Todos somos París?


La falsa ilusión de nuestra pertenencia al  Primer Mundo, la globalización, la hegemonía de los medios dependientes del Poder transnacional, la proliferación de las redes sociales y la necesidad de pertenencia al gran palacio mundial operan para que nuestra sociedad se sienta más impactada y con un mayor luto cuando sucede un terrible atentado como el ocurrido este viernes en Francia que con las muertes que suceden sin ninguna explicación cada día, también por cientos, en nuestro país.

En las últimas 24 horas he visto, leído y escuchado condolencias, pedidos de oración por Francia, banderas y dibujos tricolores, frases en francés, sanatas condenatorias al mundo árabe, símbolos de la paz con la torre Eiffel en medio y un sinfín de alegorías a lo tristemente sucedido en el corazón de Europa.

Me impacta el hecho de que no se observen las mismas manifestaciones, o al menos en magnitudes similares, con lo que sucede aquí con las víctimas de la inseguridad social. Cientos también mueren cada día debido a violencia de género, abortos clandestinos, gatillo fácil, narcotráfico, redes de trata, violencia étnica, disputas basadas en lo territorial,  intoxicaciones por labores de extractivismo y cientos de forma con las cuales el Poder segrega su población atentando cada día con todos sus elementos tomando como blanco preferido a  las mujeres y los jóvenes

La brutalidad de los atentados y la instantaneidad de la noticia nos sacan de foco y no nos permiten ver el antes, el durante y el después de la barbarie parisina. El “antes” implicaría conocer las atrocidades cometidas por los detentores del Orden Mundial, con EEUU a la cabeza y Francia como furgón de cola, en el Mundo Islámico fundamentalmente en Siria e Irak donde miles han muerto para que Occidente siga haciendo negocios con la guerra y el petróleo. El “durante” implicaría saber que los atentados estaban anunciados en los últimos días por distintos medios y a pesar de ello no se tomaron las medidas necesarias. Por qué? Porque atentados y muertos en terreno propio permiten justificar las agresiones en terreno contrario. Y el “después” implica un plan reaccionario del gobierno francés fronteras adentro contra inmigrantes, obreros, estudiantes y todo aquel que resulte sospechoso (el Estado de Excepción se lo permite) y fronteras afuera una intensificación de sus tareas bélicas en Oriente.

Nada justifica el terror, la muerte de inocentes,  las calamidades que deben pasar  los habitantes de un país por las pujas económicas entre Occidente y Oriente (tanto los habitantes franceses  como los sirios y los iraquíes están en las mismas). Tampoco debemos confundir quienes son víctimas y quienes victimarios, quienes tienen culpas y quiénes no. El Poder es el victimario sea Oriental u Occidental, las victimas siempre vienen del pueblo;  son la carne de cañón necesaria para justificar aventuras bélicas que redundan en ganancias para los poderosos de siempre.

Duele Francia porque lo televisan pero más duele porque es su propio Estado con sus políticas desacertadas el autor intelectual de los atentados. Duelen todos esos muertos pero aquí cerca, a unas pocas cuadras, también por las políticas desacertadas de nuestro Estado otros están muriendo en múltiples atentados diarios, individuales, no televisivos, anónimos pero con la muerte y la injusticia tan real como del otro lado de la tele.

Una ola reaccionaria nos envuelve cada día y en nuestro país parece que va a crecer desproporcionadamente en el futuro cercano. El Poder seguirá cobrando víctimas en múltiples formas para satisfacer sus ansias de mejores y mayores ganancias mientras por televisión nos muestran que el enemigo siempre es el otro.

Marcelo Guerrero Roman

marce_lamarque@hotmail.com

 

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UNA PROMESA CON BOCA


Una promesa con Boca

Por Ariel Scher

TEVEZ

Lo mejor del amor es amar y lo peor son las promesas.

No se entusiasmen. No vayan a creer que semejante idea salió de alguno de nosotros. Ni cerca. Nosotros, en una buena tarde (y buenas tardes no son todas las tardes), a lo sumo acertábamos en darnos cuenta de si un pibe era número 4 o número 8 o si, en los viernes de lluvia, a los córners desde la esquina izquierda convenía patearlos con la pierna derecha. Y con eso nos considerábamos semigenios.

