Sociologia de la violencia


La violencia recorre medularmente las relaciones sociales de la sociedad contemporánea. Está presente en forma simultánea atravesando a la sociedad en forma vertical y horizontal, a cualquier hora, en todos los lugares del mundo y como respuesta a los más variados hechos. En física se habla del principio de “acción- reacción” según el cual todo cuerpo al que se le aplica una fuerza (acción) responde con otra fuerza (reacción) de igual intensidad y distinto sentido. Pero en nuestra cotidianidad no hay acciones privativas de ser respondidas con violencia sino, mas bien, que prácticamente cualquier hecho es pasible de ser contestado con violencia como si se hubiera convertido esta, en una cobertura epidérmica dispuesta a dejar su latencia, en forma irracional, ante sucesos que provocan disconformidad en sujetos o colectivos sociales. Sin embargo el concepto de violencia no es privativo de la sociología. Muy por el contrario ha sido trabajado por las más diversas disciplinas. Pero en sociología tiene un lugar de especial importancia como desarrollo de las teorías sobre el conflicto, de la dominación y del cambio social.
Las sociedades viven en conflicto. No existe teoría en las ciencias sociales que no admita este principio. El conflicto es un motor del desarrollo y del progreso; sin él no habría manera de producir las transformaciones que permiten evolucionar a la comunidad. De la manera cómo los gobernantes resuelven el conflicto, depende el tipo de sociedad que tienen (1). Solo que hoy en día, mediadas por múltiples factores se ha agudizado la exposición a situaciones violentas al complejizarse el flujo de relaciones interpersonales a través del desarrollo exponencial de las vías de comunicación. Esto ha generado un campo propenso a hechos violentos que surgen espontáneamente y que escapan a los mas diversos controles. Puntalmente este desarrollo permite comunicaciones inmediatas (trafico de imágenes, mensajes de texto, conexión a redes sociales), difusión global de hechos violentos que luego son tomados como reflejo (televisión, páginas web, canales web de video, publicaciones en redes sociales), exaltación a la violencia mediante el uso de redes sociales, videos caseros y diferentes publicaciones. Y la violencia escapa a la exclusividad de las relaciones de dominación y se instala como pandemia a nivel global.
En las sociedades abiertas, democráticas y amparadas en el Estado de Derecho, el conflicto suele canalizarse de manera funcional y positiva a través del diálogo y la institucionalización de mecanismos de concertación. En cambio, en las sociedades cerradas, autoritarias y sometidas a la dictadura de la élite, el conflicto sólo conoce la resolución por el cauce de la violencia. Asistimos hoy por hoy a sistemas democráticos débiles donde el Estado se encuentra sometido a los dictámenes del mercado y sujeto a los intereses de las clases dominantes en detrimento de las clases subalternas lo cual también implica una nueva forma de dominación.
La solución al conflicto no debe buscarse en el desenlace de sus manifestaciones, sino en la satisfacción de las causas que lo originan (hay un dicho bastante certero “vemos el humo y nos molesta, pero no hacemos nada con el fuego que origina ese humo”). El conflicto es siempre la revelación concreta de algún tipo de disfunción en la estructura social, algo así como la fiebre en el organismo que anuncia la existencia de una infección que no está en la superficie.
La violencia, es decir la respuesta autoritaria al conflicto, en realidad no es una verdadera salida, en el sentido de solución. Normalmente sólo consigue aplacar la manifestación del problema que luego retorna con mayor virulencia; además, con el ingrediente de la acumulación, que provoca más tensión y fricción y, por lo tanto, hace que la violencia sea cada vez mayor, como en una espiral. Esto último se puede observar en la actualidad en los problemas entre bandas de jóvenes o entre familias de un mismo barrio y la escalada que suele comenzar con una simple discusión de intereses encontrados, a veces nimiedades en el caso de vecinos, suele saldarse con muertos de un lado y del otro(2).
Si bien en teoría todos sabemos que la violencia produce más violencia, la tentación de utilizarla es muy recurrente en los Estados modernos, dado que el monopolio del uso de la fuerza les está reservado para utilizarlo contra los ciudadanos (3). Frecuentemente se confunde autoridad con autoritarismo y se actúa prefiriendo el camino fácil de la represión. En esas circunstancias, cuando el conflicto tiende a resolverse a favor del Estado por la vía de la coacción, es precisamente cuando nace la posibilidad de la violencia contestataria, que a la larga produce la salida revolucionaria. Claro está que en esta coyuntura no solo los conflictos Estado-ciudadanía o clases dominantes-clases dominadas, a lo que debemos sumar la violencia simbólica (4) si no que también los conflictos en el seno de las mismas clases se resuelven mediados por la violencia. En la actualidad ha sucedido una larga sucesión de linchamientos o intentos al menos, conflictos de intereses entre vecinos, violencia de género (los casos de femicidio han crecido exponencialmente) violencia en diferentes espectáculos y lugares de esparcimiento, peleas por problemas de transito, violencia por cuestiones vinculadas al narcotráfico, violencia sobre las minorías (cuestiones étnicas, raciales, sexuales, de minoridad o tercera edad) violencia escolar (mobbing, ataques a maestras, profesores o directivos, alumnos armados entre otros casos) violencia intrafamiliar y múltiples manifestaciones que dejan todo tipo de heridos, contusos y hasta inclusive muertos (5). La violencia entonces tiende a manifestarse en los momentos de emergencia de nuevas relaciones sociales y en los momentos de cuestionamiento de las formas de dominación, mediadas por la cultura y una comunicación de tipo deficitario. Una explicación posible surge de la idea de que el cambio acelerado o la modernización de finales del siglo pasado y principios del actual no ha sido acompañada de los debidos cambios institucionales creando en los sectores sociales, como producto de esta modernización incompleta, sectores marginados en los que suceden situaciones de descontento donde tienen gestación los procesos de violencia. Coser postula como un axioma que los seres humanos, con la excepción de aquellos a quienes se los entrena para el uso sistemático de la fuerza legítima o ilegítima, optan por la acción violenta sola bajo condiciones extremas de frustración, ansiedad y demanda de afecto (6). Por la tanto, si la incidencia de la violencia aumenta rápidamente ya sea en el conjunto de la sociedad o en uno de sus sectores, esto se puede tomar como indicador de desajuste severo.
Volviendo a la relación Estado-sociedad, mediada por la violencia. Muchas veces los gobernantes piensan que existe demanda ciudadana para el ejercicio legítimo de una violencia limitada y se lanzan al control del conflicto por esta vía (triste recuerdo en nuestro país de las aplicaciones de la llamada “ley Blumberg”(7), creyendo que, por el hecho de contar con cierto respaldo de sectores normalmente conservadores y rígidos, están por el camino correcto. Lamentablemente, no es así; el uso de la violencia para aplacar el conflicto, sea con apoyo ciudadano o sin él, produce el mismo devastador efecto. Está visto que las políticas de seguridad no han podido obtener el objetivo que perseguían como así tampoco las políticas sociales tendientes a la inclusión. Sin embargo no se puede achacar la responsabilidad absoluta de este fracaso, en términos cualitativos y cuantitativos, al Estado en cualquiera de sus niveles, sobre todo si seguimos la definición de Estado que proporciona Gramsci (8) , por lo que si no hay una conjunción entre la sociedad política y la sociedad civil para trabajar en forma mancomunada y no se ejercen mecanismos de control a nivel individual, grupal o institucional la efectividad de las políticas o de las acciones será nula.
Es hora de aguzar la imaginación y encontrar salidas inteligentes al conflicto y aquí nuevamente el Estado y la sociedad son los actores principales. La violencia sólo traerá consigo fracaso y, por supuesto, más violencia.

