Pablo Escobar Gaviria, el Patron del Mal


Una sensación de alivio recorrió a Colombia hace veinte años, cuando el presidente de la República, César Gaviria, confirmó que el capo de capos, Pablo Escobar, había sido abatido por el Bloque de Búsqueda en un tejado de Medellín.
La caída de quien fuera la encarnación más vívida de un poderoso fenómeno sin precedente en la historia del país y con repercusión en múltiples esferas, desde la política y la economía hasta el fútbol y la arquitectura, fue para la inmensa mayoría de los colombianos el final de una pesadilla. El país respiraba, dadas las múltiples ocasiones en las que Escobar y su gente demostraron niveles sin antecedentes de sevicia y crueldad a la hora de hacerse sentir a punta de disparos y dinamita. Al mismo tiempo, su muerte puso el punto final del primer capítulo de la lucha del Estado colombiano contra el crimen organizado en torno al tráfico ilegal de drogas.
Esta es una historia de la que no se ha escrito todavía su epílogo y cuyas primeras páginas se escribieron al comenzar la década de los 80, cuando valientes colombianos como Rodrigo Lara Bonilla, Luis Carlos Galán y Guillermo Cano, entre muchos otros, le advirtieron a la sociedad sobre el grado de penetración que habían alcanzado los tentáculos de esta industria criminal en las instituciones. Denuncias que desataron la ira de Escobar y otros cabecillas, que optaron por silenciar a quienes se atrevieron a advertir de frente lo que se comentaba en voz baja.
Para entonces, el narcotráfico experimentaba un auge que se dio en forma paralela con profundas transformaciones de la sociedad. Las mismas que a juicio de no pocos analistas ayudaron a alimentar el monstruo. Estas incluyen una masiva emigración de colombianos del campo hacia las ciudades en busca, algunos, de refugio ante la violencia, mientras otros simplemente eran atraídos por las oportunidades que en los centros urbanos ofrecía una economía que se modernizaba al tiempo que en el campo comenzaba un rezago que hasta hoy se prolonga.
No menos importante fue el proceso de secularización de la sociedad, en el que la Iglesia perdió capacidad para regular la vida en comunidad, proceso que ocurrió sin que una ética pública llenara este vacío.
Pablo Escobar fue un producto de todo lo anterior. Su mente criminal fue determinante para convertir una economía ilegal de discreto calado como lo era el narcotráfico en Colombia a finales de la década de los 60, basada en la exportación de marihuana, en un emporio de tales dimensiones que hubo un momento en el que muchos temieron que terminaría por cooptar por completo a la institucionalidad. De ahí que no faltaron observadores en el exterior que, al referirse al país, hablaran de un Estado fallido. Y les daban la razón hechos como los ocurridos a finales de la década de los 80 y comienzos de la de los 90, cuando el asedio de los mafiosos a las más altas esferas de las ramas del poder era sistemático y consiguieron en más de una ocasión doblegar, con terror u oscura persuasión, la voluntad de altos dignatarios. Todo esto sumado a la feroz arremetida contra los medios de comunicación, que con coraje pusieron al descubierto el mundo de la mafia, que pagaron con sangre y secuestros el cumplir su misión.
Por ello, la importancia de la caída de Escobar. Esta victoria del Estado marcó un punto de giro en la medida en que dejó claro que, por más poderío ilegal que acumule una organización, no conseguirá derrotar al Estado. Realidad que constatarían años después los cabecillas del clan que era su más enconado rival: el cartel de Cali. Este, tal y como ha vuelto a salir a flote por el altisonante cruce de dardos de los expresidentes Pastrana y Gaviria, adoptó el mismo objetivo que Escobar en su momento y, de la misma manera, fracasó.
Pero algo aleccionador acá es que las sucesivas caídas de los capos, de Medellín y Cali, no representaron el ocaso del narcotráfico. En tanto continuó la demanda, y muchas de las condiciones objetivas que permitieron que el país se consolidara como productor y exportador de marihuana, cocaína e incluso heroína se mantuvieron, la industria simplemente mutó.
El capítulo que vino después lo comprueba. Y con el negocio se mantiene intacto el poder corrosivo sobre el tejido social que implica esta actividad. La misma moral flexible que sobresale en la vida de Escobar, a quien la CIA pone al nivel de Osama Bin Laden, precisamente porque sabe del poder destructor, paulatino, pero letal, de este comercio para una sociedad.
Que persista un nutrido mapa de economías ilegales con vasos comunicantes que las unen a gobiernos locales es prueba de que la perversa herencia del capo antioqueño no perece. Para disiparla del todo hay que apuntarles a las mencionadas condiciones objetivas de las que se alimenta. Tarea que comienza por construir una sociedad más incluyente y una democracia más robusta, por generar un cambio cultural en el que tomar atajos y buscar el dinero fácil sea objeto de sanción y no de reconocimiento social. Por último, es vital continuar por la senda ya abierta que termina en el tratamiento del consumo de drogas como un asunto de salud pública y no de política criminal.