No, la idea era del Bochi, justamente el mejor número 4 que tuvimos, gracias a que le avisamos que ni intentara ser número 8. Y se le ocurrió porque se enamoró.

Se enamoró de una dama, de una hermosa dama, hincha de Boca y de los libros. De Boca y de los libros, pero no del Bochi, que se enamoró de ella y no de Boca. El Bochi, igual que nosotros, vibraba por otro equipo que no era Boca, pero ese dato ya no importa.

Lo que importa es lo que prometió.

Le prometió a ella, a ella que no era hincha de él, que le iba a entregar un poquito de literatura de Boca cada uno de los días que siguieran. Literatura de Boca día por día hasta un día. Hasta el día en que ella se volviera hincha de él.

El Bochi no estaba seguro de si la promesa la había copiado de la canción de Alberto Cortez que anuncia lo de “te llevaré una rosa cada día” o le había quedado guardada entre las lágrimas que soltó al ver Cinema Paradiso, película entre las películas, en especial en la secuencia en la que Totó, uno de los protagonistas, se enamora y, por amor, promete erigirse un montón de noches consecutivas, haya tormenta o no haya nada, a los pies de la ventana de la muchacha que le fracturó el corazón a la espera de ser correspondido. El Bochi lagrimeó más o menos la misma cantidad de llantos que al ver Cinema Paradiso cuando se apareció delante de su dama y le adjudicó, no así nomás sino recubierto en papel de regalo, este párrafo que el maestro Ricardo Piglia tipeó para Página/12: “Empecé a ir a la cancha en 1954 (ese año con mi padre seguimos toda la campaña de Boca Juniors, donde jugaba de enganche –o número 10– el uruguayo Roselló y en el medio de la cancha –con el número 5– el gran Eliseo Mouriño)”.

Y, a partir de Piglia, no paró.

En el atardecer posterior, consiguió otro papel de regalo, se esmeró en darle un uso prolijo y metió adentro, preciosura, el verso ese que hace más bonitas a las bellezas de Horacio Salas en Memoria del tiempo: “Con paciencia repito al acostarme/ la delantera de Boca en el cincuenta”. Y, como las promesas de amor y la impaciencia suelen acompañarse, agrandó el regalo -sí, sí, ese mismo día- y añadió la poesía siempre abierta al lunfardo de Jorge Melazza Muttoni en su “Boca Juniors”: “Un frío de miseria/ se le colaba entre los lompas/ y le llegaba casi hasta la sangre/ de Boca Juniors”.

Lo mejor del amor es amar y lo peor son las promesas. En la tercera de sus jornadas de promesa, de Boca y de literatura, nos musitó el Bochi esa frase: lo mejor del amor es amar y lo peor son las promesas. Lo comprendíamos con las arterias tan lastimadas como Totó en Cinema Paradiso o como el Bochi durante cada hora en la que escarbaba papeles a la caza de referencias de Boca: ella le agradecía presente tras presente, le reiteraba que Boca es extraordinario y que la literatura por supuesto también, pero no por eso le retribuía ni un residuo de amor.

Probó con Arnoldo Liberman, escritor de aquellos. Fue con otro envoltorio elegantísimo y con un texto en el que Liberman se dirigía a Julio Cortázar: “Yo, querido Julio, argentino cien por cien, intelectual pequeño burgués, judío entrerriano y culto, psicoanalista heterodoxo y melómano insaciable, admirador de Mariano Moreno y del general Justo José de Urquiza, hincha de Boca y del polaco Goyeneche”. Y, como si una maravilla no bastara, veinticuatro horas después escaló en su apuesta literaria-boquense, con Cortázar de nuevo, pero ya no como destinatario de las confesiones de otro narrador sino como narrador, él mismo, de Boca. Un volumen completo de la novela Los premios migró hacia los brazos de la dama con un subrayado finísimo en la oración en la que el Pelusa argüía “las razones por las cuales Boca Juniors tenía que hacer capote en el campeonato”.

