era hincha de él, que le iba a entregar un poquito de literatura de Boca cada uno de los días que siguieran. Literatura de Boca día por día hasta un día. Hasta el día en que ella se volviera hincha de él.

El Bochi no estaba seguro de si la promesa la había copiado de la canción de Alberto Cortez que anuncia lo de “te llevaré una rosa cada día” o le había quedado guardada entre las lágrimas que soltó al ver Cinema Paradiso, película entre las películas, en especial en la secuencia en la que Totó, uno de los protagonistas, se enamora y, por amor, promete erigirse un montón de noches consecutivas, haya tormenta o no haya nada, a los pies de la ventana de la muchacha que le fracturó el corazón a la espera de ser correspondido. El Bochi lagrimeó más o menos la misma cantidad de llantos que al ver Cinema Paradiso cuando se apareció delante de su dama y le adjudicó, no así nomás sino recubierto en papel de regalo, este párrafo que el maestro Ricardo Piglia tipeó para Página/12: “Empecé a ir a la cancha en 1954 (ese año con mi padre seguimos toda la campaña de Boca Juniors, donde jugaba de enganche –o número 10– el uruguayo Roselló y en el medio de la cancha –con el número 5– el gran Eliseo Mouriño)”.

Y, a partir de Piglia, no paró.

En el atardecer posterior, consiguió otro papel de regalo, se esmeró en darle un uso prolijo y metió adentro, preciosura, el verso ese que hace más bonitas a las bellezas de Horacio Salas en Memoria del tiempo: “Con paciencia repito al acostarme/ la delantera de Boca en el cincuenta”. Y, como las promesas de amor y la impaciencia suelen acompañarse, agrandó el regalo -sí, sí, ese mismo día- y añadió la poesía siempre abierta al lunfardo de Jorge Melazza Muttoni en su “Boca Juniors”: “Un frío de miseria/ se le colaba entre los lompas/ y le llegaba casi hasta la sangre/ de Boca Juniors”.

Lo mejor del amor es amar y lo peor son las promesas. En la tercera de sus jornadas de promesa, de Boca y de literatura, nos musitó el Bochi esa frase: lo mejor del amor es amar y lo peor son las promesas. Lo comprendíamos con las arterias tan lastimadas como Totó en Cinema Paradiso o como el Bochi durante cada hora en la que escarbaba papeles a la caza de referencias de Boca: ella le agradecía presente tras presente, le reiteraba que Boca es extraordinario y que la literatura por supuesto también, pero no por eso le retribuía ni un residuo de amor.

Probó con Arnoldo Liberman, escritor de aquellos. Fue con otro envoltorio elegantísimo y con un texto en el que Liberman se dirigía a Julio Cortázar: “Yo, querido Julio, argentino cien por cien, intelectual pequeño burgués, judío entrerriano y culto, psicoanalista heterodoxo y melómano insaciable, admirador de Mariano Moreno y del general Justo José de Urquiza, hincha de Boca y del polaco Goyeneche”. Y, como si una maravilla no bastara, veinticuatro horas después escaló en su apuesta literaria-boquense, con Cortázar de nuevo, pero ya no como destinatario de las confesiones de otro narrador sino como narrador, él mismo, de Boca. Un volumen completo de la novela Los premios migró hacia los brazos de la dama con un subrayado finísimo en la oración en la que el Pelusa argüía “las razones por las cuales Boca Juniors tenía que hacer capote en el campeonato”.

Ella extendió los brazos para cautivarse con Cortázar. Y con Liberman. Y con unas líneas de Horacio Pagani (conmovedor para los tímpanos con su “empezó a tronar el festejo único en esa caja de resonancia inigualable que es la Bombonera”). Y con otras de Juan José Panno (en particular, esas de Diccionario Fóbal Club, en las que para definir “túnel” entrecruza a Sabato con el caño de Juan Román Riquelme a Mario Yepes). Y, ya que rememoramos a ese caño, con El caño más bello del mundo, más que un ensayo de Diego Tomasi para poner a un jugador y a Boca en palabras notables. Y con el libro Desde el alma, de Marina Zucchi, azul y amarilllo en cada coma. Y nada. Esos brazos se poblaron de más literatura y de más Boca, pero no florecieron para enredarse con el cuerpo y con la pasión persistente y frustrada del Bochi.