En el año 1981 Pablo Escobar Gaviria avanzaba en el afianzamiento de un emporio criminal que tuvo como epicentro la ciudad de Medellín, donde vivía con su familia. Las primeras manifestaciones del narcotráfico se habían dado en Colombia en los años 60, con la llamada bonanza marimbera, focalizada en la costa Caribe, pero con repercusiones en todo el país y un punto importante de expendio de marihuana en Cali.
En medio de estas transacciones empezó la comercialización de pasta de coca que llegaba de Bolivia y Perú y que también tuvo buenos compradores en la capital del Valle; allí fue realmente donde empezó a forjarse el negocio clandestinamente, así como el tráfico hacia los EE. UU.; la demanda permitió consolidar las primeras rutas con personas que movían la droga por los aeropuertos, sin mayores inconvenientes.
Pero en el segundo semestre de 1981, Escobar ya tenía una relación financiera ilegal con los hermanos Jorge Luis, Juan David y Fabio Ochoa Vásquez, así como una visión global del narcotráfico que lo llevó a abrir nuevas rutas aéreas y marítimas por Centroamérica hacia las costas estadounidenses en Florida y California. Muy pronto tuvo el control del 80 por ciento de los estupefacientes que ingresaban a ese país, así como del negocio en las calles de Los Ángeles, Miami, Nueva York y Chicago.
La demanda de cocaína significó el fortalecimiento del cartel de Medellín y la pesadilla para Colombia. Con su poder corrupto, Escobar llegó al Congreso y el país empezó a conocer su barbarie el 30 de abril de 1984, con el asesinato del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Desde esa fecha no pararon los homicidios y atentados terroristas.
Pablo Escobar compró las conciencias de militares, policías, políticos, empresarios, jueces, fiscales y periodistas, pero también terminó con la vida de decenas de ellos. Sumió al país, en la década de los 80, en el caos y la barbarie.
‘El Patrón’, como lo llamaban con respeto sus subalternos, creó un modelo sicarial que hoy se mantiene, reclutando a los jóvenes de las barriadas populares de Medellín.
Pero su historia terminó a las 2:50 de la tarde del 2 de diciembre de 1993. El bloque de búsqueda de la Policía ubicó y neutralizó a Pablo Escobar Gaviria. Esta operación se convirtió en el punto de quiebre en la lucha contra el tráfico de drogas. La caída del jefe de la organización narcotraficante más tenebrosa demostró que ninguno de los capos o estructuras eran imbatibles.

