10.6 segundos (Hernán Casciari)


diegoooo

Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.

Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.

En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.

Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos -nunca un juez tunecino había llegado tan lejos-, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.

* * *

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O’Connor -que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen- los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

* * *

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.

A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.

«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.

Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.

Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos…, pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.

Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

* * *

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.

Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.

Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrarié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.

Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.

Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.

Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

* * *

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.

El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.

Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.

¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.

En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.

«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después de exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que nunca jugó un Mundial, pero que tiene playas.

Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.

* * *

Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.

El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.

Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.

Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.

Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.

Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.

Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.

Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.

* * *

No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.

Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.

El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.

Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.

Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.

Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.

Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:

«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».

Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.

Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.

Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.

* * *

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

Hernán Casciari

* El texto fue extraído de la edición número 11 de la Revista Orsai

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9 de Julio y Messi


Un 9 de julio muy particular este de 2014. Nunca el país estuvo tan embanderado; las casas, los edificios, los autos, la gente. Tanto fervor patriótico sin embargo dista de estar emparentado con el recuerdo de 1816. Hoy 198 años después de aquella fecha, la selección argentina se juega el pase a la final y Messi y cía. son los “congresales” que hoy nos estarán representando. La patria, para la mayoría, es el futbol. Lo simbólico del nacionalismo vernáculo ha reemplazado a los incólumes próceres que nos regalan los libros y que dan nombres a calles y escuelas por muchachitos como Maradona y Messi. Incluso el himno ha cobrado una mayor centralidad a partir de su ejecución en competencias deportivas, sobre todo a partir de cómo lo han cantado “Los Pumas” en los mundiales de rugby. Incluso en este mundial el “oíd mortales el grito sagrado…” se ha “rockeado” y la letra ha sido reemplazada por una interminable cadena de “Oes” como si la letra la hubiese escrito León Gieco. Y la bandera ha dejado de ser la enseña patria para pasar a ser el “trapo” que va a todos lados y personifica el aguante por la patria futbolera. Estos cambios en el universo simbólico patriótico implican una mayor distancia entre el pueblo y quienes conducen los destinos políticos. Ocurre que los sucesores de aquellos próceres de antaño no están maquillados por la historia que nos conto Mitre sino que podemos palpar cada uno de nosotros el desarrollo de los sucesos históricos, mas allá de la impresión que nos ofrecen las corporaciones de medios esforzándose por colocarnos a un lado u otro de las fuerzas políticas dominantes. Pero mas allá de todos estos esfuerzos, a la opinión pública común y corriente, le resulta casi pornográfico que los actos en el día de la Patria sean conducidos por un tipejo sospechado de corrupción y procesado por tales actos y prefiere aguardar a las 5 de la tarde a que su héroe de estos días, un chiquilín con parecido físico a Napoleón Bonaparte, enarbole la camiseta celeste y blanca gambetee un par de camisetas naranjas y coloque la pelota en un ángulo para desatar todo el nacionalismo en un solo grito “goooollll” que une a todo el país a cada rincón, a cada geografía, a los que están acá, los que están en Brasil, o en cualquier lugar del mundo. Y después si, una larga caravana celeste y blanca hasta en lo más recóndito de nuestro país, para que, parafraseando a Serrat…”hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano, bailen y se den la mano”… eso es Patria hoy por hoy. Lo otro,  lo político se distancia cada vez mas del sentir popular. Me causo gracia un twitter que decía hoy “‪#‎FelizDiaDeLaIndependencia Si el acto lo preside Boudou, que el día del niño lo haga el padre Grassi.” Esta es un semblanza de la opinión pública de cara a sus representados y por ellos cobran más valor un grupo de deportistas que durante un mes nos mantiene en vilo con sus hazañas deportivas y que religan a la familia, a la amistad, que nos igualan y que nos hacen sufrir o deleitarnos sin ningún tipo de distinción en los receptores. Una rápida encuesta entre simples ciudadanos nos muestra que la gente sigue a la selección de futbol “porque no piden nada y dejan todo en la cancha” mientras que los políticos se colocan en las antípodas ‘ se llenan los bolsillos sin darle nada al pueblo”. Creo que esta es la síntesis de porque el universo simbólico patriótico ha cambiado y hoy por hoy la identificación nacionalista pasa por los elementos que nos ofrece nuestra incursión por el mundial, el himno tribunero, el trapo, la camiseta, Messi, Lavezzi y Mascherano, por sobre nuestras arcaicas representaciones detentadas por manos sospechadas de corrupción. Lo malo de todo es que el Mundial sucede cada 4 años y aunque también cada 4 años hay elecciones la pasión no es la misma por acción de los protagonistas de uno y otro evento. Viva la Patria!!!! Y Messi.

Marcelo Guerrero Roman

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Una cabala increible


Por Santiago Llach | Ilustraciones: Scuzzo

La historia, puede decirse, empieza en 1986, y es la historia de una familia paralela a la mía. Empieza en la explanada de entrada de un edificio futurista sobre la calle Gaboto, en el Bajo de San Isidro. Es el edificio de primaria del colegio San Juan El Precursor, que ocupa casi una manzana entera; ahí pasé, pasamos un montón de chicos, casi todos los días hábiles de las presidencias de Galtieri, Bignone y la mitad de la de Alfonsín. Yo estoy en tercer año. La secundaria se cursa en otro edificio; deduzco que es el acto de fin de año de mis hermanos Felipe y Tito, que todavía están en primaria. Deduzco, digo, porque lo que recuerdo es una escena: es el final del acto, las familias se saludan en la explanada y un tipo al que no conozco está hablando largamente con mi padre. Es una escena típica de la infancia o la adolescencia, una escena formativa: uno conoce el mundo, los personajes del mundo, del pequeño mundo que conforma el horizonte vital de ese héroe que es el padre de uno, a través de estos personajes con quien el padre de uno se pone a charlar. Yo estoy a un costado, como esperando, escuchando a medias la conversación, en la frontera entre el mundo de los niños y el de los adultos.

