La utopia y yo


A veces me peleo con la Utopía que vive en mi hogar. Es cuando pierdo la fe y le achaco su inocencia. Le corro las cortinas para que vea, la invito a dar una vuelta y ver a los explotados, a los menesterosos, al medio ambiente. Nos pongo a los dos frente a un espejo. Ella vieja, arrugada y cuadripléjica; yo casi todo el tiempo, ciego, sordo y mudo. Ella no se queda atrás y me dice que lo mío no es ceguera sino falta de enfoque, que no soy sordo si no que tengo mucha cera por no cuidar la limpieza de mis orejas y que no soy mudo sino que no me doy cuenta que puedo abrir la boca para otras cosas que no sean comer. A mi me da rabia y me burlo de su invalidez. Ella se va a un rincón oscuro y abandonado y balbucea acerca de sus luchas se vanagloria de estar postrada antes de muerta. Me dice furiosa que los cancerberos que quebraron su columna vertebral no pudieron cortarle la cabeza ni desmembrarla y que aun conserva la belleza que deslumbro juglares y poetas. Se arrima en su destartalada silla de ruedas de madera y con un trapo azul me estruja los ojos, con su mano industriosa me acaricia los labios y me los besa. Tiene razón, sus labios no tienen el pétreo frio de la muerte, son cálidos, con suave olor a duraznos que invitan a enamorarse, a  amarla, a tenerla en el mejor lugar del corazón y la casa. Con mis oídos no hay caso. Solo escuchan un zumbido uniforme y no distinguen de música, de llantos y clamores, de aullidos nocturnos o trinos al amanecer.

Nos abrazamos y lloramos juntos, maldigo mi falta de valentía para pasar más tiempo fuera de estas cuatro paredes pero me digo que si comprendo mi ignorancia, acepto mis errores y mensuro mi miedo ya he dado un paso adelante para derrotarlos a los tres juntos. Miro por la ventana, la Utopía también. Entre las lágrimas y el trapo azul veo un poco mejor, borroso pero veo algo. Distingo formas, veo palos, y algo que puede ser niebla o quizás humo; veo bultos que corren a un lado y otro y otros bultos que no les dejan estarse quietos. “Salgamos” me dice la Utopía. “Yo conozco el camino” agrega. Me aterro, me entumezco, silabeo. Es ahora nunca. Debo ir  ver quiénes son esos bultos, porque los corren y ver en que puedo ayudar. Abro la puerta y salgo al tanteo, la Utopía sopla con todas sus fuerzas y la bruma se hace nube y corre a tapar el sol. Doy un paso, dos, cien; una mano negra casi carbonizada se extiende hacia mí, la tomo, otra pequeña y escuálida, como de niño me roza: también la tomo. Luego una de anciano, una sudorosa, una con callos, una con harina, una con olor a mierda, una hinchada, una esponjosa, una parkinsoniana, una artesana, una con cuerdas de violín. La Utopía nos sigue a toda la velocidad que le permiten sus ruedas de madera casi cuadradas, ora se pone delante ora detrás, pero no nos abandona. Al llegar a un cruce de caminos, los cercos de las propiedades vecinas se desarman y los palos nos pegan en la espalda y los alambres cortajean nuestras muñecas buscando las venas de sangre negra. Retrocedemos, primero en desorden, luego nos volvemos a agrupar. Retrocedemos pero para tomar impulso. La Utopía lucha contra una mujer esbelta de ropajes negros que blande una guadaña. Corremos a ayudarla. Se suman más manos, algunos ojos, tres orejas y unas pocas bocas. Resistimos. Resistiremos. Los bultos nos lanzan piedras y fuego de un dragón alquilado. Yo tengo más miedo que nunca y entonces tomo con fuerza la mano que me toma y que toma la otra, y la otra y la otra en un Padrenuestro silencioso. Usamos las piedras para construir barricadas y el fuego para cocinar nuestra magra comida. Con los palos hacemos arcos de flechas y de futbol. Alguien habla, alguien escucha, alguien escribe y otros nos hacen entender al resto. Algunos mueren, no hay edad para eso; otros se aman y procrean y tampoco se dejan llevar por la edad ni por el sexo. Busco a tientas la Utopía y la encuentro sudorosa pero feliz, le paso el trapo azul por la frente y le lamo las heridas y los jirones. Le hago el amor, la siento en mi falda, se duerme en mi regazo pero solo cierra un ojo. Miro el campo y la visibilidad sigue siendo reducida. Pero distingo entre el humo y las brumas, entre los limites y las fronteras y si presto atención se quien grita y quien aúlla, quien abre la boca para besar y quien para morder.

 

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