Derivaciones analíticas de la dominación masculina


Machismo estructural y la cosificación de lo femenino:

Al observar las dinámicas de interacción entre lo femenino y lo masculino, podemos categorizar tres instancias desde dónde estas formas se desarrollan. Ciertamente esto puede contribuir directamente a las teorías de la dominación masculina, pero también podría ser un aporte a la Sociología del Conocimiento, permitiendo contemplar, cómo estructuras simbólicas de machismo, tienen un correlato en estructuras cognoscitivas, las cuales muchas veces son invisibilizadas dentro de la sociología (como manera de estudio), pero también, son invisibilizadas, en las formas cómo se estructuran y se organizan las relaciones sociales.

Entre las distintas formas predominantes en que se relaciona lo masculino y lo femenino, podemos distinguir la relación de lo masculino hacia lo femenino; lo femenino hacia lo masculino; y como tercer aspecto, podemos postular la relación de integración estructural, femenino – masculino. En estos aspectos categóricos, lo corpóreo, la materia, pasa a ser fuente primaria de observación con motivo de análisis dicotómicos, ya que representa por su constitución, un “mecanismo pragmático de objetivación”, pero no representa cabalmente la dicotomía Masculino-Femenino, ya que la existencia de mecanismos mentales, hace volver la mirada hacia estructuras más complejas de funcionamiento, en  donde la psiquis humana, adquiere preponderancia.

El primer aspecto de observación, se encuentra referido a la dinámica de relación: masculino – femenino,  manifestada en la interacción masculina como un posicionamiento preponderantemente “dominante” (Bourdieu, P. 2000). En esta relación de interacción, la dominación masculina (machismo), se presenta de manera precisa y básica en un primer estadio, como posesión corpórea, o “división sexual como visión dominante” (Bourdieu). Sin embargo, en esta relación de dominación, existen variables más sutiles que se relacionan con las formas pensantes que obtiene lo femenino al interior del razonamiento masculino. Es sutil, porque su manifestación, parte desde la consideración simbólicamente ofensiva de la mujer, sólo por ser mujer, generando una “estructura de pensamiento menor”, que se enraíza, en oposición a lo femenino. La mujer como ser pensante, de igual modo, naturaliza esa condición de “menor a”, con tal sutileza, que inclusive desde la propia configuración femenina, no se toma conciencia de aquello.

Podemos preguntarnos entonces; Si existe una matriz cerebral, que cognitivamente se enraíza a nivel de psiquis, legitimando formas de posicionamiento masculino, por sobre lo constitutivo de lo femenino. ¿De qué manera las estructuras sociales influyen en la conformación de dichas estructuras mentales?

Las relaciones sociales son dinámicas, por tanto fluctúan en base a diversos factores que las retroalimentan, donde la comunicación social, valida y legítima formas de interacción que serán reproducidas en el pensamiento, posibilitando la generación de una estructura mental dicotómica. Al ser una conformación dual de retroalimentación, la forma que adopta la estructura de pensamiento, a la vez, incide en las formas de interacción en el espacio social, en donde el posicionamiento masculino se impone por sobre el de la mujer. Sin embargo este hecho no ocurre por desplegar mayores o mejores capacidades analíticas, sino más bien, por la falta de profundidad reflexiva y cuestionadora de las mujeres, las cuales asumiendo erróneamente ser integradas a una “razón masculina”, agradan decorativamente, los discursos masculinos. En esta situación, la individualización como “ser femenino” es cosificado, desde el propio espacio femenino.

Las formas de interacción femenino- masculino, se presentan de manera vertical, en la mayoría de los espacios sociales. Sin embargo, independiente de la cosificación corpórea de la mujer, que resulta evidente, existe una cosificación estructural mental, que dicotomiza lo femenino y masculino, generando dualidades de existencia humana, las cuales son reproducidas discursivamente en una praxis de relación.

Existen dos ejemplos que sirven de referencia para graficar lo anterior. Por un lado, la mujer frente a la “razón masculina”, debido a su falta reflexiva, legitima lo “masculino” cosificando personalmente su ser femenino. Una vez cosificada por sí misma, se valida frente a lo masculino a través de lo material, ya que dispuesta como inferior, no poseería mayor relevancia ni amplitud de posicionamiento. Por otro lado, existe otra forma de validación femenina, la cual radicaría principalmente en interiorizar y demostrar maneras toscas de comportamiento, olvidando ciertas delicadezas; en donde el decente criterio de mujer, se diluye, para dar paso a maneras desequilibradas de comportamiento. En ambos casos, la posibilidad ética de solidaridad de género son erradicadas, ya que en esta dialéctica de comportamiento, lo único constitutivo del “ser”, no es más que una ignorancia argumentativa. La búsqueda desesperada de causales, no hace más que demostrar la incapacidad de hacer frente al inevitable cambio paradigmático, ya que en lo femenino, cuando se encuentran todas sus partes integradas, genera un espacio fuerte, que potencia el interior, pero que refleja positivamente hacia el exterior.

Entendiendo lo anterior, la dualidad femenino – masculino, (para el ser en un estadio evolutivo medianamente conectado), queda resuelta, integrando ambos aspectos sin dicotomizar. A modo de psiquis, si se ha pensado que tanto hombre y mujer representan aspectos diferenciados, en las estructuras mentales superiores, la utilización de ambos hemisferios cerebrales se vuelve fundamental para comprensiones más complejas de la existencia humana. Desde la psicología transpersonal, se postula (una vez resueltas las barreras estructurales de personalidad), la utilización por ambos géneros de las partes comprendidas de razón y emoción o pensamiento y creatividad. En aquellas instancias, las dualidades conforman un todo individual; campo de interacción, que se entreteje, posibilitando otras maneras de observación y relación. En este punto, lo fenomenológico, toma cuerpo y sentido en cómo conocer o acceder a lo conocido.

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