Cuando termina la despedida, el rito de desearle el bien al resto, de darles a los otros un toque de piel civil antes de que termine el año, nos vamos los seis (mi padre, mi madre, mis tres hermanos y yo) en un Falcon blanco comprado ese año, que reemplazó un viejo Falcon gris del 79. Nos vamos rumbo a The Embers, el restaurante tipo americano que está sobre la Avenida del Libertador, donde todos los diciembres festejamos el fin del período escolar. Ese ritual es una rareza en la educación que intentan darnos: mi madre todavía conserva resabios setentistas, lo que sumado a su educación con una niñera prusiana hace que, por ejemplo, jamás haya una Coca Cola en la heladera de casa. Salir a comer afuera es algo excepcional, y más aún a un lugar como The Embers, que es una especie de embajada culinaria estadounidense en la Argentina. Mis padres todavía tienen un poco de resquemor con el consumismo yanqui.

El tipo que habló con mi padre en la explanada del colegio, nos cuenta él, se llama Miguel, Miguel Finn. Michael, le diremos de ahí a la eternidad. Michael Finn es el héroe de esta historia.

Michael y mi padre se conocen ahí, esa noche. Michael se le acercó y, por algún motivo, le preguntó a mi padre si era hincha de Rosario Central. Mi padre le contestó que sí y Michael le dijo que él, como sus cuatro hijos, también era hincha de Central: una rareza en la Zona Norte del Gran Buenos Aires.

Michael Finn preside la familia paralela a la mía. Las coincidencias son musicalmente matemáticas: ellos y nosotros somos cuatro hermanos; los ocho hermanos (cuatro Finn, cuatro Llach) somos hinchas de Central, como nuestros respectivos padres, y nuestras edades se intercalan perfectamente, de modo que en cada año del colegio San Juan hay un Finn, un Llach, un Finn, un Llach. La única disonancia es que la menor de los Finn es mujer (y, por lo tanto, no va al San Juan, colegio solo de varones). Ser mujer no le impide ser de Central: años más tarde, veremos a Maggie muchas veces en la popular.

Esa noche, me dirá mi padre durante la cena en The Embers, Michael le contó que había estado en los siete partidos de Argentina en el Mundial de México. Ahí recapitulé lo que había escuchado a medias, algo sobre una pelea: Michael le estaba contando a mi viejo cómo había quedado en medio de las piedras en la histórica batalla librada entre hooligans y barrabravas en las inmediaciones del Azteca, después del Argentina-Inglaterra con los dos goles de Maradona.

Aunque la historia que voy a contar, la historia de Michael Finn, es puramente verídica, a más de uno le va a parecer que se la robé a la literatura, más concretamente al cuento 19 de diciembre de 1971, escrito por Roberto Fontanarrosa, que, oh casualidad, cuenta, igual que este texto, la historia de un hincha de Rosario Central. La literatura y la vida están fabricadas sobre coincidencias y azares; en este caso, la casualidad es tanta que va a resultar inverosímil.Por eso la aclaración, aun cuando sepa que necesariamente oscurece.

Antes de entrar en tema, quiero recordar de qué va el cuento de Fontanarrosa. La fecha del título es la del partido entre Newell’s y Rosario Central por la semifinal del Nacional de 1971, en el que Central conseguiría por primera vez en su historia un campeonato de primera. El partido se jugó en el Monumental de Núñez y fue un histórico 1 a 0 decidido por la famosa palomita de Poy, el gol de paloma de Aldo Pedro Poy que desde hace más de cuarenta años festejan cada 19 de diciembre los hinchas de Central. Esto pasó en la realidad. En su ficción, Fontanarrosa cuenta la historia del Viejo Casale, un tipo que, a pesar de haber ido a la cancha a ver un montón de clásicos rosarinos, nunca había visto perder a Central contra Newell’s. Pero resulta que el tipo había tenido un infarto, y los médicos le habían prohibido volver a la cancha. Como el Viejo Casale se resiste a desobedecer la orden médica, un grupo de fanáticos se da cuenta de que la única manera de que Central gane ese partido histórico es secuestrar al Viejo y llevarlo desde Rosario hasta el Monumental. Logran secuestrarlo, el tipo termina entusiasmado y, por supuesto, después de gritar como loco la palomita de Poy y padecer los últimos minutos de acoso leproso sobre el arco canalla, al Viejo Casale le da un infarto y muere. O sea que el secuestro se convierte también en asesinato, aun cuando el narrador, miembro del grupo de fanáticos, lo niegue diciendo que el Viejo Casale murió feliz.

La historia de Fontanarrosa es acerca de las cábalas y esta historia también lo es. Las cábalas, en el fútbol, son un intento de encontrarle sentido a algo que no lo tiene. No por nada la palabra viene de la qabbalah hebrea, cuyo objetivo es encontrar las verdades profundas, una explicación para el misterio del mundo, en las letras de la Torá. Esa explicación, naturalmente, siempre va a ser un poco arbitraria; toda explicación, y toda creencia, lo es. En el fútbol, los masculinos modernos (por corrección política, debo decir que también algunas femeninas) ponemos la ilusión, la pasión, la locura. El fanatismo que despiertan los equipos y los atletas es otra creencia más, la fe en aquello hacia lo que nos transporta la armonía atlética. Desde nuestro lugar en las tribunas, los que estamos destinados a observar tratamos de ser protagonistas: con cantos, banderas. y cábalas.

