MANUEL CASTELLS – ¿UNA IGLESIA FRANCISCANA?


MANUEL CASTELLS – ¿UNA IGLESIA FRANCISCANA?

“Un hospital para el alma”. Así definió el papa Francisco su proyecto de Iglesia, enlazando con la tradición franciscana a la que quiso asociarse. Una Iglesia que salga de sus burocracias y oropeles y vaya a buscar a la gente, restañe sus heridas cotidianas, aporte esperanza y sentido de vivir.

Dirigiéndose prioritariamente a los marginados y a los jóvenes incomprendidos por las instituciones, como hizo explícito en julio de 2013 en Brasil fustigando a los obispos atónitos por la llamada papal a la insubordinación de los jóvenes contra los pastores que no ejercen como tales. No fue por casualidad que escogió Brasil, el mayor país católico del mundo. En donde los católicos disminuyeron de 125 a 123 millones entre el 2000 y el 2010 mientras que los evangélicos aumentaron de 26 millones a 42 millones. Un fenómeno global, puesto que aunque los católicos representan la mitad de los cristianos, crecen por debajo de la población mundial, mientras que los evangélicos doblan la tasa de aumento. Un 50% de los católicos están en las Américas (un 23% en Europa) y es precisamente en América en donde el desafío de las Iglesias evangélicas es mayor. Los pentecostalistas están arrasando en África (sobre todo Nigeria) y en América Latina. Mientras, en Europa la práctica católica está decayendo rápidamente entre los jóvenes, que no se reconocen en el mensaje oficial de la Iglesia.

La decadencia de la Iglesia católica es un factor clave para explicar por qué un jesuita (la orden más intelectual y aristocrática), enfunda el hábito de la orden de los frailes menores para movilizar el potencial de 1.200 millones de católicos como fuerza de regeneración de la sociedad en un momento de crisis general de confianza en las instituciones políticas y religiosas tradicionales. Esa inspiración franciscana, que se extiende a los valores ecológicos, enlazando con las enseñanzas de Francisco de Asís sobre los derechos de los animales, es la última esperanza para un Papa que aspira a “la conversión del papado” para contrarrestar la descomposición moral y la crisis de influencia de la Iglesia. Pero que nadie espere un reverdecimiento de la teología de la liberación como intento de politización izquierdista de la Iglesia. Francisco es un pastor conservador, enraizado en los valores originales del catolicismo. Lo que está haciendo es reafirmar y defender dichos valores frente a su negación cotidiana por parte de sectores de la jerarquía eclesiástica. La cuestión para él no es acabar con el celibato, sino erradicar la pederastia, práctica masiva en el sacerdocio condonada por la jerarquía porque es peligroso tirar de la cuerda. No quiere permitir formalmente el matrimonio gay sino aceptar la realidad de niños que crecen en parejas gais y no por eso condenarlos al infierno. La atención a los marginados pasa ante todo por gestos simbólicos de humildad, ejemplarizados por el propio Papa, de modo a movilizar al casi millón de personas dedicadas a la Iglesia para que cada uno practique en su ámbito esa solidaridad. En las homilías que pronuncia cada mañana en la capilla de Santa Marta habla sobre todo de tolerancia con las personas y de intolerancia con un mundo injusto, con un mundo en guerra perenne, con un mundo en que 900 millones pasan hambre mientras 1.300 millones de toneladas de comida se desperdician, llevándole a denunciar nuestro modelo alimentario. Y a condenar la avaricia y el culto al dinero y al consumo. Es en realidad un viejo discurso eclesiástico pero que ahora se encarna en prácticas ejemplarizantes que intentan aleccionar a los católicos a creerse de verdad lo que predican.