En la serie de televisión titulada ‘Pablo Escobar, el patrón del mal’ se cuentan historias de narcotráfico y de magnicidios en la narcoguerra contra la extradición. Hasta donde ha llegado la crónica, hemos visto el ascenso del narcotráfico, su infiltración o conexiones en muchas esferas de la política, las Fuerzas Armadas o la guerrilla y sobre todo los magnicidios. Pablo Escobar es presentado como un frío criminal, con discursos populistas y hasta izquierdistas y pretensiones de gran jefe. La pregunta que queda en el aire es si seguirá en ese tono de crónica siciliana o incursionará en la compleja historia de violencias cruzadas que va más allá de la idea de un narcotráfico terrorista y corruptor por igual de todo lo que toca.

Ese esquema del narcotráfico contra el Estado, aliado de los terroristas, es una gran cortina que desfigura los acontecimientos históricos. El cartel de Medellín en la época de Escobar, el Clan Ochoa, Rodríguez Gacha y otros menores alcanzaron su poderío en los años ochenta, sobre todo gracias a la alianza con políticos y autoridades regionales y con mandos importantes de las fuerzas armadas. Sus centros de mando fueron las ciudades y desde allí garantizaban las rutas hacia Estados Unidos y las operaciones de lavado de activos en negocios legalizados desde poderes institucionales y redes empresariales. En la cadena de valor del narcotráfico, no dudaban en repartir cuotas que fueran necesarias para “coronar” cada etapa, incluyendo migajas a la guerrilla que primero les ofreció protección, en zonas de cultivo y tránsito, y luego los convirtió en objeto de sus cuotas o extorsiones.

La declaratoria de guerra del ‘Mariachi’ y Jacobo Arenas marcó toda la década de los ochenta. El capítulo sobre la relación cartel de Medellín-Escobar-guerrilla no se puede confundir con los que pueden tratar los entronques entre narcotráfico y guerrilla que han transcurrido en otras alianzas, territorios y economías de guerra. Esa es harina de otro costal.

Después de la destrucción de los laboratorios de Tranquilandia, en 1984, en los llanos del Yarí, ese cartel trasladó sus laboratorios centrales al Magdalena Medio y allí selló la alianza con los paramilitares, políticos, ganaderos y batallones contrainsurgentes. Con esa experiencia y la del MAS que organizó el cartel de Medellín y comandó Fidel Castaño, se inauguró el modelo del narcoparamilitarismo y la múltiple alianza para la guerra por el control de territorios. Del Magdalena Medio y sus escuelas con asesores internacionales, el modelo pasó a Urabá y Córdoba y se expandió copando alcaldías, gobernaciones, rentas estatales y, por supuesto, haciendo la guerra al ritmo de los negocios y del acaparamiento de tierras y activos. La principal violencia la desató en esas regiones la alianza narco-políticos-militares-negociantes, para controlar territorios y poderes, asesinando en sucesivas masacres y homicidios selectivos a miles de líderes y supuestos subversivos. En las ciudades, desde el Magdalena Medio y también desde Medellín, pusieron en acción los sicarios para asesinar gente de la UP, intentando mantener los nexos con los militares y políticos que estaban en su nómina, y al mismo tiempo le declararon la guerra al Nuevo Liberalismo, que con Lara Bonilla desde el Gobierno y Luis Carlos Galán en el Congreso encabezaron la denuncia a la presencia del narcotráfico en la política.

La realidad es que la guerra del Estado contra el cartel de Medellín solo se desplegó al final del gobierno de Virgilio Barco. Desde 1979, cuando se aprobó la extradición, hasta 1993, cuando cae Escobar, no hubo una línea unificada del Estado y, por el contrario, predominaron la vacilación, el desfase entre Gobierno y Fuerzas Armadas, la prioridad de la guerra antisubversiva sobre la ruptura de alianzas con las mafias. Solo la presión de la guerra mundial antidrogas, encabezada por Estados Unidos, con sus agencias en Colombia, llevó en 1989 a acciones más decididas contra los carteles, primero contra el de Medellín y después contra el de Cali. Esa presión fue decisiva en las rupturas y desencadenamiento de guerras internas.