1 Comentarios sobre un texto de Ricardo Paz Ballivián (en cursiva texto original)

2 Durkheim indica que en una situación de descontento prima una forma de coacción “más o menos violenta y más o menos directa que liga a los individuos a sus funciones y por consiguiente solo es posible una solidaridad imperfecta y perturbada”
3 Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima dice Max Weber
4 Violencia simbólica es un concepto creado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu en la década de los 70, que en ciencias sociales se utiliza para describir las formas de violencia no ejercidas directamente mediante la fuerza física, sino a través de la imposición por parte de los sujetos dominantes a los sujetos dominados de una visión del mundo, de los roles sociales, de las categorías cognitivas y de las estructuras mentales
5 Dice Weber que la acción se orienta por el propósito de imponer la propia voluntad contra la resistencia de la otra u otras partes
6 Coser, Lewis A (1970). Continuities in the study of social conflict. Free Press. New York
7 La llamada Ley Blumberg (Ley 25.886) es una ley aprobada por el Senado y la Cámara de Diputados el 14 de abril de 2004, que modifica en el Código Penal argentino la figura de los delitos con armas. 1 Existen otras dos leyes que se conocen como Blumberg, que son la Ley 25.882 que modifica el art. 166 del Código Penal que entró en vigor el 4 de mayo de 2004 y la Ley 25.891, de servicios de comunicaciones móviles por la cual se instituye un Registro de Usuarios. Entre otras cosas las Leyes Blumberg estipulan en 50 años la pena máxima de prisión por sumatoria de delitos para un condenado o una condenada por delitos gravísimos (violación seguida de muerte, secuestro extorsivo seguido de muerte, etc.).
8 Gramsci proporciona una definición ampliada del concepto de Estado como el resultado de las relaciones orgánicas entre Estado y sociedad política y ‘sociedad civil’”

Marcelo Guerrero Roman

marce_lamarque@hotmail.com

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Cosas que nos desquician a mi amiga y a mi