Ahora bien, la batalla pendiente del Papa es la que su predecesor no pudo ganar, motivando su jubilación anticipada: la reforma política de la propia Iglesia. Porque en la raíz de la degeneración de la Iglesia está el poder omnímodo de la burocracia eclesiástica, sobre todo en el Vaticano y en la curia cardenalicia. Ahí es donde se anuda una trama de intereses financieros, políticos y religiosos que nadie ha podido deshacer. Esa es la tarea de Francisco. Y la ha acometido con extraordinario arrojo desde el principio de su papado, nombrando una comisión para la reforma de la curia, otra para el control de las finanzas vaticanas, otra para la reorganización de la banca vaticana, otra para la descentralización de la Iglesia (dando mayor poder a las conferencias episcopales) y otra para el control de la pederastia y la ayuda personal a abusados y abusadores.

Dos tareas son cruciales. Una, el desmantelamiento del lavado de dinero en la banca vaticana. Es realmente un escándalo que nunca antes de haya actuado contra lo que es conocimiento público: la conexión entre dicho banco y las redes criminales mundiales, utilizando los tradicionales contactos con la mafia y alguna logia masónica italiana. Y la segunda, es la reforma de la curia, sustrayendo poder al cardenalato italiano tradicional y obligándolo a abrirse a las nuevas generaciones de los países emergentes.

Para que no lo crucifiquen antes de que gane la batalla (atentos a los rumores sobre su pasado en Argentina) Francisco necesitará algo más que su ejemplo, su argumentación y sus signos democratizadores, tales como suprimir el título de monseñor. Necesitará la ayuda de los católicos, y sobre todo de los jóvenes organizados en las redes sociales, para vencer la resistencia feroz de los intereses creados en el aparato de la Iglesia. Incluyendo luchas no resueltas por Ratzinger como la erradicación del poder oculto de algunas congregaciones, ligadas a oligarquías económico-políticas en muchos países, tales como los Legionarios de Cristo. Mientras su profunda acción renovadora se quede en el plano del discurso las fuerzas del mal que anidan en la Iglesia serán discretas. Pero conforme avance la reforma el oleaje se embravecerá. Por eso la popularidad del papado en la sociedad es la condición para reforzar la posición del Papa en la reforma de la Iglesia. Y sólo si esa reforma tiene éxito los católicos podrán al fin creer que Dios les ha devuelto su Iglesia.