“Deporte típico: football. Balompié es peor. Boca Juniors”, incluyó Abelardo Castillo en su cuento “Crónica de un iniciado”, y el Bochi se lo ofrendó un lunes. “El Pepe y Susini retomaron la conversación, algo sobre el clásico Boca-Huracán, que yo no había visto y entonces no podía opinar”, contextualizó Bernardo Kordon, en uno de sus relatos de Los navegantes, y el Bochi se lo cedió embelesado un martes. “Y jugamos contra la Tercera de River, de Boca, y ya ahí se sabe que el que tiene gamba tiene gamba”, retrató Manuel Puig en La traición de Rita Hayworth, y el Bochi lo dejó empaquetado como una gloria en la puerta de la casa de ella un miércoles. “El que te explica por qué perdió Boca/ o por qué River no emboca”, rimó Rodolfo Taboada en “Si mi taxi hablara” y el Bochi se lo recitó como si tuviera el paladar de Pavarotti un jueves. “Dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor”, entonó Julio Musimessi, arquero de Boca, arquero chamamecero, arquero cantor, y el Bochi contrató un grupo de intérpretes litoraleños para que lo afinaran de frente a esa misma casa un viernes de lluvia mientras nosotros meditábamos sobre cómo patear los córners -claro, los viernes de lluvia- desde la esquina izquierda.

Ella, un primor, vestidita de Boca, más poética que todas las poesías que encontraba el Bochi en las bibliotecas de cualquier parte, aceptó tributo más tributo y ni amagó con dibujar una sonrisa, con desenfundar una caricia o con parpadear con seducción como para que el Bochi se convenciera de que, de mínima, estaba menos lejos del amor que al comenzar con la promesa. De los únicos amagues en torno de los que charlaban eran los primeros de Maradona, con la 10 de Boca, en la ruta que terminó con la vuelta olímpica de 1981.

Lo mejor del amor es amar y lo peor son los promesas, pero, como consuelo, podemos aseverar que gracias a la persistencia del Bochi en transitar arriba de la cornisa de su promesa nos enteramos de que hasta Roberto Arlt había aludido a Boca. Lo cristalizó en el diario El Mundo del 22 de febrero de 1938, en una nota enfocada en el tobogán existencial del boxeador italiano Primo Carnera, sobre quien apuntó: “Lo veremos repartiendo apretones de manos a los futbolistas de Boca y de River”. Deslumbrado, desbordado, desmedido, descocado, el Bochi invirtió todos sus ahorros y una porción de los nuestros para adquirir el único ejemplar de esa edición que pervivía en Buenos Aires y lo depositó, enmarcado, en las muñecas de su dama soñada. “¡Arlt!”, exclamó ella, con una energía idéntica a la de los suspiros de Ingrid Bergman frente a Humphrey Bogart en “Casablanca” (casi tan fabulosa como “Cinema Paradiso”, de acuerdo con los ranking filmográficos del Bochi) o con un eco similar al que se lanza -en las películas o fuera de ellas- cuando se pronuncia “te quiero” o “besame”. Sin embargo, ella ni quiso nada ni besó nada. Apenas repitió esas cuatro letras sobre las que se puede sostener el edificio de la literatura argentina: ¡Arlt!. Y las pegó a sus otras cuatro letras dilectas: Boca.

Una vez Martín Caparrós bordó Boquita, la más bostera de las sagas de Boca: el Bochi resaltó con un lápiz todas las presencias de la palabra Boca en ese libro y se las exhibió a ella. Una vez Rodolfo Braceli concibió “Señor Labruna”, magistral cuento, y situó allí a Ángel Labruna, bandera de River, en espléndidos diálogos con el docente boquense Estupor Corcuera: el Bochi contrató a dos afamados actores y les pidió que encarnaran, ante las pestañas de ella, los intercambios de ambos personajes. Una vez Ernesto Sabato le explicó a un vecino de su Santos Lugares -bueno, eso le mintieron al Bochi- por qué hay continuidad entre las citas a Boca de Sobre héroes y tumbas y las citas a Boca de Abbadón el exterminador: el Bochi localizó a un presunto sobrino nieto de ese vecino y lo sentó a reproducir las citas delante de ella. Una vez Sergio Olguín insertó en Filo, una de sus novelas, a un personaje que domina de memoria múltiples formaciones de Boca: el Bochi, desde luego, amplió en letras gigantes ese fragmento y formuló un llamamiento para que simpatizantes de diversas décadas desagregaran, apellido por apellido y ante los oídos de ella, las más honorables formaciones de Boca.