Nos desquicia…
– A mi amiga los piropos en la calle
– A mí que digan los artículos antes de los nombres.
– A mi amiga que nos cuentan algo y fingimos escuchar pero estamos pensando en otra cosa. Luego nos preguntan y decimos: “Nunca me dijiste eso”
– A mí las maestras jardineras que no se sacan el delantal cuando salen del trabajo.
– A mi amiga que si nos bañamos, el piso queda inundado.
– A mí los futboleros cabeza.
– A mi amiga que compramos cosas insólitas que nunca sirven para nada.
– A mí los que tuitean cosas como “voy a hacer pis”.
– A mi amiga que preferimos perdernos, que preguntar cómo llegar a un lugar
– A mí los que chapan en la cola del banco o del súper
– A mi amiga que cuando cocinamos dejamos toda la cocina hecha un desastre.
– A mí los que consultan el saldo y se hacen los que hablan con alguien
– A mi amiga que si nos da gripe, hacemos tanto escándalo que parece que tuviéramos una enfermedad terminal
– A mi las pendejas que cada dos segundos dicen “boluda”, “Arre”, “es muy tierno” o ponen asdaasdasf en face.
– A mi amiga que no sabemos arreglar nada en la casa… pero si llaman al plomero ó electricista nos ofendemos
– A mí los que dicen “Nada” cada dos palabras.
– A mi amiga que el control de la televisión y nosotros somos UNO MISMO.
– A mí los que son kirchneristas porque a ellos les fue bien.
– A mi amiga que jamás ponemos rollo nuevo en el tubo del baño.
– A los dos los que en los ciber se van y ni siquiera cierran el Face (Me causa perplejidad más que odio, en realidad).
– A mi amiga los que decimos que no somos machistas xq una vez por semana lavamos los platos, los sábados paseamos el perro y los domingos hacemos asado.
– A los dos los que todos los días te etiquetan en alguna pelotudísima imagen con chistes viejos, mensajes religiosos excrementicios o temas seudo-sensibles de cuarta.
– A los dos los que te mandan cadenas de whatsapp para que se te cumplan los deseos.
– A los dos los taxistas que fuman, no cierran las ventanillas ni que haga 2 grados y cuando los saludas solo te responden con un gesto inaudible y casi imperceptible.
– A mi amiga los que se hacen que son los mejores amigos de su novio y cuando el no esta se la encaran
– A mí los falsos de mierda que te dicen “Yo te banco” y se tocan el corazón con el puño y luego te señalan.
– A mi amiga que tenemos jeans favoritos, y no los tiramos aunque tengan agujeros y cada vez que lo usamos parecemos vagabundos.
– A mí los que se compran un cero kilómetro y no le sacan las fundas de plástico a los asientos.
– A mi amiga las que le dicen putas a todas y se chapan medio boliche.
– A los dos los que ponen Coca-Cola en la mamadera de sus hijos.
– A mi amiga los que dejan el carro en la caja y siguen revoleando cosas desde las gondolas.
– A mí las maestras jardineras que hablan todo en diminutivo y te reciben con tanta alegría aunque sean las 8 de la mañana.
– A mi amiga los tipos que la agregan al Face y sus tres primeras preguntas son de donde sos? Cuantos años tenes? Tenes novio?
– A los dos los psicólogos que dan como verdades absolutas e irrefutables lo que pensaba un austríaco cocainómano que odiaba la música.
– a los dos los dibujantes de cómics que tienen como pináculo de sus necesidades artísticas y espirituales el dibujar tetas y explosiones.
– A los dos el 90% de la gente que trabaja en la tele.
– A los dos la gente que dice “es lo que hay”
– A mi amiga llegar al Banco Nación, sacar el 1234 cuando van por el 3 y que le pasen el 5 al que llegó una hora después
– A mí los pendejos que no se sacan la mochila cuando están parados en un colectivo lleno.
– A mi amiga que cuando entra al baño, justo en ese momento se le antoja ir a Él. y le toca la puerta para que no tarde.
– A los dos los que en MacDonals se van y no tiran el desastre que hicieron en la mesa.
– A los dos las caras de culo de las madres jóvenes que no pueden superar que su hijo exista.
– A los dos los que culpan a los bolivianos de que nuestra sociedad sea una mierda.
– A los dos los que viven hablando de cómo y cuánto cogieron.
– A los dos los que cambian de celular todos los meses y tienen dos chips.
– A los dos los que creen que el hecho humorístico es solo una cuestión de insistencia.
– A los dos los que creen que Chiche Gelblum es un periodista.
– A los dos el 99% de las publicidades televisivas.
– A los dos las flacas que creen que están gordas.
– A los dos las gordas que creen que están flacas.
– A los dos los que en vez de decir “Quiste” dicen “Quister”.
– A los dos los que salen del cine y se mimetizan con la peli que vieron
– A los dos los que hablan en el cine.
– A los dos los que creen que los presidentes tienen un poder real y que no son solo una transitoria cara visible que representa una coalición de intereses.
– A los dos que en los recitales todos sean más altos que nosotros.
– A los dos los que le ponen sus nombres a sus hijos.
– A mí las minas que dicen “A la final…”.
– A mi amiga los pendejos que veneran el alcohol.
– A los dos los que creen que los vivos se drogan.
– A los dos los que le taladran la cabeza a sus hijos con la religión que ellos creen que es la correcta y después ellos hacen todo lo contrario.
– A los dos los que lloraron la muerte de Ricardo Fort.
– A los dos los que dicen que con los militares estábamos mejor
– A los dos los que creen que Ortega y Gasset era un dúo.
– A mí los periodistas deportivos que abusan del doble mensaje al criticar la violencia y luego dicen que hay que morir por la camiseta.
– A mi amiga que nuestros amigos por lo general son unos tarados, y sin embargo los adoramos
– A los dos las estúpidas que siguen fumando y chupando a pesar de estar embarazadas.
– A los dos los que sostienen que en “La escuela de la calle” se puede aprender todo lo necesario.
– A mí que todavía no hayan pasado de moda esos pantalones “babucha/culo cagado” que le quedan para el orto hasta a la más linda.
– A mi amiga que nos rasquemos la entrepierna en cualquier lado y delante de cualquiera.
– A los dos los pendejitos que cuando ya tenés más de 20 te dicen “Señor/a”.
– A los dos los que dicen “A mí me parece de que…”.
– A los dos los que crían a sus hijos inculcándole actitudes discriminatorias en cuanto al género-etnia-raza u elección sexual.
– A los dos las tristes burlas de seres humanos que se comparten en Face o en twitter y encima después se hacen los giles.