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Relacion trabajo-ocio


La vida cotidiana en una sociedad del trabajo como esta a la que pertenecemos no nos permite analizar en contexto la totalidad de los efectos y alcances del trabajo y la centralidad que este ocupa en el flujo de relaciones interpersonales dentro del cual nos movemos. Sin embargo la preocupación sobre la importancia del trabajo ha recorrido medularmente la historia de la humanidad mediante los esfuerzos intelectuales de diferentes pensadores desde la antigüedad hasta nuestros días y es en su relación con el ocio donde pondremos foco intentando descubrir qué relación hay entre aquello que Aristóteles manifiesta en referencia a que “el ocio es el fin que se pretende alcanzar mediante el trabajo”; por lo que, en la Ética a Nicómaco sostiene que “Del mismo modo que se hace la guerra para tener paz, la razón por la que se trabaja es para obtener ocio” y la opinión de Adam Smith acerca de que “el trabajo es pieza fundamental para cuantificar el valor” mientras nos expone que “el valor puede tener variaciones tanto crecientes como decrecientes, pero que el trabajo se mantendría siempre como un aporte constante y que solo el trabajo produce riquezas”. Estas y otras definiciones nos permitirán abordar una problemática que ha provocado controversias históricas y actuales sobre la preponderancia de uno y otro elemento en la relación entre estos dos ejes sobre los cuales se desarrolla nuestra vida social: el trabajo y el ocio o el ocio y el trabajo. Según la teoría marxista de la alienación, el obrero, cambia su mercancía, su trabajo, por la mercancía del capitalista, la paga. Y este además para obtener una mayor tasa de beneficios se vale de lo que Marx define como plusvalía absoluta y plusvalía relativa que consisten en aumentar la masa de plusvalor mediante el alargamiento de la jornada de trabajo o en aumentar la masa de plusvalor aumentando la fuerza productiva del trabajo. O sea, lograr que la fuerza de trabajo produzca más en el mismo tiempo o que produzca lo mismo en menor tiempo; por lo que el hombre se transforma en un ser incompleto que gasta su vida en una relación de explotación y a quien no le queda tiempo para desarrollar cuestiones vinculadas al arte, a la mejoria intelectual, o simplemente al ocio. Por otra parte Weber, con su ética positiva del trabajo reconfirió al oficio el camino a la salvación, celestial y terrena, fin mismo de vida. Así se sellaba, entonces, bajo la conducción del mundo de la mercancía y del dinero, el predominio del negocio (negar el ocio) que vino a sepultar el imperio del reposo, del descanso y la pereza. Antunes mucho más acá dice que “con la evolución humana, el trabajo se convirtió en tripaliare, origen de tripalium, instrumento de tortura, momento de castigo y sufrimiento”. En contrapunto, el ocio se convirtió en parte del camino hacia la realización humana. Por un lado, el mito prometeico del trabajo, del otro, el ocio como liberación. Por un lado el trabajo al que Locke caracteriza como “el acto mediante el cual los hombres crean la propiedad” y por el otro el ocio, aquel tiempo en el que cada cual personaliza una serie de actividades practicándolas según sus necesidades, sus deseos, sus motivaciones, sus intenciones y sus decisiones, poniendo en juego todos los recursos singulares.
Será la relación de desequilibrio o de equilibrio aparente entre estos dos factores la que trataremos de conceptualizar al tiempo que ofreceremos un recorrido histórico que nos muestre como se ha visto el trabajo históricamente y cuáles son los fines que debiéramos haber alcanzado a través de este. Si Smith, Locke o Marx hubiesen tenido razón, y sólo el bienestar económico fuera la clave, la evidencia mostraría relación positiva inequívoca entre felicidad e ingreso monetario, pero todos sabemos que no es así.