Imposible desconocerlo: una larga tentación humana procura asociar al amor con las noticias dulces o con la fe en que habrá noticias dulces. Por ejemplo, nosotros, futboleros en cada poro, hubiéramos sido capaces de soportar que nos confundimos en algún verano entre la condición de número 4 o de número 8 de un joven con voluntad de fútbol. En cambio, prepararnos para resistir el divorcio entre las noticias dulces y el amor constituía una exigencia inalcanzable. Jodida cuestión el amor: el Bochi nos hablaba del suyo (y de libros y de Boca), pero jamás, a pesar de sus esfuerzos, traía un éxito o una aproximación al éxito.

Malherido, el Bochi procedió con tradición argentina: como los malheridos de tantas épocas, recurrió al tango. No para rendirse y sí para procurar variantes. Dos por cuatro, amor: eso conjeturó. Un amanecer portó los compases de “Muchachos, yo soy de Boca”, de Felipe Berra y Reinaldo Yiso. Un mediodía bailó en soledad, como evidenciando que le faltaba su dama, los acordes de “Boca Juniors Club”, joya de 1916 que parió José Quevedo y grabó la orquesta de Roberto Firpo. Y en un atardecer de desesperaciones descerrajó una colección de tangos lindos hasta arribar a los que el paso del Diego por la Bombonera inspiró a tantos compositores. Un viento movió las persianas del hogar de ella cuando dos bandoneonistas amigos del Bochi eslabonaron las notas de “El mago”, de Quito Figueroa y Marcelo Boccanera, pero detrás de esa esperanza no aconteció nada diferente a una desesperanza más. Los dos bandoneonistas se mantuvieron en sus lugares ensanchando su instrumento para que sonara “Todos los días”, de Virgilio Expósito, pero ni siquiera el fraseo con “algún día si Boca ganó bien/ si River tuvo mala suerte” auxilió al Bochi a que lo suyo quebrara la frontera del territorio de las promesas.

Lindo libro Con el corazón en la Boca, pleno de cuentos xeneizes, con escritores como Juan Becerra o como Martín Kohan, entrenadísimos en poner su devoción de Boca en muchas páginas. Once ejemplares, uno por cuento, compró el Bochi para ella. Y ni así. Ni así ni con “La música de los domingos”, de Liliana Heker, tan entrañable en el instante en el que evoca: “Ni hablar de cuando jugaba Boca: se zampaba la camiseta azul y oro y ni el tío Antonito, que es fanático de River, podía decir —valga la contradicción— esta boca es mía”.Y ni tampoco con una de la suma de maravillas del gran Antonio Dal Masetto: “-Cuando mi padrino se puso mal lo fui a ver a la clínica, no reconocía a nadie, le tomé la mano y me quedé un rato sentado al lado de la cama, le hablé al oído: ‘Padrino, ayer le ganamos a Ferro y el domingo nos toca con Boca, ya estamos a un punto del primero'”.

Lo percibimos sufrir, lo miramos encanecer, lo extrañamos porque respiraba cada aire sólo en función de su promesa. Y no lo vimos renunciar. Con “El partido”, de Eduardo Averbuj, que se acaba con “un dale Boca tan intenso como ningún oído hubiese escuchado jamás”, evaluó que proponía algo más incitante que un boleto para dar la vuelta al mundo. Con “Ángel Clemente Rojas”, de Alfredo Carlino, que pinta a ese crack al que “en cada movimiento le aparece un bailarín fatal que lo clava en el armado de la estética dominguera”, estimó que eso hasta sobrepasaba el valor de ver a Rojitas. Con “Unos días de desconcierto”, ese cuento en el que Bernardo Verbitsky describe “La calle estaba desierta y Santiago se sentó en el umbral. Boca había perdido. Eso no lo esperaba. También Ricardo era de Boca”, ni dudó de que halagaba a su destinataria con algo más elocuente que un anillo de boda. Y con “Retrato de un amor infinito”, de Osvaldo Wehbe, sintió todo lo que es posible sentir cuando se traen y se llevan invocaciones así: “Miramos la fiesta desde la ventana y no vamos a entrar, todos estos años son suyos, de Boca y usted. Por eso se mueve el salón, por eso tiemblan las montañas y las sierras, hace olas altas el mar. El grito es ‘sí, sí señores…’”.