Pablo Escobar Gaviria, el Patron del Mal


Una sensación de alivio recorrió a Colombia hace veinte años, cuando el presidente de la República, César Gaviria, confirmó que el capo de capos, Pablo Escobar, había sido abatido por el Bloque de Búsqueda en un tejado de Medellín.
La caída de quien fuera la encarnación más vívida de un poderoso fenómeno sin precedente en la historia del país y con repercusión en múltiples esferas, desde la política y la economía hasta el fútbol y la arquitectura, fue para la inmensa mayoría de los colombianos el final de una pesadilla. El país respiraba, dadas las múltiples ocasiones en las que Escobar y su gente demostraron niveles sin antecedentes de sevicia y crueldad a la hora de hacerse sentir a punta de disparos y dinamita. Al mismo tiempo, su muerte puso el punto final del primer capítulo de la lucha del Estado colombiano contra el crimen organizado en torno al tráfico ilegal de drogas.
Esta es una historia de la que no se ha escrito todavía su epílogo y cuyas primeras páginas se escribieron al comenzar la década de los 80, cuando valientes colombianos como Rodrigo Lara Bonilla, Luis Carlos Galán y Guillermo Cano, entre muchos otros, le advirtieron a la sociedad sobre el grado de penetración que habían alcanzado los tentáculos de esta industria criminal en las instituciones. Denuncias que desataron la ira de Escobar y otros cabecillas, que optaron por silenciar a quienes se atrevieron a advertir de frente lo que se comentaba en voz baja.
Para entonces, el narcotráfico experimentaba un auge que se dio en forma paralela con profundas transformaciones de la sociedad. Las mismas que a juicio de no pocos analistas ayudaron a alimentar el monstruo. Estas incluyen una masiva emigración de colombianos del campo hacia las ciudades en busca, algunos, de refugio ante la violencia, mientras otros simplemente eran atraídos por las oportunidades que en los centros urbanos ofrecía una economía que se modernizaba al tiempo que en el campo comenzaba un rezago que hasta hoy se prolonga.
No menos importante fue el proceso de secularización de la sociedad, en el que la Iglesia perdió capacidad para regular la vida en comunidad, proceso que ocurrió sin que una ética pública llenara este vacío.
Pablo Escobar fue un producto de todo lo anterior. Su mente criminal fue determinante para convertir una economía ilegal de discreto calado como lo era el narcotráfico en Colombia a finales de la década de los 60, basada en la exportación de marihuana, en un emporio de tales dimensiones que hubo un momento en el que muchos temieron que terminaría por cooptar por completo a la institucionalidad. De ahí que no faltaron observadores en el exterior que, al referirse al país, hablaran de un Estado fallido. Y les daban la razón hechos como los ocurridos a finales de la década de los 80 y comienzos de la de los 90, cuando el asedio de los mafiosos a las más altas esferas de las ramas del poder era sistemático y consiguieron en más de una ocasión doblegar, con terror u oscura persuasión, la voluntad de altos dignatarios. Todo esto sumado a la feroz arremetida contra los medios de comunicación, que con coraje pusieron al descubierto el mundo de la mafia, que pagaron con sangre y secuestros el cumplir su misión.
Por ello, la importancia de la caída de Escobar. Esta victoria del Estado marcó un punto de giro en la medida en que dejó claro que, por más poderío ilegal que acumule una organización, no conseguirá derrotar al Estado. Realidad que constatarían años después los cabecillas del clan que era su más enconado rival: el cartel de Cali. Este, tal y como ha vuelto a salir a flote por el altisonante cruce de dardos de los expresidentes Pastrana y Gaviria, adoptó el mismo objetivo que Escobar en su momento y, de la misma manera, fracasó.
Pero algo aleccionador acá es que las sucesivas caídas de los capos, de Medellín y Cali, no representaron el ocaso del narcotráfico. En tanto continuó la demanda, y muchas de las condiciones objetivas que permitieron que el país se consolidara como productor y exportador de marihuana, cocaína e incluso heroína se mantuvieron, la industria simplemente mutó.
El capítulo que vino después lo comprueba. Y con el negocio se mantiene intacto el poder corrosivo sobre el tejido social que implica esta actividad. La misma moral flexible que sobresale en la vida de Escobar, a quien la CIA pone al nivel de Osama Bin Laden, precisamente porque sabe del poder destructor, paulatino, pero letal, de este comercio para una sociedad.
Que persista un nutrido mapa de economías ilegales con vasos comunicantes que las unen a gobiernos locales es prueba de que la perversa herencia del capo antioqueño no perece. Para disiparla del todo hay que apuntarles a las mencionadas condiciones objetivas de las que se alimenta. Tarea que comienza por construir una sociedad más incluyente y una democracia más robusta, por generar un cambio cultural en el que tomar atajos y buscar el dinero fácil sea objeto de sanción y no de reconocimiento social. Por último, es vital continuar por la senda ya abierta que termina en el tratamiento del consumo de drogas como un asunto de salud pública y no de política criminal.