En el mundo antiguo y en el mundo griego el trabajo era una actividad considerada aborrecible y por lo tanto algo propio de las mujeres y los esclavos, de los que no tenían la categoría de ciudadanos. Aristóteles distinguía entre actividades libres y serviles y rechazaban estas últimas porque “inutilizaban al cuerpo, el alma y a la inteligencia para el uso o la práctica de la virtud”. Criticaba con energía la actividad crematística (el arte de hacerse rico) que pone todas las facultades al servicio de producir dinero. Claro esta que en aquellos tiempos el ocio era más valorado que en la actualidad y más apreciado que cualquier otro trabajo y su valor se ajustaba a personas libres y magnánimas.
En efecto-dice Aristóteles-“ambos (trabajo correcto y ocio) son necesarios, pero el ocio es preferible tanto al trabajo como a su fin, hemos de investigar a que debemos dedicar nuestro ocio…y también deben aprenderse y formar parte de la educación ciertas cosas con vista a un ocio en la diversión”
En la época medieval el trabajo en general no gano mayor aprecio, desde la perspectiva del cristianismo hay una inclinación a justificar el trabajo, pero no como algo valioso. Se incorporo en esta época la idea de esforzarse, laborar. Tanto en el mundo antiguo como en la Edad Media se ve al ser humano como un ser sociable por naturaleza y duenio de sus tiempos tnto para trabajar como para descansar
Una diferencia importante se aprecia cuando surge el capitalismo y la Revolución Industrial acompañados de la división del trabajo. En primer lugar “trabajo” aparece como una actividad abstracta, indiferenciada. No hay actividades libres y serviles, todo es trabajo.
Según Weber desde la perspectiva luterana del trabajo se juzgaba que todas las profesiones merecían la misma consideración, independientemente de su modalidad y sus efectos sociales. Lo decisivo para cada persona era el cumplimiento de sus propios deberes, esto se ajustaba a la voluntad de Dios y era la manera de agradarle.
Weber era religioso y se dio cuenta que para la Revolución Industrial se consolidara debían jugar un papel muy importante las ideas religiosas. Los católicos, hasta el siglo XVII, decían que para que Dios te perdonara tenías que rezar el máximo posible cada día y trabajar lo menos posible cada día. Por lo que las sociedades occidentales sufrieron durante 18 siglos una regresión. Decían también que la Revolución Industrial para triunfar necesitaba gente que trabaje, que esté dispuesto a trabajar el máximo de horas posibles.
En las antípodas de este pensmiento se encuentra Carlos Marx por su parte estaba de acuerdo con Weber en que el capitalismo había sido una forma superior de producir respecto de las que había habido hasta entonces, sin embargo en lo que no estaban de acuerdo era en la causa del éxito del capitalismo; Weber apuntaba que la causa del éxito del mismo era el cambio de la idealización del trabajo gracias al protestantismo; y defendia que trabajar mucho era la salvación, mientras que Marx opinaba que si ‘se produjo la revolución industrial es porque se dieron las condiciones para ello”.
Marx tenía una visión negativa a cerca de la división del trabajo, la noción del trabajo para el iba mas allá de su dimensión puramente económica. caracterizaba al hombre como un ser dotado de un “principio de movimiento”, principio que determina un impulso para la creación, para la transformación de la realidad. ‘Él hombre no es un ser pasivo sino activo y el trabajo puede ser buscado por sí mismo y gozado’.
Dada esa compresión, no es extraño que el tema central de la filosofía marxiana sea la transformación del trabajo sin sentido, enajenado, del trabajo como un mero medio, en un trabajo enriquecedor, en un trabajo libre. Critico la forma concreta de darse esta actividad en las sociedades de explotación y pidió la “Abolición del trabajo”.
Explico en sus escritos la diferencia entre trabajo libre y trabajo enajenado y su crítica a la alienación “el trabajador renuncia a su propia naturaleza en favor de la de un ser ajeno, el trabajo se objetiva en el objeto. El trabajador pierde toda autonomía personal y toda la posibilidad de encontrar satisfacción en el trabajo”