Mientras Michael Finn, sabría yo después, disfrutaba en vivo y en directo en México de Maradona y su ballet, yo entraba a la furia hormonal de la adolescencia de varias maneras. Con varios tipos de revistas, vamos a decir. Con la revista Libre, por ejemplo, cumplía con un rubro de la violenta transformación de mi cuerpo. Con la revista El Gráfico cumplía otro. Esa antesala de los mundiales que todavía no era llenada por los canales de cable la cubrí con la lectura repetida de una Historia de los Mundiales de El Gráfico.A medida que avanzaba el campeonato del mundo, se aceleraba también la llegada de El Gráfico a casa en manos de mi viejo; las ediciones se imprimían apenas terminado el partido, y esa misma noche llegaban al kiosco de revistas de Roberto, en Roca y Azcuénaga, cerca de la estación Vicente López. La resaca de aquellos días que nunca íbamos a olvidar fue aprovechada por la vieja editorial Atlántida, que en aquel julio del 86 tiró números especiales y suplementos a rolete. En uno de ellos, un enviado especial de El Gráfico a México contaba por qué no había ido a ver ningún partido. Al primero, contra Corea, no pudo ir por enfermedad, y como Argentina lo ganó, amigos y colegas empezaron a decirle que su ausencia era cábala. Al segundo, el empate con Italia, sí fue; entonces le pidieron que no fuera al tercero, contra Bulgaria, en el que Argentina volvió a ganar. Ya en los octavos de final, un poco a la manera de los hinchas de Central en el cuento de Fontanarrosa, los amigos le prohibieron ir, y como Argentina seguía ganando, ya él directamente se abstuvo de ir al estadio contra Inglaterra y contra Bélgica. Faltaba la final con Alemania. Era la final del mundo, y el tipo se la estaba perdiendo por una creencia irracional. Se sentía un poco tonto. Por si acaso, se dijo, voy en auto y me quedo escuchando el partido por radio fuera del estadio, credencial en mano. Así hizo, y cuando los goles de Brown y Valdano pusieron a Argentina 2 a 0, el tipo se dijo “ma sí”, y entró al estadio. Los colegas lo vieron entrar a la sala de prensa, pero entusiasmados con el triunfo, con la Copa tan cerca, no le dieron importancia, y hasta alguno le pidió perdón por no haberlo dejado ver los partidos anteriores. Pero, en el minuto 74, Rummenigge puso el 2 a 1, y el enviado de El Gráfico sintió que algunos lo miraban de reojo. Cuando a los 80 Rudi Völler hizo el segundo de Alemania, los colegas empezaron a insultarlo, y él mismo se sintió otra vez un estúpido. 

 

Si la Argentina no gana el Mundial de Brasil, será por miles de motivos, futbolísticos y de los otros. Pero, si lo gana, será por un solo motivo: el cabello de un hombre.

 

 

Empezó a caminar rápido hacia la salida. Cuando bajó las escaleras, se puso a trotar, temiendo que, por su culpa, Argentina perdiera ese Mundial. Su carrera periodística y su vida, además de la suerte del equipo de Bilardo, pendían de un hilo. Llegó al estacionamiento, pero todas las puertas de acceso estaban cerradas. No había salida. Desesperado, fue hacia las rejas, se agarró de ellas y puso los pies en la vereda; técnicamente estaba fuera del estadio Azteca. En ese instante, llegaron los gritos que festejaban el gol finito, grande, final, de Burruchaga.

El Mundial, se habrá preguntado el enviado de El Gráfico en ese momento, abrazado contra las rejas, ¿lo ganó Maradona o lo gané yo?

Poco después del que sería por décadas el pico futbolístico internacional, el Mundial de México, llegó para nosotros el pico en el fútbol local: el campeonato de Central de la temporada 1986/87, primer campeón recién ascendido. El 2 de mayo de 1987 en que Omar Arnaldo Palma decidió el campeonato, nos encontramos por primera vez con los Finn, en la tribuna de madera de la cancha de Temperley desbordada de canallas. Después, a lo largo de los años ochenta y noventa, seguiríamos encontrándonos, a veces de casualidad y otras de manera programada, con nuestra familia paralela. No nos hicimos amigos, pero cada vez que uno de nosotros se cruzaba con uno de ellos, había una especie de reconocimiento secreto. Ya habíamos terminado el colegio, y un par de veces incluso viajamos juntos a Rosario, a ver a Central.

Pasaron, con inédita rapidez, los años; llegaron las novias, las carreras profesionales, las esposas, los hijos y la larga sequía de campeonatos de Central: todos motivos valederos para alejarse un poco de la exigida y gratuita condición de hincha seguidor. Pero, a esta altura de la vida, ya comprobé que los colores del propio equipo de fútbol, esas señales identitarias que un poco elegimos y un poco son heredades, están entre lo más permanente que ofrece esta vida transitoria. Así es como, en estos últimos años, volví a estar más cerca de Central, sobre todo desde que se fue a la B en 2010 y mi hijo León empezó a fanatizarse. Durante la última temporada en el Nacional B, empecé a escribir unas crónicas de los partidos, que publicaba en Facebook y en un blog. Un día, justo entrando al Gigante de Arroyito, recibí un largo mail de Pancho Finn, uno de los integrantes de la familia paralela, donde me contaba que a raíz de una de mis crónicas había vuelto a ver a Central después de un tiempo. A partir de ahí, retomé el vínculo con los Finn a través de Facebook. Cuando armé un libro con las crónicas que iba publicando y lo presenté en un bar de Palermo, dos de los Finn, Santiago y Pancho, vinieron a alentar: el reencuentro de las dos familias paralelas se había concretado.

Ese día, me contaron que Michael, su padre, estaba muy enfermo.

Pocos meses después, mi viejo me avisó que Michael había muerto. Les escribí a sus cuatro hijos un mail de condolencia, y el hermano mayor, Eduardo, me contó esta historia, esta remakesacrílega de la historia de Fontanarrosa, que tiene la particularidad de ser una historia real y no una ficción. La cábala judía, igual que las cábalas, siempre estuvo ligada a la magia y a la astrología; y esta historia también, porque es la historia de un inmortal.

Resulta que Michael, además de haber visto los siete partidos de la Selección Argentina en el 86, había visto los siete partidos de la selección campeona del 78. Y no solo eso: esos eran los únicos partidos de la Selección Argentina que había visto en su vida. 

Sin duda, debe haber varios periodistas y algunos hinchas que vieron los catorce partidos de las dos selecciones campeonas, pero es improbabilísimo, estadísticamente casi imposible, que esas personas no hayan visto ninguno más, que no hayan visto perder a la Argentina en alguna Copa América o en algún otro Mundial. Me es muy difícil no usar la frase hecha: la realidad estaba claramente imitando la ficción. Michael Finn era un poco el Viejo Casale: alguien que no solo había estado varias veces en el lugar correcto y en el momento correcto, sino que no había estado ninguna vez en el lugar equivocado y en el momento equivocado. 