En el año 1981 Pablo Escobar Gaviria avanzaba en el afianzamiento de un emporio criminal que tuvo como epicentro la ciudad de Medellín, donde vivía con su familia. Las primeras manifestaciones del narcotráfico se habían dado en Colombia en los años 60, con la llamada bonanza marimbera, focalizada en la costa Caribe, pero con repercusiones en todo el país y un punto importante de expendio de marihuana en Cali.
En medio de estas transacciones empezó la comercialización de pasta de coca que llegaba de Bolivia y Perú y que también tuvo buenos compradores en la capital del Valle; allí fue realmente donde empezó a forjarse el negocio clandestinamente, así como el tráfico hacia los EE. UU.; la demanda permitió consolidar las primeras rutas con personas que movían la droga por los aeropuertos, sin mayores inconvenientes.
Pero en el segundo semestre de 1981, Escobar ya tenía una relación financiera ilegal con los hermanos Jorge Luis, Juan David y Fabio Ochoa Vásquez, así como una visión global del narcotráfico que lo llevó a abrir nuevas rutas aéreas y marítimas por Centroamérica hacia las costas estadounidenses en Florida y California. Muy pronto tuvo el control del 80 por ciento de los estupefacientes que ingresaban a ese país, así como del negocio en las calles de Los Ángeles, Miami, Nueva York y Chicago.
La demanda de cocaína significó el fortalecimiento del cartel de Medellín y la pesadilla para Colombia. Con su poder corrupto, Escobar llegó al Congreso y el país empezó a conocer su barbarie el 30 de abril de 1984, con el asesinato del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Desde esa fecha no pararon los homicidios y atentados terroristas.
Pablo Escobar compró las conciencias de militares, policías, políticos, empresarios, jueces, fiscales y periodistas, pero también terminó con la vida de decenas de ellos. Sumió al país, en la década de los 80, en el caos y la barbarie.
‘El Patrón’, como lo llamaban con respeto sus subalternos, creó un modelo sicarial que hoy se mantiene, reclutando a los jóvenes de las barriadas populares de Medellín.
Pero su historia terminó a las 2:50 de la tarde del 2 de diciembre de 1993. El bloque de búsqueda de la Policía ubicó y neutralizó a Pablo Escobar Gaviria. Esta operación se convirtió en el punto de quiebre en la lucha contra el tráfico de drogas. La caída del jefe de la organización narcotraficante más tenebrosa demostró que ninguno de los capos o estructuras eran imbatibles.

En la serie de televisión titulada ‘Pablo Escobar, el patrón del mal’ se cuentan historias de narcotráfico y de magnicidios en la narcoguerra contra la extradición. Hasta donde ha llegado la crónica, hemos visto el ascenso del narcotráfico, su infiltración o conexiones en muchas esferas de la política, las Fuerzas Armadas o la guerrilla y sobre todo los magnicidios. Pablo Escobar es presentado como un frío criminal, con discursos populistas y hasta izquierdistas y pretensiones de gran jefe. La pregunta que queda en el aire es si seguirá en ese tono de crónica siciliana o incursionará en la compleja historia de violencias cruzadas que va más allá de la idea de un narcotráfico terrorista y corruptor por igual de todo lo que toca.

Ese esquema del narcotráfico contra el Estado, aliado de los terroristas, es una gran cortina que desfigura los acontecimientos históricos. El cartel de Medellín en la época de Escobar, el Clan Ochoa, Rodríguez Gacha y otros menores alcanzaron su poderío en los años ochenta, sobre todo gracias a la alianza con políticos y autoridades regionales y con mandos importantes de las fuerzas armadas. Sus centros de mando fueron las ciudades y desde allí garantizaban las rutas hacia Estados Unidos y las operaciones de lavado de activos en negocios legalizados desde poderes institucionales y redes empresariales. En la cadena de valor del narcotráfico, no dudaban en repartir cuotas que fueran necesarias para “coronar” cada etapa, incluyendo migajas a la guerrilla que primero les ofreció protección, en zonas de cultivo y tránsito, y luego los convirtió en objeto de sus cuotas o extorsiones.