No se le puede pedir a una telenovela, con estructura de documental, que haga historia. Pero sí advertir contra la tentación de convertir a Pablo Escobar en otro basurero de todas las atrocidades, pues se corre el peligro de lavarles la hoja de vida a muchos protagonistas del horror.
En 1992 Pablo Escobar Gaviria se entrego al gobierno colombiano. Luego de una pomposa entrega en medio da autoridades, mediadores, sus guardaespaldas y hasta su madre y esposa Pablo Escobar se despidió de todos y entró en la celda donde iba a vivir tan ocupado como siempre en sus asuntos y negocios, y además con el poder del Estado al servicio de su sosiego doméstico y su seguridad. Desde el día siguiente, sin embargo, la cárcel muy cárcel de que habían hablado antes de su entrega empezó a transformarse en una hacienda de cinco estrellas con toda clase de lujos, instalaciones de recreo y facilidades para la parranda y el delito, construidos con materiales de primera clase que eran llevados poco a poco en un doble fondo adaptado en el baúl de una camioneta de abastecimiento.
Doscientos noventa y nueve días después, enterado el gobierno del escándalo, decidió cambiar de cárcel a Escobar sin anuncio previo. Tan inverosímil como el hecho de que el gobierno hubiera necesitado un año para enterarse, fue que Escobar sobornó con un plato de comida a un sargento y a dos soldados muertos de susto, y escapó caminando con sus escoltas a través de los bosques vecinos, en las barbas de los funcionarios y de la tropa responsable de la mudanza.
Fue su sentencia de muerte. Según declaró más tarde, la acción del gobierno había sido tan extraña e intempestiva, que no pensó que en verdad fueran a transferirlo sino a matarlo o a entregárselo a los Estados Unidos. Cuando se dio cuenta de las desproporciones de su error emprendió dos campañas paralelas para que el gobierno volviera a hacerle el favor de encarcelarlo: la más grande ofensiva de terrorismo dinamitero de la historia del país y la oferta de rendición sin condiciones de ninguna clase. El gobierno no se dio nunca por enterado de sus propuestas, el país no sucumbió al terror de los coche-bombas y la ofensiva de la policía alcanzó proporciones insostenibles.
El mundo había cambiado para Escobar. Quienes hubieran podido ayudarlo de nuevo para salvar la vida no tenían ganas ni argumentos. La inmensa fortuna, calculada en tres mil millones de dólares, se fue en gran parte por los sumideros de la guerra o se desbarató en la desbandada del cartel. Su familia no encontraba un lugar en el mundo donde dormir sin pesadillas. Convertido en la más grande pieza de caza de nuestra historia, Escobar no podía permanecer más de seis horas en un mismo lugar, e iba dejando en su fuga enloquecida un reguero de muertos inocentes, y a sus propios escoltas asesinados, rendidos a la justicia o pasados a las huestes del enemigo. Sus servicios de seguridad, y aun su propio instinto casi animal de supervivencia perdieron los talentos de otros días.
El 2 de diciembre de 1993 -un día después de cumplir cuarenta y cuatro años- no resistió la tentación de hablar por teléfono con su hijo Juan Pablo, que acababa de regresar a Bogotá rechazado por Alemania, junto con su madre y su hermana menor. Juan Pablo, ya más alerta que él, le advirtió a los dos minutos que no siguiera hablando porque la policía iba a localizar el origen de la llamada. Escobar -cuya devoción familiar era proverbial- no le hizo caso. Ya en ese momento los servicios de rastreo habían logrado establecer el sitio exacto del barrio Los Olivos de Medellín, donde estaba hablando. A las tres y cuarto de la tarde, un grupo especial nada ostensible de veintitrés policías vestidos de civil acordonaron el sector, se tomaron la casa y estaban forzando la puerta del segundo piso. Escobar lo sintió.
«Te dejo -le dijo a su hijo en el teléfono- porque aquí está pasando algo raro.» Fueron sus últimas palabras.

Fuentes: Archivo diario El Tiempo Colombia y libro “Noticia de un secuestro” Gabriel Garcia Marquez

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