Faltaba poco para el Mundial 2014, y los hermanos Finn sumaron dos más dos, y no pudieron evitar la tentación. La impaciencia por los sucesivos fracasos en mundiales empujó a la cábala. Igual que el narrador y su grupo de amigos canallas en el cuento de Fontanarrosa, los hermanos Finn se confabularon para que el Viejo Finn -el nuevo Casale- esté donde tiene que estar, es decir, en los partidos que la Argentina juegue en el Mundial de Brasil. Tres de ellos distrajeron a la madre, y el otro (mi fuente no me autorizó a decir cuál) se acercó con una tijera al cadáver de su padre y le arrancó unos mechones de pelo.

Las reliquias de Michael serán transportadas por un histórico hincha de River, amigo de la familia, a los respectivos estadios donde juegue la selección.

Así que ya saben: no importan mucho las falencias defensivas del equipo ni con quién se lleva bien Messi. Lo que importa es que las reliquias de Michael Finn estén ahí, asegurándose de que las cosas sean como deben ser, que la historia se repita, como en el 78, como en el 86.

Argentina 3 Nigeria 2


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Ganamos y punto. Son 7 partidos para ganar un Mundial. Llevamos 3 al hilo en un arranque esperado pero que había generado dudas sobre todo en ciertos sectores del periodismo que exageraron su crítica al seleccionado de Sabella para poder tener elementos de polémica que llenen sus incontables horas de trasmisión y justifiquen estadía, viáticos y cantidad de cronistas destacados en Brasil. Nigeria se nos aparecía en la previa como una verdadera y única prueba de riesgo tras las supuestas victorias exiguas ante seleccionados como Bosnia e Irán, de dudoso nivel futbolístico. Sin embargo mientras en nuestro país aun no habíamos terminado de poner la mesa y cada uno iba tomando su lugar preferido en torno al televisor, Di María realizo una de esas corridas electrizantes que son su marca registrada y remato con fuerza contra el arco nigeriano. La pelota dio en el palo, en el cuerpo del arquero y salió hacia el punto penal. Antes que nadie pudiese siquiera decir “uuuuuu” apareció Lio Messi y de zurda pegándole fuerte arriba, abrió la cuenta y la esperanza de pasar un partido sin sufrimientos. Pero antes de que pudiésemos llevarnos la primera porción de pizza a la boca y mientras comentábamos las grandezas del Enano, Ahmed Musa definió cruzado entrando al área por izquierda y derrotó la estirada de Romero que no pudo ser superhéroe esta vez. Que paso? Simplemente que volvimos a sufrir con las contras por la derecha de nuestra defensa ya que por ese lado la única referencia fija es Zabaleta, Gago no es un 8 “puro”, que en esa jugada se había cerrado hacia el medio y cuando regreso a tomar su marca no pudo ni con la velocidad ni con la potencia del delantero de las Águilas.
A empezar de nuevo. Argentina mostro mejor distribución de juego y menos imprecisiones que en juegos anteriores a lo que contribuyo también la postura de Nigeria con dos líneas de cuatro, una sobre el borde del área y la otra 20 metros más adelante lo que permitió mejor circulación del balón con Mascherano y Gago como primer pase en campo contrario y Messi y Di María prolongando para los delanteros o para la subida de Rojo y Zabaleta. Mientras que la defensa cumplía con la difícil tarea de contener a los veloces y potentes Musa y Amenike. En medio de esto debió salir Agüero quien fue reemplazado por un movedizo Lavezzi que intento desbordar por derecha y asociarse con Messi e Higuain. Precisamente una falta sobre el “Pocho” hizo encender la alarma del arco nigeriano. Ejecuto Messi y la parábola que se colaba en el ángulo izquierdo del arco verde, con precisión pero sin demasiada potencia, fue rechazada al córner por el arquero nigeriano. Pero apenas un par de minutos después surgió una nueva chance cuando el capitán del seleccionado argentino fue a cobrar una falta, que le habían cometido a el mismo, 5 metros fuera del área grande por la derecha del ataque albiceleste. Ideal para un zurdo, ideal para Messi. Aun no habíamos terminado la oración a San Expedito cuando la pelota dormía contra la red. El arquero dudo que si la pelota iba nuevamente por sobre la barrera o Messi le pegaba a su palo y esa duda fue mortal. Argentina 2 Nigeria 1 y se fue el primer tiempo.
Tras un entretiempo en que aprovechamos para levantar los platos, fumar un pucho y revisar el twitter y mientras nos acomodábamos, después de un par de “selfies” albicelestes, Musa se coló entre Garay y Fernández, extrañamente separados por 15 metros y remato al palo más cercano a Romero que había ido hacía el otro lado intuyendo, mal, que el delantero la iba a cruzar como en el primer gol. Nuevo baldazo de agua fría y nuevo comenzar para los muchachos de Sabella. Pero la superioridad en el juego seguía estando del lado argentino que de a poco iba llevando a Nigeria a replegarse con las corridas de Di María, los desbordes de Lavezzi y el toque de Lio mas los movimientos dentro del área de Higuain, mucho más movedizo que en los dos partidos anteriores. Y asi fue que a los 5 del ST tras un córner desde la izquierda y luego que la pelota pasó el primer ramillete de jugadores verdes y albicelestes dio en la rodilla de Rojo, que había arrancado el Mundial para ser el Garre del 86 y hoy es considerado pieza fundamental, y se metió en el arco nigeriano. 3-2, gritos, euforia, 40 millones de abrazos y a otra cosa.
Argentina siguió con su fórmula de toques cortos y desbordes electrizantes mientras que Nigeria atacaba sin demasiadas ideas con el único recurso de tirar la pelota para adelante y tratar de quebrar la línea defensiva solamente mediante la fuerza pero chocando cada vez contra Zabaleta, Rojo, Fernández y Garay, cuando no, Mascherano. Pero a los 18 minutos del ST, en una decisión que consideramos apresurada, Sabella saco a Messi y mando a la cancha a Ricky Álvarez y el partido se termino para la selección albiceleste como en esas fiestas de casamiento que cuando los novios se retiran a disfrutar la luna de miel, la música se va bajando de a poco y los invitados se quedan sin poder brindar con los festejados. Falto que Lio se llevara la pelota y apagara luz. Argentina jugó treinta minutos a la intemperie futbolística, sin ideas, sin la circulación de balón que había caracterizado el juego y sin generar más peligro que lo que podían ocasionar las zancadas de Di María y las gambetas enredadas de Lavezzi. Por suerte Nigeria no pudo o no supo arrimar demasiado peligro mas allá de un par de corners y unos remates desviados y el partido se fue consumiendo sin pena y solo con la gloria del triunfo, el invicto y los 9 puntos. Y prolongamos nuestro invicto ante Nigeria en 4 juegos en mundiales. Como en el 94 con dos goles de Caniggia, en el 2002 con gol de Batistuta y ahora con los dos de Messi. En el 2010 anoto Heinze para colarse en una estadística junto a tres delanteros “fuoriclassi”.
Argentina jugó mal esta vez también? La defensa tuvo serias desatenciones en ambos goles, donde el mediocampo tampoco pudo cortar el juego y en algunas transiciones le costó salir rápido de atrás y la pelota se perdió con facilidad. Jugó bien Argentina? Esta vez enfrento a un equipo que dejo más espacios atrás y por esos intersticios pudo aparecer un juego más lucido para la ofensiva estelar albiceleste. Mejoro Di María, las subidas de Rojo y Zabaleta llevaron más peligro, Gago estuvo menos displicente, Mascherano menos impreciso, Higuain mas activo, la defensa adquirió más solidez tomando en cuenta que fue más atacada y el cambio de Lavezzi por Agüero fue saludable. Lo de Messi volvió a ser extraordinariamente decisivo y aunque quizás haya sido apresurado sacarlo a los 18 del ST es importante preservarlo para los juegos que vienen que son de “gana o hace la valija”
Se viene Suiza en 8vos de final, un rival que probablemente deje espacios atrás, a no ser que tome nota de rigurosidad defensiva tras la goleada recibida ante Francia, pero que también tiene jugadores de buen pie y delanteros peligrosos por lo que deberemos ajustarnos en defensa o resignarnos a ser siempre más efectivos que nuestros rivales. Quedan 4 de los 7 partidos que hay que ganar para ser campeones y cerramos la primera fase con buenas noticias desde lo numérico y con mejorías en el juego sobre todo a partir de lo que nos van ofreciendo los rivales. Vamos Argentina!!!
Marcelo Guerrero