Ella extendió los brazos para cautivarse con Cortázar. Y con Liberman. Y con unas líneas de Horacio Pagani (conmovedor para los tímpanos con su “empezó a tronar el festejo único en esa caja de resonancia inigualable que es la Bombonera”). Y con otras de Juan José Panno (en particular, esas de Diccionario Fóbal Club, en las que para definir “túnel” entrecruza a Sabato con el caño de Juan Román Riquelme a Mario Yepes). Y, ya que rememoramos a ese caño, con El caño más bello del mundo, más que un ensayo de Diego Tomasi para poner a un jugador y a Boca en palabras notables. Y con el libro Desde el alma, de Marina Zucchi, azul y amarilllo en cada coma. Y nada. Esos brazos se poblaron de más literatura y de más Boca, pero no florecieron para enredarse con el cuerpo y con la pasión persistente y frustrada del Bochi.

“Deporte típico: football. Balompié es peor. Boca Juniors”, incluyó Abelardo Castillo en su cuento “Crónica de un iniciado”, y el Bochi se lo ofrendó un lunes. “El Pepe y Susini retomaron la conversación, algo sobre el clásico Boca-Huracán, que yo no había visto y entonces no podía opinar”, contextualizó Bernardo Kordon, en uno de sus relatos de Los navegantes, y el Bochi se lo cedió embelesado un martes. “Y jugamos contra la Tercera de River, de Boca, y ya ahí se sabe que el que tiene gamba tiene gamba”, retrató Manuel Puig en La traición de Rita Hayworth, y el Bochi lo dejó empaquetado como una gloria en la puerta de la casa de ella un miércoles. “El que te explica por qué perdió Boca/ o por qué River no emboca”, rimó Rodolfo Taboada en “Si mi taxi hablara” y el Bochi se lo recitó como si tuviera el paladar de Pavarotti un jueves. “Dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor”, entonó Julio Musimessi, arquero de Boca, arquero chamamecero, arquero cantor, y el Bochi contrató un grupo de intérpretes litoraleños para que lo afinaran de frente a esa misma casa un viernes de lluvia mientras nosotros meditábamos sobre cómo patear los córners -claro, los viernes de lluvia- desde la esquina izquierda.

Ella, un primor, vestidita de Boca, más poética que todas las poesías que encontraba el Bochi en las bibliotecas de cualquier parte, aceptó tributo más tributo y ni amagó con dibujar una sonrisa, con desenfundar una caricia o con parpadear con seducción como para que el Bochi se convenciera de que, de mínima, estaba menos lejos del amor que al comenzar con la promesa. De los únicos amagues en torno de los que charlaban eran los primeros de Maradona, con la 10 de Boca, en la ruta que terminó con la vuelta olímpica de 1981.

Lo mejor del amor es amar y lo peor son los promesas, pero, como consuelo, podemos aseverar que gracias a la persistencia del Bochi en transitar arriba de la cornisa de su promesa nos enteramos de que hasta Roberto Arlt había aludido a Boca. Lo cristalizó en el diario El Mundo del 22 de febrero de 1938, en una nota enfocada en el tobogán existencial del boxeador italiano Primo Carnera, sobre quien apuntó: “Lo veremos repartiendo apretones de manos a los futbolistas de Boca y de River”. Deslumbrado, desbordado, desmedido, descocado, el Bochi invirtió todos sus ahorros y una porción de los nuestros para adquirir el único ejemplar de esa edición que pervivía en Buenos Aires y lo depositó, enmarcado, en las muñecas de su dama soñada. “¡Arlt!”, exclamó ella, con una energía idéntica a la de los suspiros de Ingrid Bergman frente a Humphrey Bogart en “Casablanca” (casi tan fabulosa como “Cinema Paradiso”, de acuerdo con los ranking filmográficos del Bochi) o con un eco similar al que se lanza -en las películas o fuera de ellas- cuando se pronuncia “te quiero” o “besame”. Sin embargo, ella ni quiso nada ni besó nada. Apenas repitió esas cuatro letras sobre las que se puede sostener el edificio de la literatura argentina: ¡Arlt!. Y las pegó a sus otras cuatro letras dilectas: Boca.