La declaratoria de guerra del ‘Mariachi’ y Jacobo Arenas marcó toda la década de los ochenta. El capítulo sobre la relación cartel de Medellín-Escobar-guerrilla no se puede confundir con los que pueden tratar los entronques entre narcotráfico y guerrilla que han transcurrido en otras alianzas, territorios y economías de guerra. Esa es harina de otro costal.

Después de la destrucción de los laboratorios de Tranquilandia, en 1984, en los llanos del Yarí, ese cartel trasladó sus laboratorios centrales al Magdalena Medio y allí selló la alianza con los paramilitares, políticos, ganaderos y batallones contrainsurgentes. Con esa experiencia y la del MAS que organizó el cartel de Medellín y comandó Fidel Castaño, se inauguró el modelo del narcoparamilitarismo y la múltiple alianza para la guerra por el control de territorios. Del Magdalena Medio y sus escuelas con asesores internacionales, el modelo pasó a Urabá y Córdoba y se expandió copando alcaldías, gobernaciones, rentas estatales y, por supuesto, haciendo la guerra al ritmo de los negocios y del acaparamiento de tierras y activos. La principal violencia la desató en esas regiones la alianza narco-políticos-militares-negociantes, para controlar territorios y poderes, asesinando en sucesivas masacres y homicidios selectivos a miles de líderes y supuestos subversivos. En las ciudades, desde el Magdalena Medio y también desde Medellín, pusieron en acción los sicarios para asesinar gente de la UP, intentando mantener los nexos con los militares y políticos que estaban en su nómina, y al mismo tiempo le declararon la guerra al Nuevo Liberalismo, que con Lara Bonilla desde el Gobierno y Luis Carlos Galán en el Congreso encabezaron la denuncia a la presencia del narcotráfico en la política.

La realidad es que la guerra del Estado contra el cartel de Medellín solo se desplegó al final del gobierno de Virgilio Barco. Desde 1979, cuando se aprobó la extradición, hasta 1993, cuando cae Escobar, no hubo una línea unificada del Estado y, por el contrario, predominaron la vacilación, el desfase entre Gobierno y Fuerzas Armadas, la prioridad de la guerra antisubversiva sobre la ruptura de alianzas con las mafias. Solo la presión de la guerra mundial antidrogas, encabezada por Estados Unidos, con sus agencias en Colombia, llevó en 1989 a acciones más decididas contra los carteles, primero contra el de Medellín y después contra el de Cali. Esa presión fue decisiva en las rupturas y desencadenamiento de guerras internas.

No se le puede pedir a una telenovela, con estructura de documental, que haga historia. Pero sí advertir contra la tentación de convertir a Pablo Escobar en otro basurero de todas las atrocidades, pues se corre el peligro de lavarles la hoja de vida a muchos protagonistas del horror.
En 1992 Pablo Escobar Gaviria se entrego al gobierno colombiano. Luego de una pomposa entrega en medio da autoridades, mediadores, sus guardaespaldas y hasta su madre y esposa Pablo Escobar se despidió de todos y entró en la celda donde iba a vivir tan ocupado como siempre en sus asuntos y negocios, y además con el poder del Estado al servicio de su sosiego doméstico y su seguridad. Desde el día siguiente, sin embargo, la cárcel muy cárcel de que habían hablado antes de su entrega empezó a transformarse en una hacienda de cinco estrellas con toda clase de lujos, instalaciones de recreo y facilidades para la parranda y el delito, construidos con materiales de primera clase que eran llevados poco a poco en un doble fondo adaptado en el baúl de una camioneta de abastecimiento.
Doscientos noventa y nueve días después, enterado el gobierno del escándalo, decidió cambiar de cárcel a Escobar sin anuncio previo. Tan inverosímil como el hecho de que el gobierno hubiera necesitado un año para enterarse, fue que Escobar sobornó con un plato de comida a un sargento y a dos soldados muertos de susto, y escapó caminando con sus escoltas a través de los bosques vecinos, en las barbas de los funcionarios y de la tropa responsable de la mudanza.
Fue su sentencia de muerte. Según declaró más tarde, la acción del gobierno había sido tan extraña e intempestiva, que no pensó que en verdad fueran a transferirlo sino a matarlo o a entregárselo a los Estados Unidos. Cuando se dio cuenta de las desproporciones de su error emprendió dos campañas paralelas para que el gobierno volviera a hacerle el favor de encarcelarlo: la más grande ofensiva de terrorismo dinamitero de la historia del país y la oferta de rendición sin condiciones de ninguna clase. El gobierno no se dio nunca por enterado de sus propuestas, el país no sucumbió al terror de los coche-bombas y la ofensiva de la policía alcanzó proporciones insostenibles.
El mundo había cambiado para Escobar. Quienes hubieran podido ayudarlo de nuevo para salvar la vida no tenían ganas ni argumentos. La inmensa fortuna, calculada en tres mil millones de dólares, se fue en gran parte por los sumideros de la guerra o se desbarató en la desbandada del cartel. Su familia no encontraba un lugar en el mundo donde dormir sin pesadillas. Convertido en la más grande pieza de caza de nuestra historia, Escobar no podía permanecer más de seis horas en un mismo lugar, e iba dejando en su fuga enloquecida un reguero de muertos inocentes, y a sus propios escoltas asesinados, rendidos a la justicia o pasados a las huestes del enemigo. Sus servicios de seguridad, y aun su propio instinto casi animal de supervivencia perdieron los talentos de otros días.
El 2 de diciembre de 1993 -un día después de cumplir cuarenta y cuatro años- no resistió la tentación de hablar por teléfono con su hijo Juan Pablo, que acababa de regresar a Bogotá rechazado por Alemania, junto con su madre y su hermana menor. Juan Pablo, ya más alerta que él, le advirtió a los dos minutos que no siguiera hablando porque la policía iba a localizar el origen de la llamada. Escobar -cuya devoción familiar era proverbial- no le hizo caso. Ya en ese momento los servicios de rastreo habían logrado establecer el sitio exacto del barrio Los Olivos de Medellín, donde estaba hablando. A las tres y cuarto de la tarde, un grupo especial nada ostensible de veintitrés policías vestidos de civil acordonaron el sector, se tomaron la casa y estaban forzando la puerta del segundo piso. Escobar lo sintió.
«Te dejo -le dijo a su hijo en el teléfono- porque aquí está pasando algo raro.» Fueron sus últimas palabras.