Argentina 1 Irán 0


Ganamos y punto. Son 7 partidos para ganar un Mundial. “estar un año en estado de gracia” dijo Bilardo alguna vez. El partido de hoy vino más duro de pelar de lo que esperaba el hincha argento medio. Los pronósticos de los simpatizantes consultados por cronistas deportivos a lo largo y ancho del país, en Brasil, más los que opinaban en redes sociales, auguraban goleadas ampulosas incluso con goleadores impensados como Fernando Gago. Sin embargo desde el inicio del partido se vio que iba a ser difícil cumplir con los pronósticos. Irán cortaba con foul en la mitad de la cancha, ponía sus 11 jugadores en campo propio y 8 o 9 de ellos poblaban el área grande. A raíz de esto les costaba a los mediocampistas arrimar la pelota y Di María y Messi tenían demasiadas piernas enfrente para sortear en sus intentos de acercarse al área y los buenos movimientos de Higuain y Agüero implicaban quedar siempre rodeados de 3 o 4 camisetas rojas. El delantero de Napoli solo una vez pudo romper este cerco y, a pase de Gago, remato sobre la misma salida del arquero que ahogo el grito de gol tempranero albiceleste. De haber sido concretado el gol quizás Irán hubiese adelantado sus líneas. Como no sucedió, los asiáticos, se retrasaron aun mas y asfixiaron a la delantera argentina quedando como única posibilidad avanzar por los extremos y terminar con centros que dieron poca rentabilidad a la escuadra albiceleste. Salvo una serie de pelotas paradas que terminaron en sendos cabezazos de Rojo, Garay y Fernández enviados sobre el horizontal a los que sumamos, para el primer tiempo, un tiro libre de Messi cerca de uno de los ángulos y un remate de Agüero bien tapado por el buen arquero iraní. De Irán en ataque casi nada pese a tener todo un campo para correr y pasar la pelota. Asi se consumió el primer tiempo con Argentina chocando frente a un dispositivo que pensaba solo en mantener el cero en su arco e Irán bancando el resultado.
El segundo tiempo vino con pocas novedades. Argentina adelanto aun mas sus líneas metiendo prácticamente los 10 jugadores en campo rival pero sus jugadores estuvieron increíblemente erráticos para pasar la pelota y con pocas variantes en ataque de tal manera que el anteúltimo pase en general quedo en los pies de Zabaleta o Rojo jugadores más habituados a defender que a generar futbol. Irán dejo su estatismo del primer tiempo para esperar agazapado y proponer de contragolpe, con mucho más campo y menos jugadores para defender, consecuencia del adelantamiento argentino, la posibilidad de abrir el marcador. Y por poco lo consigue en tres diferentes ocasiones que contaron con la mano enguantada de Romero para conjurar cada una de ellas. Y Argentina? Muy poco; se iba notando progresivamente el desgaste de delanteros y mediocampistas luchando por penetrar la férrea y superpoblada defensa iraní. Se imponía un cambio que permitiera una mejor resolución a la única posibilidad de ataque que era por los extremos. Se imaginaba la salida de Rojo o Zabaleta dese los 15 del ST . Sin embargo los cambios llegaron a los 30 del ST y fueron dos delanteros por otros tantos de la misma función. Palacio y Lavezzi ingresaron por Higuain y Agüero. No fue demasiado lo que sumaron estos atacantes pero mostraron que el camino de ir por afuera necesitaba delanteros que vayan por afuera y no defensores, incluso Palacio ingresando por izquierda cabeceo exigiendo al arquero que debió sacarla al córner. Parecía que todo moría en 0 hasta que en el último minuto como si fuera una película épica, el partido se detuvo; las imágenes de los 89 minutos anteriores se esfumaron, veintiún protagonistas quedaron petrificados y en blanco y negro, mientras que en HD y en colores, el mejor del mundo avanzó durante dos segundos y medio en forma paralela a la línea del área grande, en su jugada predilecta, como si fuera un gastado truco de Play Station, y al llegar a la medialuna soltó la bomba; un zurdazo impecable con chanfle de potrero que se coló a media altura contra el palo derecho del arquero iraní que se esforzó al máximo para ser el héroe del partido pero termino inmolado como tantos otros antes. Y se termino el partido. Más bien se jugaron un par de minutos más pero la euforia nos exime de cualquier análisis.
Argentina jugó mal? Impreciso Mascherano, parsimonioso Gago, irresoluto Di María, absorbidos Agüero e Higuain, una defensa mal parada frente a los contragolpes y Messi en cuentagotas. Jugó bien Argentina? a simple vista no, pero creó 9 chances de gol frente a una súper poblada defensa iraní (en el gol de Messi, los 11 jugadores estaban dentro o en inmediaciones del área grande). Párrafo aparte para Messi y Romero que simplemente hicieron aquello para lo cual están preparados. Uno, el mejor jugador del mundo, es de quien uno espera que pueda resolver un partido asi de cerrado como el de hoy; el otro es el arquero de un equipo súper ofensivo y al cual le llegan muy pocas veces por partido. Esas pocas veces hoy fueron bien conjuradas. También hizo su labor.
Cierto es que, en el Mundial de las sorpresas con España e Inglaterra fuera del Mundial cuando se han jugado solo 2 partidos, Uruguay e Italia con un enfrentamiento pendiente, a muerte, para ver quién se queda y quien se va y con Brasil y Alemania con un empate y un triunfo, haber ganado los dos encuentros disputados es saludable para cualquier selección: sobre todo resolviendo, aun por la mínima, jeroglíficos defensivos que incluyeron 8 o 10 jugadores como en los casos de Bosnia e Irán. Quedan 5 de los 7 partidos que hay que ganar para ser campeones y los triunfos llaman a más triunfos porque los equipos tienen mejores oportunidades de consolidarse cuando los resultados son positivos.
Marcelo Guerrero112