Por otra parte para Adam Smith el trabajo era la fuente de toda riqueza, tenía su base en la idea de que el trabajo incorporado al trabajo al producto constituía la fuente de propiedad y de valor. La concepción del trabajo ha venido coexistiendo con una cierta jerarquización. El pensamiento moderno mitifico la idea del trabajo, proporcionando argumentos a favor de su fundamentación.

Mientras que para John Locke el trabajo era la fuente de propiedad. Según él, “Dios ofreció el mundo a los seres humanos y cada hombre era libre de apropiarse de aquello que fuera capaz de transformar con sus manos”.
Hebert Marcuse decía que lejos de una simple actividad económica, el trabajo es “la actividad existencial del hombre, su “actividad libre y consciente”, de ninguna manera un medio solo para mantener su vida, sino para desarrollar su naturaleza universal.
En todos estos casos , excepción hecha de Marx obviamente, vemos una glorificación del trabajo como único fin en la vida del hombre pero no se encuentran referencias de ningún tipo al ocio. En ese sentido a fines del siglo XIX Paul Lafargue, opinaba que si bien “ la moral burguesa y cristiana eran culpables de haber inculcado a la sociedad el “amor al trabajo”, reconocía en las clases trabajadoras una “pasión amorosa” por el mismo: “Una pasión invade a las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista; una pasión que en la sociedad tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste humanidad. Esa pasión es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo, llevado hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de su progenitura. En vez de reaccionar contra esa aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacro santificado el trabajo. Hombres ciegos y de limitada inteligencia han querido ser más sabios que su Dios, seres débiles y detestables, han pretendido rehabilitar lo que su Dios ha maldecido”. (Lafarge 1973).
Siguiendo en la línea preponderante del trabajo sobre el ocio a fines del siglo XVX Frederick Taylor marco el inicio de una nueva etapa de la revolución industria: Reorganizo el proceso del trabajo creando el DOM (Departamento de Organización y Métodos) que se ocupaba de la concepción y el diseño del producto que se iba a fabricar. La producción quedaba de esta manera dividida en distintas etapas que conformaban una” línea de producción”. En esta organización, cada trabajador debía llevar adelante una parte de la producción, según las órdenes impartidas por los ingenieros.
Organizados de esta manera, los obreros realizaban tareas rutinarias y repetitivas, como acondicionar una placa o ajustar un tornillo que no requería mayor instrucción. Así el asalariado perdía el conocimiento del proceso de producción que había poseído hasta entonces. Esta división del trabajo posibilito un enorme salto en la productividad de las empresas, puesto que se producían en cantidades mucho mayor que cuando el trabajo era predominante artesanal.
Como los capitalistas necesitaban vender lo que producían sus fabricas, comenzaron a preocuparse, por primera vez, que sus obreros cobraban sueldos que les permitieran comprar la mercancía que producían.
Tras la Segunda Guerra Mundial, con el mundo dividido en un bloque capitalista y un bloque socialista, los países occidentales establecieron nuevas relaciones entre los trabajadores, el estado y los empresarios. Entre 1945 y 1970 hubo un periodo de extraordinario crecimiento económico. El Estado, pretendió alcanzar el pleno empleo a través de las empresas públicas y construir un fuerte “sistema de seguridad social”.
El sector privado aceptaba la política social y salarial solicitada por los sindicatos a cambio de que estos aprobaran su política de inversión. El Estado era el encargado de garantizar a los trabajadores la cobertura de sus necesidades básicas (salud, vivienda, educación, recreación) Este estado que asumió la función de garantizar las necesidades de sus habitantes es conocido como “El Estado de Bienestar”.
Si le preguntáramos a una persona que necesita para vivir probablemente una de las cosas principales que diga es que necesita Trabajo. A través del mismo las personas se relacionan con otras, producen y acceden a los bienes y servicios que necesitan para vivir. Además si el trabajo que se desarrolla es del agrado de las personas que lo ejerce, disfruta del oficio o profesión que más le agrada.
En la industria, el trabajo tiene una gran variedad de funciones:
• Producción de materias primas, (minería, agricultura, etc.).
• Producción en el sentido amplio del término o transformación de otras primas en objetos útiles para satisfacer las necesidades humanas; distribución, o transporte de los objetos de un lugar a otro.
• Las operaciones relacionadas con la gestión de la producción (la contabilidad, trabajo de oficina)
• Servicios como los que producen los médicos o los profesores.