Una vez Martín Caparrós bordó Boquita, la más bostera de las sagas de Boca: el Bochi resaltó con un lápiz todas las presencias de la palabra Boca en ese libro y se las exhibió a ella. Una vez Rodolfo Braceli concibió “Señor Labruna”, magistral cuento, y situó allí a Ángel Labruna, bandera de River, en espléndidos diálogos con el docente boquense Estupor Corcuera: el Bochi contrató a dos afamados actores y les pidió que encarnaran, ante las pestañas de ella, los intercambios de ambos personajes. Una vez Ernesto Sabato le explicó a un vecino de su Santos Lugares -bueno, eso le mintieron al Bochi- por qué hay continuidad entre las citas a Boca de Sobre héroes y tumbas y las citas a Boca de Abbadón el exterminador: el Bochi localizó a un presunto sobrino nieto de ese vecino y lo sentó a reproducir las citas delante de ella. Una vez Sergio Olguín insertó en Filo, una de sus novelas, a un personaje que domina de memoria múltiples formaciones de Boca: el Bochi, desde luego, amplió en letras gigantes ese fragmento y formuló un llamamiento para que simpatizantes de diversas décadas desagregaran, apellido por apellido y ante los oídos de ella, las más honorables formaciones de Boca.

Imposible desconocerlo: una larga tentación humana procura asociar al amor con las noticias dulces o con la fe en que habrá noticias dulces. Por ejemplo, nosotros, futboleros en cada poro, hubiéramos sido capaces de soportar que nos confundimos en algún verano entre la condición de número 4 o de número 8 de un joven con voluntad de fútbol. En cambio, prepararnos para resistir el divorcio entre las noticias dulces y el amor constituía una exigencia inalcanzable. Jodida cuestión el amor: el Bochi nos hablaba del suyo (y de libros y de Boca), pero jamás, a pesar de sus esfuerzos, traía un éxito o una aproximación al éxito.

Malherido, el Bochi procedió con tradición argentina: como los malheridos de tantas épocas, recurrió al tango. No para rendirse y sí para procurar variantes. Dos por cuatro, amor: eso conjeturó. Un amanecer portó los compases de “Muchachos, yo soy de Boca”, de Felipe Berra y Reinaldo Yiso. Un mediodía bailó en soledad, como evidenciando que le faltaba su dama, los acordes de “Boca Juniors Club”, joya de 1916 que parió José Quevedo y grabó la orquesta de Roberto Firpo. Y en un atardecer de desesperaciones descerrajó una colección de tangos lindos hasta arribar a los que el paso del Diego por la Bombonera inspiró a tantos compositores. Un viento movió las persianas del hogar de ella cuando dos bandoneonistas amigos del Bochi eslabonaron las notas de “El mago”, de Quito Figueroa y Marcelo Boccanera, pero detrás de esa esperanza no aconteció nada diferente a una desesperanza más. Los dos bandoneonistas se mantuvieron en sus lugares ensanchando su instrumento para que sonara “Todos los días”, de Virgilio Expósito, pero ni siquiera el fraseo con “algún día si Boca ganó bien/ si River tuvo mala suerte” auxilió al Bochi a que lo suyo quebrara la frontera del territorio de las promesas.

Lindo libro Con el corazón en la Boca, pleno de cuentos xeneizes, con escritores como Juan Becerra o como Martín Kohan, entrenadísimos en poner su devoción de Boca en muchas páginas. Once ejemplares, uno por cuento, compró el Bochi para ella. Y ni así. Ni así ni con “La música de los domingos”, de Liliana Heker, tan entrañable en el instante en el que evoca: “Ni hablar de cuando jugaba Boca: se zampaba la camiseta azul y oro y ni el tío Antonito, que es fanático de River, podía decir —valga la contradicción— esta boca es mía”.Y ni tampoco con una de la suma de maravillas del gran Antonio Dal Masetto: “-Cuando mi padrino se puso mal lo fui a ver a la clínica, no reconocía a nadie, le tomé la mano y me quedé un rato sentado al lado de la cama, le hablé al oído: ‘Padrino, ayer le ganamos a Ferro y el domingo nos toca con Boca, ya estamos a un punto del primero'”.