Ultimo penal de Antonio Roma


Esta vez Antonio Roma no pudo detener el penal que le pateo la Parca y la tuvo que ir a buscar a la red, vencido definitivamente.

El famoso arquero, Apodado Tarzán por la manera de lanzarse para tomar el balón, empezó su carrera profesional en Ferro Carril Oeste en 1955, donde jugó hasta 1959. En esta fecha fue transferido junto con su compañero de equipo Silvio Marzolini, al equipo de Boca Juniors, donde debutó en la victoria del 3 de abril de 1960 contra Estudiantes de La Plata.

Roma estuvo en Boca hasta su retiro en el año 1972, convirtiéndose en uno de los más grandes ídolos del club, con un total de 323 partidos. Con el club ganó la Liga Argentina de 1962, 1964, 1965 y el Campeonato Nacional de 1969 y 1970. También la Copa Argentina de 1969. En dicho año tuvo su mejor marca sin goles: 783 minutos.

Probablemente el penal salvado más recordado por Antonio Roma fue el ejecutado por el jugador brasileño de River Delem, en el que Tarzán mandó la pelota al corner adelantándose, mínimo, 1 metro. El partido se disputaba dos encuentros antes del final del campeonato, Boca y su eterno rival River Plate compartían la primera posición en el torneo local. Era el 9 de diciembre de 1962. Boca ganaba 1-0 cuando el referí Nai Foino concedió el penal a River. Después de la atajada, el público invadió a continuación el campo de juego por 11 minutos. River no pudo revertir el resultado y Boca gano el encuentro y se consagró campeón del Torneo a la fecha siguiente. Esta jugada que trascendió a su tiempo y cobró vida propia: “Artime intentó una palomita, cayó en el área y el árbitro cobró penal. Delem agarró la pelota. Yo estaba tranquilo, pero el estadio se paralizó. No se escuchaba ni el vuelo de una mosca”, comparte Roma, emocionado, entre los tres palos de la Bombonera que lo convirtieron en leyenda, la tarde del 9 de diciembre de 1962.

Con una memoria que intimida, Roma detalla: “Cuando vi que Delem se acomodó de diestro, decidí tirarme para la derecha. Cuando atajé la pelota, la cancha se cayó a pedazos . Antes no había plateas, así que habría 60.000 personas, todas enloquecidas. Yo me quedé dentro del arco, me agarré de la red y ahí me quedé, porque el partido no había terminado. Después sí, cuando terminó, fue una fiesta”.

A 50 años, el Tano Antonio Roma revivió su tarde de gloria en la Bombonera – Foto: – Sebastián Rodeiro

A 50 años, el Tano Antonio Roma revivió su tarde de gloria en la Bombonera – Foto: – Revista El Gráfico

A 50 años, el Tano Antonio Roma revivió su tarde de gloria en la Bombonera – Foto: – Sebastián Rodeiro
Se recibió de ídolo…  

Para que te des una idea, yo ese día salí de la cancha a las 9 de la noche en un camión, dentro de una caja abierta y tapado con una lona. ¡La calle era una fiesta! Pitos, bocinas, disfraces, cornetas? ¡Y todavía no habíamos salido campeones! [N. de la R.: en la última fecha, el equipo xeneize goleó 4 a 0 a Estudiantes y dio la vuelta]. Pero era un Boca-River, y todo lo que pase en ese partido se festeja muchísimo de ambos lados.

¿Volvió a verlo a Delem? 

Claro que sí. Después de que le atajé el penal, fui y lo abracé. Otros pasaban y le metían rodillazos. Después fuimos íntimos amigos. Compartimos mucho tiempo el “Equipo de las Estrellas” y más tarde él tuvo una flota de camiones y yo le hacía los seguros. Pobre, él se tuvo que masticar todos los chicles. Imaginate: tanto los de Boca como los de River lo castigaban por errar ese tiro.