Fuentes: Archivo diario El Tiempo Colombia y libro “Noticia de un secuestro” Gabriel Garcia Marquez

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Discurso de aceptacion del premio Nobel (Gabriel Garcia Marquez)


La soledad de América Latina (1982)

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.

Prejuicios (by Natalia Lavene)


Muchas veces nos hemos preguntados como nos ven los otros, que queremos transmitir con nuestro aspecto, nuestras ideas y acciones. Pero ¿qué son verdaderamente los prejuicios? ¿Cuándo surgieron? Una respuesta sociológica y antropológica sobre conductas de relación cultural limitadas por el sentido común.

Prejuicios de ayer, hoy y siempre

Los prejuicios son valoraciones que otorgan un significado a la interacción cotidiana, son razonamientos construidos a partir de percepciones compartidos por el grupo cultural de pertenencia. Esto quiere decir que cada grupo cultural tiene sentimientos alturistas frente a diferentes comunidades (políticas, religiosas, sociales) y de acuerdo a estos pensamientos su accionar de interacción será distinto. Para entender mejor el tema hay que especificar cuatro tipos de prejuicios:

El etnocentrismo supone que la propia etnia es central y superior al resto. Esta clasificación puede ejemplificarse con un hecho histórico: el colonialismo, este significó el avance de las sociedades europeas por el resto del mundo. Este proceso de expansión estuvo delimitado por el control directo de territorios y el sometimiento de poblaciones. Los europeos querían imponer su cultura por sobre la del indio nativo, este intento terminó en la matanza de estos últimos, la mezcla de idiomas, el surgimiento de una nueva estratificación social, religión y organización jurídica. Otro ejemplo más fue el sucedido durante la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler decidió que la raza aria era superior a todas las demás y por este pensamiento cinco millones de judíos fueron asesinados victimas del mayor genocidio de la historia.

El sentimiento de superioridad también se ve reflejado en los prejuicios sexistas, argumentado por razones culturales y biológicas, tanto para el hombre como para la mujer. Al primero se lo caracteriza bajo una construcción, casi cineasta, de trabajador, inteligente, fuerte que no llora, proveedor y jefe de familia. Mientras que el lado femenino se ve reflejado en la mayoría de las culturas bajo un rol menor de ama de casa, siempre bella, paciente, delicada, dependiente, sensible y hasta de objeto sexual. En este sentimiento de superioridad masculina se traducen los fenómenos tales como el femicidio, en Argentina cada 30 horas una mujer fue asesinada por violencia sexista en el transcurso del año pasado. Por otro lado, la brecha salarial entre hombres y mujeres sigue estancada en el 16,4% en el Viejo Continente.

La lucha contra la inferiorización del “otro” por sus rasgos anatómicos ha dado a conocer casos como el racismo en Estados Unidos, el Holocausto Judío y Gitano y el racismo sudafricano durante el apartheid. En estos contextos se dieron a conocer figuras como Nelson Mandela y Martin Luther King que se oponían a las leyes segregacionistas en cada parte del mundo. Como ejemplo y raro que suene, Rosa Parks (integrante del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos) fue arrestada en 1955 por haber violado la ley segregacionista al no ceder su sitio a un hombre blanco en un autobús. A pesar de que La Organización de Naciones Unidas (ONU) adoptó en 1965 la Convención internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial y estableció el día 21 de marzo como Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, la mayoría de los representantes indígenas de países latinoamericanos enumeran las discriminaciones de sus prácticas culturales, religiosas, médicas y jurídicas, en el plano educativo y en el acceso a la salud.