Lo percibimos sufrir, lo miramos encanecer, lo extrañamos porque respiraba cada aire sólo en función de su promesa. Y no lo vimos renunciar. Con “El partido”, de Eduardo Averbuj, que se acaba con “un dale Boca tan intenso como ningún oído hubiese escuchado jamás”, evaluó que proponía algo más incitante que un boleto para dar la vuelta al mundo. Con “Ángel Clemente Rojas”, de Alfredo Carlino, que pinta a ese crack al que “en cada movimiento le aparece un bailarín fatal que lo clava en el armado de la estética dominguera”, estimó que eso hasta sobrepasaba el valor de ver a Rojitas. Con “Unos días de desconcierto”, ese cuento en el que Bernardo Verbitsky describe “La calle estaba desierta y Santiago se sentó en el umbral. Boca había perdido. Eso no lo esperaba. También Ricardo era de Boca”, ni dudó de que halagaba a su destinataria con algo más elocuente que un anillo de boda. Y con “Retrato de un amor infinito”, de Osvaldo Wehbe, sintió todo lo que es posible sentir cuando se traen y se llevan invocaciones así: “Miramos la fiesta desde la ventana y no vamos a entrar, todos estos años son suyos, de Boca y usted. Por eso se mueve el salón, por eso tiemblan las montañas y las sierras, hace olas altas el mar. El grito es ‘sí, sí señores…’”.

Más que promesa, se trataba de una cárcel. Ella no sólo no le retornaba un sí: tampoco le confirmaba un no.
Uno de nosotros, resquebrajado a causa de la obstinación del Bochi, hasta revisó antiguas guías telefónicas para detectar el número del Yaya Yotivenko, el querible y asombroso protagonista de “El caso Yotivenko”, cuento de Juan Sasturain. Nadie como Yotivenko: un ruso de fugaz y curiosa experiencia con la camiseta de Boca que se recicló como director técnico de clubes del ascenso. Coincidimos en que Yotivenko, apto para lidiar con amores complejos, con espías de la KGB y con dirigentes de fútbol, podía guarecer la fórmula secreta para que el Bochi venciera en su pedregoso camino hacia el amor. Nos cansamos de buscar en esas guías telefónicas e, inclusive, en archivos tirados a la basura por la propia KGB, pero no hallamos a Yotivenko durante el mes entero en el que el Bochi, sin transgredir el hábito de envolver lecturas cumbres en papel de regalo, trasladó los segmentos más de Boca de ese relato mágico rumbo a los confines donde ella vivía sin hacerse hincha de él.

No descarten a Yotivenko. O a un número 4 flamante que forjó sus ilusiones de marcador de punta tratando de imitar al Bochi. O a Cortázar, o a Rojitas, o a Riquelme, o a Liberman, o a un tango, o a Musimessi. O a mil más: porque, por fin, un día llegó el día.

Es cierto que el amor pertenece a la intimidad y que la intimidad no debe ser contada. Pero un episodio como este habilitaría una excepción. De modo que si no contamos no es por pudor sino por otra razón más indiscutible: no sabemos cómo fue. Sólo nos percatamos de que, desde un domingo al que, por error, intuimos calcado de los demás domingos, el Bochi ya no acudió a compartir sus penas, sus indagaciones sobre Boca y sus descubrimientos literarios. Y el número 8 de un equipo rival nos avisó, como se avisan las minucias, que lo había visto, en el anochecer y de lejos, marchando de la mano de una dama. De ella.

El amor siempre es muchas cosas y, entre esas cosas, siempre es un misterio: lo único que logramos verificar fue que el desenlace de la historia se produjo durante las fiestas generadas por una nueva consagración de Boca, bajo el liderazgo de Carlos Tevez.

Llamamos al Bochi. Llamamos con la misma testarudez desde la que lo habíamos respaldado día por día y sufrimiento por sufrimiento hasta recalar en ese día. Nos contestó, compañero al cabo, no con la voz pero sí con una esquela. Venía en papel de regalo y desgranaba: “Así, de Boca en boca/ lo inconsolable tiene/ consuelo de domingo por la siesta:/ léxico libre, loco levantado, potrerío de fiesta”. Era un pedacito del poema “Boca Juniors”, de Mario Jorge de Lellis.

Desde entonces, nosotros lo sustituimos con un número 4 que, nunca más adecuado el término, representaba toda una promesa. Porque el Bochi no vino más a jugar.

Como todos los de Boca, con un título en el alma y con ella como hincha, seguro que ahora andaba en lo mejor del amor.