Antonio, 50 años después, ¿se adelantó o no para atajar ese penal? 

Muchos dicen que me adelanté, pero es mentira. Lo que pasa es que la pelota me había pasado, el cuerpo barrió, por la tirada, y las piernas llegaron a la puerta del área chica. Pero la pelota la agarré bien atrás. La gente de River fue a reclamar, y el árbitro Nai Foino les dijo: “Penal bien pateado es gol. A otra cosa”.

¿Lo sorprende que hoy se siga hablando de aquel penal? 

Me sorprende enterarme de todo lo que generó ese penal. Hay gente que se ha jugado tractores, animales, campos. Hay hinchas de River que por culpa mía tuvieron que ponerse la camiseta de Boca por un mes para cumplir apuestas. Cada hincha que me cruza me cuenta en qué sector de la cancha estaba esa tarde. Me parece mentira que haya pasado tanto tiempo. Para mí, es como si aquel partido se hubiera jugado ayer. Y pararme en este arco a los 80 años, y hacerlo sano y bien físicamente es maravilloso.

Aqui el video del penal: http://www.youtube.com/watch?v=6WPOlxPvRwk

Hoy el famoso arquero fallecio a los 80 años. Roma, que siempre vivió en el barrio porteño de Villa Lugano, será velado en una casa de sepelios situada en la calle Cucha Cucha 785 de la Capital Federal desde las 20 de este miércoles hasta las 11 del jueves.

Apurate que la seleccion del cielo necesita un guardametas con coraje.

Fuentes: La Nacion, Diario Uno

Una gran carrera de caballos


BOTAFOGO vs. GREY FOX 

A pesar de los 90 años transcurridos desde su actuación en las pistas,Botafogo sigue teniendo para los aficionados Argentinos una vigencia cuya intensidad no disminuye con el correr del tiempo.Es que Botafogo será o no el más grande caballo de nuestro turf,pero lo cierto,es que es difícil referirse a la capacidad de algún otro sin parangonarla en primer término con la del hijo de Old Man,a quienes la mayor parte d quienes hoy lo invocan solo conocen por referencias.Una de ellas,y posiblemente la más notable de su campaña,es esta carrera,su inolvidable revancha contra Grey Fox,aquel tordillo que en una tarde aciaga abatió su corona d invicto.

Buenos Aires,como todas las ciudades del mundo,vivía pendiente de la ya próxima terminación de la primera guerra mundial,que sugerían síntomas evidentes como la desmembración dl imperio austrohúngaro,la revolución de Budapest,la abdicación del Kaiser Guillermo II y su refugio en Holanda.Al margen de esa preocupación,la afición hípica se preparaba ese domingo 3 de Noviembre de 1918 para presenciar un acontecimiento de importancia:la disputa del Gran Premio Carlos Pellegrini en cuyos 3000 metros haría una nueva presentación el invicto Botafogo.Anunciaban también su presencia Saint Emilión,Grey Fox y Cracker,no así Omega la crack de los tres años a la que se reservaba para el Premio Comparación.

La gran carrera no tenía carácter internacional.Botafogo ahuyentaba rivales y aunque no se esperaba otra cosa que una nueva victoria suya y un desarrollo ya repetido muchas veces,el hecho de que corriera el máximo clásico del calendario hípico Argentino y de que actuara el ídolo de los aficionados,con la posibilidad de superar-en caso de vencer- el récord de sumas ganadas que poseía Melgarejo,llevó numeroso publico a Palermo.Nada hacía suponer que ocurriría una catástrofe.

Llegó el momento de disputarse la gran carrera y los cuatro rivales salieron a la pista para ponerse a las órdenes del starter.Las pizarras señalaron,como era ya de rutina,un abrumador favoritismo para el crack de Don Diego de Alvear.

Y largaron…José Bastías,piloto del hijo de Old Man,lo llevó la vanguardia del reducido lote,Grey Fox quedó en su persecución inmediata y más atrás Saint Emilión y Cracker se quedaron especulando con alguna oportunidad favorable.Así siguieron con tren más bien moderado…pasaron frente a las tribunas,doblaron el codo de Dorrego y enfilaron el opuesto sin ninguna variante:Botafogo con algo de luz sobre Grey Fox y lejos de los otros dos.Por el poste de la milla,por qué no reconocerlo? surgió la primera inquietud:el invicto no se desprendía del tordillo,que muy próximo lo seguía implacablemente.Por los 1000 metros la intranquilidad dio paso al desánimo:Grey Fox proseguía asediando sin flaquear al alazán dl señor Alvear…

Así entraron a la recta final.Bastías apremió a su piloteado que no se desprendió como lo había hecho siempre.Ante la expectante ansiedad del público,el duelo se prolongó hasta enfrentar “la sin techo” como se denominaba a la primera tribuna popular.Allí Torterolo,jockey de Grey Fox,sacó por la derecha del favorito y lanzó al tordillo en impetuoso avance.Botafogo perdió terreno y cuando tuvo a su rival a medio cuerpo,Bastías recurrió a la fusta.Todo fue inútil,Botafogo no intentó la menor defensa y Grey Fox pasó poco menos que de largo para ganarle por más de un cuerpo ante el silencio y el desconcierto general.Había caído por primera y única vez el ídolo de los aficionados! Algunos amigos del propietario del vencedor,señor Saturnino J.Unzué y de los hermanos Torterolo -Juan cuidador y Domingo jockey de Grey Fox- recibieron con ruidosas manifestaciones de alborozo el ingreso al pesaje del hijo de Le Samaritain

Grey Fox(Le Samaritain y Dancing Fox)

 

QUE HABIA OCURRIDO?

La noticia de la derrota increíble del invicto cundió de inmediato por toda la ciudad.Muchos se resistían a creerlo y solo con la lectura de los diarios de la tarde se convencieron del increíble tropiezo del campeón.En todas partes y en todos los círculos,la carrera fue tema absorbente,tejiéndose infinidad de comentarios,tanto sobre el desarrollo del cotejo como de las posibles causas de la derrota.Solo una información muy precisa disminuía la aflicción común:se afirmaba la posibilidad de un encuentro desquite concertado entre los dos propietarios.