Por último se encuentra el prejuicio clasista, la subvaloración de grupos sociales más que nada hacia la cultura de la pobreza en un abordaje esencialista que centra su relato en la ausencia de lazos sólidos entre padres e hijos, poca inclinación al trabajo y matrimonios débiles. Las estructuras de clase existían en una forma simplificada de las sociedades pre-agrícolas, pero se convirtió en mucho más complejo y establecieron tras el establecimiento de las civilizaciones basadas en la agricultura. Un ejemplo actual y sencillo pero no banal es el caso de asistir a una discoteca, según el “target” del lugar y según tu vestimenta y apariencia física serás apto para entrar o no.

Prejuicios de ayer, hoy y siempre

Los prejuicios culturales van de la mano con los estereotipos y la identidad de cada comunidad según sean sus costumbres y tradiciones. De acuerdo con estas determinadas conductas culturales, que rigen las relaciones de interacción social e interés en el otro, podemos hablar de diversidades que no se aceptan o respetan de igual manera. Siguiendo este análisis y apelando a una autocrítica constructiva está en todos contraponernos a esa construcción que desde comienzos de la historia está destruyendo nuestros lazos sociales.

Natalia Lavene

la Patria es el Otro?


Cristina Fernández ha terminado varios de sus discursos señalándonos, para que no caigamos en el olvido, que la Patria es el Otro; expresión esta que repite dos o tres veces cada vez con mayor énfasis, destacándose el brillo vocal que le da a “Patria” y a “Otro” como si mediante el simple influjo de su alocución, las palabras se constituyeran en una declaración universal positiva y plena de valores omnicomprensivos. Pero, en realidad ese “Otro” en términos estrictos de la finalización de un discurso y apoyado en la oratoria de la mandataria que ha tratado de imponer categorías de pensamiento u acción a partir de una sola palabra o un concepto resumido es, en definitiva, nada mas que una totalidad abstracta de la cual no se hace demasiada mención o más bien no se amplía su conceptualización. Parece que el otro fuésemos todxs pero en realidad no es ninguno hasta tanto no se delimiten las características que tiene ese “Otro” que encarna la Patria y podamos abrirnos al reconocimiento de ese otro en cuanto un rostro en que se capta el sentido propio de la responsabilidad, de la acogida y del hacer el bien”. En una sociedad cuyos puntos de encuentros últimamente han tenido que ver con hechos violentos que parecían desterrados de la vida social hace cientos de años y que marcan cierta ausencia del Estado y sus instituciones y una anomia que puede traer consecuencias impredecibles creo que la visibilizacion de la otredad debe comenzar por conocer las carencias de una sociedad, de quienes la habitan y avanzar en la dirección de su solución. Estas carencias no son solo materiales, sino también culturales, sociales, políticas y de aplicaciones de derechos, porque si bien se ha avanzado en esta materia tener estos derechos no significa tener lo sustantivo de esos derechos. Por ejemplo el derecho a la vivienda consagrado en la Constitución no garantiza per se el acceso de todxs a una vivienda digna. Y es allí donde el Estado debe aparecer para garantizar no solo la posesión de los derechos sino el acceso sin restricciones a ellos, lo cual daría una fuerte señal en sentido de cómo protege la Patria al otro.
Estas carencias sin solución, sumadas a la coyuntura económica, al descreimiento acerca de ciertas instituciones, fundamentalmente la justicia, a la discriminación de ciertos grupos minoritarios, más otros hechos que reflejan la falta de una identidad multicultural (verdadera capa para vestir la otredad) degenera en una consecuente fragmentación socio–cultural que rompe lazos sociales y provoca, de vez en cuando, sonoros hechos mediáticos como los saqueos y últimamente los linchamientos pero que en realidad se manifiesta, lejos de las cámaras y los micrófonos, en forma cotidiana y cada vez con mayor violencia en escuelas, barrios, espectáculos de todo tipo, en relaciones de pareja, familiares o laborales y en todos aquellos ámbitos sociales donde hay un “Otro’ que se menciona en abstracto y se evapora en concreto; un “Otro” cuya visibilizacion mas importante debiera ser su constitución como sujeto crítico, competente para hacer valoraciones y emitir juicios políticos. Para poder, como dice Ansaldi, ejercer la ciudadanía en cuanto espacio de identificación de los sujetos, constitución de autonomía y sentido ético; como ámbito público para el desarrollo de los movimientos y actores sociales. Hasta tanto, ese “Otro” solamente hará su aparición triunfal antes que caiga el telón del discurso presidencial y luego irá a parar a la caja negra de conceptos y palabras que no exceden lo discursivo y se quedan allí sin poder llegar a su materialización corpórea ni a lucir un rostro que nos muestre como es percibido en realidad fuera del discurso de Cristina Fernández.

Marcelo Guerrero
Cristina