Muchos economistas diferencian entre Trabajo Productivo y Trabajo improductivo, como el que desempeña un músico por ejemplo, es útil pero no incrementa la riqueza material de la comunidad. También el desarrollo tecnológico que hay en la actualidad va haciendo innecesaria cierta mano de obra, sin que se pueda recuperar resultando así el aumento del desempleo, unos de los problemas que enfrentan la mayoría de los integrantes de la sociedad y el mundo. La búsqueda de soluciones para el grave problema de desempleo parece ser un desafío a futuro.
La pensadora Alemana Hanna Arend, anticipándose en algunas décadas a la situación de desempleo actual expresaba así su escepticismo: “la Edad Moderna trajo consigo la glorificación teórica del trabajo, cuya consecuencia ha sido la transformación de toda la sociedad en una “Sociedad de Trabajo”. Por lo tanto, la realización del deseo, al igual que sucede en los cuentos de hadas, llega un momento en que solo puede ser contraproducente, puesto que se trata de una sociedad de trabajadores que está a punto de ser liberada de las trabas del trabajo y dicha sociedad desconoce esas otras actividades más elevadas y significativas por cuya causa merecería ganarse la libertad”.
En esta línea de pensamiento también ubicamos a De Masi (1999-2000) que cree que el trabajo humano es cada vez más innecesario, por eso esa categoría viene perdiendo el estatuto de centralidad en nuestra vida social. Esta visión genera controversia y fuertes respuestas por parte de otros sociólogos del trabajo; como Antunes (2000) quien afirma que el trabajo aun siendo alienado representa una actividad que compone la existencia humana, un ejemplo de ello es el hecho que muchas personas quedan deprimidas y pasan a manifestar problemas de salud cuando son obligadas a alejarse del trabajo, sea a causa del desempleo o incluso de la jubilación, un derecho que puede transformarse en pesadilla cuando aún no es deseado, cuando no se tiene preparación u oportunidad para vivirlo con dignidad. Las condiciónes en que se desarrolla la vida de las clases subalternas en una sociedad de trabajo parecieran ser dos: explotados o excluidos.
Analicemos ahora algunos aspectos referidos al ocio. Comúnmente se llama ocio al tiempo libre que se dedica a actividades que no son ni trabajo ni tareas domésticas esenciales, y que pueden ser recreativas. Es un tiempo recreativo que se usa a discreción. Es diferente al tiempo dedicado a actividades obligatorias como comer, dormir, hacer tareas de cierta necesidad, etc. las actividades de ocio son aquellas que hacemos en nuestro tiempo libre y no las hacemos por obligación.
La búsqueda de una vida llena de sentido también incluye el ocio, que adquiere un significado muy especial para el ser social. Así, la vida debe ser plena de sentido dentro y fuera del trabajo, y la construcción de una nueva realidad, más justa, inclusiva, digna y humanizada también se construye por medio del ocio, que adquiere papel fundamental en ese proceso. Así el ocio puede tanto expresar formas de reforzar las injusticias, alienaciones y opresiones sociales, como por el contrario representar una posibilidad de libertad y dignificación de la condición humana.
Si hablamos de la antigua Grecia podemos decir que el Ocio era mucho más valorado que el trabajo. Mientras que en la época medieval el mismo comienza a tener otras connotaciones; se justificaba el trabajo por la maldición bíblica y por la necesidad de evitar estar ocioso, no ocupar el tiempo en otras actividades. La palabra Ocio en si era sinónimo de degradación.
En la actualidad el par conceptual trabajo- ocio ha tomado un equilibrio con respectos a épocas pasadas, si bien se podría decir que la mayoría de los momentos de Ocio son regulados economicante o comercialmente por ejemplo las vacaciones, los feriados y el surgimiento de actividades para cuidar la salud o hacer actividades recreativas que deben ser pagadas ( ejemplo de estos son los gimnasios de aparatos donde además se realizan diferentes actividades gimnasticas en bases a ritmos o novedosos esquemas)
“Naturalmente, el ocio (…) es un arte. Casi todos saben trabajar. Poquísimos son los que saben quedarse sin hacer nada. Y eso es debido al hecho de que a todos nos enseñaron a trabajar, pero nadie, como ya fue dicho, nos enseñó a quedarnos sin hacer nada. Para quedar sin hacer nada son necesarios los lugares correctos. Ustedes (…) pueden crear grandes centros culturales y de “placer”, pero en ellos descansamos como si estuviéramos trabajando”. (De Masi, 2000a: 135)
De acuerdo con la visión de Domenico De Masi, el ocio “sólo adquiere algún valor en nuestra sociedad cuando se hace útil, funcional, aliviando el cansancio proporcionado por el trabajo”. Para el autor, como el ocio es un tabú en el mundo del trabajo, es necesario desplazar la atención para las ventajas económicas que el primero puede ofrecer (Gomes, 2005). Siguiendo al mismo autor vemos que la mayoría de las personas ocupa muy mal sus periodos de descanso: o se queda sin hacer nada y, consecuentemente, sufre de tedio, o se tira a un frenesí de actividades insensatas. En su opinión, las personas más adineradas son las menos preparadas, pues, como no consiguen conferir sentido a las cosas que poseen, se llenan de objetos vacíos de significado. Subraya que el verdadero lujo no es poseer joyas, yates, aviones; es aquello que es raro: silencio, espacio, privacidad, seguridad, autenticidad, belleza, autonomía. En su visión, la gran sabiduría es conseguir vivir bien el propio tiempo, sin usar la disculpa de no tener tiempo, que puede ser justificada por variados artificios.