Pero la explicación de la derrota no tuvo,ni entonces ni nunca,definición concreta.Algunos sostenían que Bastías era culpable por haber traído ahogado e el freno a Botafogo.Otros afirmaban su convicción de que el hijo de Old Man ya estaba en plena declinación,o que acusaba una presunta dolencia en una mano.Otros,en fin,aseguraban que Botafogo había llegado a la carrera un tanto falto de ajuste en su training.

Y es probable que este último parecer fuera el más acertado:el entrenador del crack,Felipe Vizcay,estaba acostumbrado desde varios meses atrás,a que su pensionista corriera solo,o en modesta compañía o,por lo general,contra rivales que solo iban a luchar por el segundo premio.Con tales perspectivas y confiando excesivamente en la calidad d Botafogo,su preparación s limitaba a un floreo en la distancia de la carrera,partidas d segunda vuelta,moderadas todas,y un ensayo breve en la víspera del cotejo.

En cambio,Grey Fox,que venía de una campaña intensa y exitosa,integrada por 11 victorias y 5 segundos puestos en la temporada,entrenado por Domingo Pianezzi y luciendo los colores del Stud Montiel que lo tenía en arriendo,llegaba al encuentro en plena forma y dispuesto a cumplir su mejor performance,defendiendo ahora los colores del Stud Indécis-del señor Unzué- caballeriza a la que había ingresado poco más de un mes antes de este infortunado Pellegrini.

En la misma temporada,Botafogo había corrido solo el Premio Vicente L.Casares(2500 metros);también sin rivales el Chacabuco(3000 metros);en match con Cracker,el Pueyrredón(4000 metros);con Saint Emilión como único enemigo,el General Belgrano(2500 metros) y contra Cracker y Divinidad el Gran Premio de Honor(3500 metros),donde el descendiente de Korea se abrió en el final casi hasta media cancha,desvío que algunos atribuyeron a una incipiente lesión en el nudo de la mano derecha,insuficiencia que habría provocado también una disminución de su poder locomotivo y,por consecuencia,su rendición sin defensa frente a Grey Fox.

 

SE CONCIERTA EL MATCH

La información que trascendiera sobre un posible match entre Botafogo y Grey Fox era exacta:el señor Alvear pidió al señor Unzué el desquite,que caballerescamente fue concedido de inmediato con solo estas estipulaciones:correrse dos semanas después del Pellegrini,en igual distancia y kilos.El único cambio podía ser el de jinete.Por supuesto que Grey Fox habría de ser conducido por Domingo Torterolo;en cambio Botafogo fue puesto en manos de Francisco Arcuri.Además cada uno de los propietarios depositaba 10.000 pesos que el dueño del ganador,por acuerdo de antemano,donaba a la sociedad de beneficencia.

No pasó inadvertido para la gente vinculada al turf,la seguridad de Juan Torterolo de volver a ganar con su pupilo,ya que a su juicio,Botafogo estaba en declinanción y dos semanas era tiempo exiguo para su recuperación.Vizcay,por su parte,con idéntica confianza,hizo cumplir ejercicios mucho más severos a su pensionista.

Asi fue como dos semanas después,el 17 de Noviembre de 1918,olvidando el armisticio que pocos días antes había puesto final a la guerra europea,Buenos Aires y todo e país vibró ante la manifestación hípica más extraordinaria de la que había sido testigo.Una muchedumbre imponente llenó las tribunas de Palermo.Gente de todos los barrios y de centros urbanos vecinos y no pocos aficionados del interior e incluso del Uruguay,colmaron no solo las instalaciones del hipódromo,sino sus alrededores:el terraplén del ferrocarril Central Argentino,la estación Hipódromo del mismo,el paredón de la calle Dorrego…Un día primaveral auspició el encuentro.

 

LA CARRERA

Ante la expectativa casi angustiosa que es de imaginarse,los dos rivales se situaron en la largada de los 3000 metros y el starter no tardó en dar la orden de partida.Inmediatamente Arcuri llamó a correr al alazán,que tomó un cuerpo de ventaja sobre su rival.Corriendo severamente(el parcial fue de 1’ 02″ para los primeros 1000 metros)pasaron frente a las tribunas,uno detrás del otro,casi sin luz entre ellos;así giraron el tramo paralelo a la calle Dorrego y entraron a la recta opuesta donde Torterolo hizo acercar Grey Fox tanteando sus fuerzas,pero Arcuri tendió al hijo de Korea que volvió a poner luz sobre el tordillo.

Con un parcial de 2’ 04″ cubrieron los competidores los primeros 2000 metros.A esa altura Grey Fox volvió acortar distancias y otra vez Botafogo e desprendió,entrando a la última curva con dos cuerpos de ventaja sobre su rival.

Prácticamente todo había terminado:el campeón apuró la marcha,enfiló la recta y comenzó a distanciarse,tres,cinco,diez cuerpos…cien metros frente al disco,mientras su enemigo-en esta oportunidad de poco fuste-finalizaba exhausto.

Las agujas de los cronómetros señalaron 3’ 07″ para los 3000 metros,con lo que caía ampliamente superado el récord de la distancia que el mismo Botafogo poseía desde el año anterior con 3’ 08″ 4/5.

Botafogo vence “por un campo” en la revancha contra Grey Fox

 

APOTEOSICO RECIBIMIENTO

Cuando el crack del señor Alvear se fue acercando a la meta,fácilmente victorioso,reverdecidos los laureles que en una mala tarde disminuyeran su brillantez,el público dio expansión ala emoción que contuviera durante casi todo el desarrollo de la contienda.Desde todos los sectores del hipódromo surgieron los aficionados pretendiendo tocar al hijo de Old Man.El regreso al pesaje se hizo dificultoso.Jamás se había contemplado un espectáculo igual.Solo faltó-dijo un cronista de la época-que al campeón “lo llevaran en andas…”

Don Diego de Alvear lleva de la rienda a Botafogo al pesaje

Botafogo,el inolvidable crack Argentino