Más que promesa, se trataba de una cárcel. Ella no sólo no le retornaba un sí: tampoco le confirmaba un no.
Uno de nosotros, resquebrajado a causa de la obstinación del Bochi, hasta revisó antiguas guías telefónicas para detectar el número del Yaya Yotivenko, el querible y asombroso protagonista de “El caso Yotivenko”, cuento de Juan Sasturain. Nadie como Yotivenko: un ruso de fugaz y curiosa experiencia con la camiseta de Boca que se recicló como director técnico de clubes del ascenso. Coincidimos en que Yotivenko, apto para lidiar con amores complejos, con espías de la KGB y con dirigentes de fútbol, podía guarecer la fórmula secreta para que el Bochi venciera en su pedregoso camino hacia el amor. Nos cansamos de buscar en esas guías telefónicas e, inclusive, en archivos tirados a la basura por la propia KGB, pero no hallamos a Yotivenko durante el mes entero en el que el Bochi, sin transgredir el hábito de envolver lecturas cumbres en papel de regalo, trasladó los segmentos más de Boca de ese relato mágico rumbo a los confines donde ella vivía sin hacerse hincha de él.

No descarten a Yotivenko. O a un número 4 flamante que forjó sus ilusiones de marcador de punta tratando de imitar al Bochi. O a Cortázar, o a Rojitas, o a Riquelme, o a Liberman, o a un tango, o a Musimessi. O a mil más: porque, por fin, un día llegó el día.

Es cierto que el amor pertenece a la intimidad y que la intimidad no debe ser contada. Pero un episodio como este habilitaría una excepción. De modo que si no contamos no es por pudor sino por otra razón más indiscutible: no sabemos cómo fue. Sólo nos percatamos de que, desde un domingo al que, por error, intuimos calcado de los demás domingos, el Bochi ya no acudió a compartir sus penas, sus indagaciones sobre Boca y sus descubrimientos literarios. Y el número 8 de un equipo rival nos avisó, como se avisan las minucias, que lo había visto, en el anochecer y de lejos, marchando de la mano de una dama. De ella.

El amor siempre es muchas cosas y, entre esas cosas, siempre es un misterio: lo único que logramos verificar fue que el desenlace de la historia se produjo durante las fiestas generadas por una nueva consagración de Boca, bajo el liderazgo de Carlos Tevez.

Llamamos al Bochi. Llamamos con la misma testarudez desde la que lo habíamos respaldado día por día y sufrimiento por sufrimiento hasta recalar en ese día. Nos contestó, compañero al cabo, no con la voz pero sí con una esquela. Venía en papel de regalo y desgranaba: “Así, de Boca en boca/ lo inconsolable tiene/ consuelo de domingo por la siesta:/ léxico libre, loco levantado, potrerío de fiesta”. Era un pedacito del poema “Boca Juniors”, de Mario Jorge de Lellis.

Desde entonces, nosotros lo sustituimos con un número 4 que, nunca más adecuado el término, representaba toda una promesa. Porque el Bochi no vino más a jugar.

Como todos los de Boca, con un título en el alma y con ella como hincha, seguro que ahora andaba en lo mejor del amor.

10.6 segundos (Hernán Casciari)


diegoooo

Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.

Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.

En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.

Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos -nunca un juez tunecino había llegado tan lejos-, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.

* * *

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O’Connor -que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen- los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

* * *

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.

A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.

«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.

Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.

Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos…, pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.

Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

* * *

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.

Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.

Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrarié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.

Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.

Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.

Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

* * *

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.

El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.

Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.

¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.

En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.

«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después de exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que nunca jugó un Mundial, pero que tiene playas.

Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.

* * *

Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.

El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.

Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.

Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.

Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.

Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.

Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.

Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.

* * *

No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.

Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.

El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.

Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.

Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.

Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.

Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:

«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».

Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.

Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.

Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.

* * *

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

Hernán Casciari

* El texto fue extraído de la edición número 11 de la Revista Orsai