El ocio es un fenómeno dialéctico que dialoga con el contexto y, por eso, es vulnerable y presenta ambigüedades y contradicciones. Así el ocio puede tanto expresar formas de reforzar las injusticias, alienaciones y opresiones sociales, como por el contrario representar una posibilidad de libertad y dignificación de la condición humana. Esta consideración resalta la necesidad de promover una educación crítica/creativa por y para el ocio, una vez que este representa una posibilidad de reflexionar sobre la realidad en que vivimos y así poder soñar con sociedades más incluyentes, justas, humanas y sustentables (Gomes, 2008). Por esto, el ocio no puede ser visto como un remedio para la problemática social, cuyo objetivo sea simplemente aliviar las tensiones o compensar los dilemas que marcan profundamente el mundo del trabajo.
Como bien dice Riesman (1971), el ocio no es capaz de salvar el trabajo, fracasando juntamente con él, y sólo será significativo para las personas si el trabajo lo es también. De esa forma, las cualidades planteadas en los momentos de ocio –como satisfacción, realización, reconocimiento, autonomía, libertad, creatividad y criticidad– tendrán mayores oportunidades de concretizarse en el trabajo a partir del momento en que desarrollamos la batalla en un único frente: el del “trabajo-y-ocio”. El ocio es signo de calidad de vida y bienestar. De modo directo, en cuanto satisfacción de la necesidad de ocio y, de modo indirecto, como factor corrector y de equilibrio ante otros desajustes y carencias de tipo personal o social.
Hay diferentes corrientes que hablan del ocio, pero coinciden en que:
• Tiene un fin en sí mismo.
• Posee una vida propia dentro de los valores sociales.
• Es capaz de permitir la realización del ser humano.
• Se considera una meta para la plena realización del ser humano.
Dumazedier define el Ocio como un conjunto de ocupaciones voluntarias, sea para descansar, divertirse o desarrollar su formación e información desinteresada y la participación social-voluntaria tras haberse liberado de las obligaciones profesionales, familiares y sociales. Ellos apoyan la idea de que el ocio de masas debe ser parte de una democracia cultural requiere una política integral y la educación y la información previa. En Sociología Empírica Recreación (Threshold), Joffre Dumazedier escribió que “el ocio, aunque condicionado por el consumo de masas y la estructura de clases es cada vez más el centro de desarrollo de nuevos valores, sobre todo entre los jóvenes.”
Además de ofrecer un somero recorrido histórico acerca de lo que se ha pensando sobre el trabajo, hemos ido fluctuando por entre las diferentes apreciaciones de la relación entre trabajo y ocio a lo largo de la historia además de caracterizar como se aprecia esta relación en nuestros dias. Y como desde la separación difusa que tenían en la Edad Media trabajo y ocio, con el surgimiento del capitalismo, se va a producir la construcción de una nueva sociedad basada en el culto al trabajo incluso consagrado desde el punto de vista religioso. Por lo que el ocio va a ir cediendo su espacio prácticamente hasta desaparecer vencido por la tiranía del reloj y la extracción de plusvalía. Sin embargo con el correr de los años y en búsqueda de nuevas alternativas para la sujeción de las clases dominadas y a partir del surgimiento de nuevas técnicas de regulación y eficientizacion del trabajo se va a rescatar al ocio como un valor necesario para aumentar el rendimiento laboral. La visibilización del ocio como necesariamente complementario para una mejor performance del trabajo trajo aparejado, cuando no, un beneficio para las clases dominantes que también comenzaron a incidir en la estructuración de los tiempos de ocio para transformarlos en una fuente de generación de divisas en concepto de consumo convirtiendo al ocio también en algo científico y planificado para permitir ganancias.
Encontramos en la relación trabajo-ocio a tres tipos sujetos a lo largo de la historia. El primero era aquel que combinaba sus tareas laborales con sus tiempos de ocio regulándolas desde sus necesidades. El segundo, con el surgimiento del capitalismo, debía consagrar su vida al culto del trabajo pues el ser ocioso era perjudicial para su vida. El tercero, el de la actualidad, comparte su trabajo con un ocio regulado y establecido para asegurar estándares de consumo. Por lo que los puntos de equilibrio entre el primero y el tercero están bien diferenciados desde el punto de vista de quien toma la decisión respecto del tiempo libre mientras que el segundo no tuvo prácticamente oportunidades de desarrollarse fuera del trabajo.

Teresa Linconao
Marcelo Guerrero

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