Un nuevo sujeto historico


Hoy día, el sujeto social se amplifica. El capitalismo realiza un nuevo salto. Las nuevas tecnologías extienden la base material de su reproducción: la informática y la comunicación, que le dan una dimensión realmente global. El capital necesita una acumulación acelerada para poder responder al tamaño de las inversiones en tecnologías cada vez más sofisticadas, a fin de cubrir los gastos de una concentración creciente y enfrentar las exigencias del capital financiero, que después de la flotación del dólar en 1971 se transformó masivamente en capital especulativo.
Por estas razones, el conjunto de los actores del sistema capitalista combatieron tanto el keynesianismo y sus pactos sociales entre capital,
trabajo y Estado, el desarrollo nacional del Sur (el modelo de Bandung,
según Samir Amin), el desarrollismo cepalino (en América Latina) y los
regímenes socialistas. Empezó la fase neoliberal del desarrollo del capitalismo, llamada también el Consenso de Washington. Esta estrategia se tradujo en una doble ofensiva contra el trabajo (disminución del salario real, desregulación, deslocalización) y contra el Estado (privatizaciones).
Hoy asistimos también a una búsqueda de nuevas fronteras para la acumulación, frente a las crisis tanto del capital productivo como del capital
financiero: la agricultura campesina tiene que convertirse en una agricultura productivista capitalista, los servicios públicos deben pasar al sector
privado y la biodiversidad debe dar origen a nuevas fuentes de energía y
de materia prima.
El resultado es que ahora todos los grupos humanos, sin excepción,
están sometidos a la ley del valor: no solamente la clase obrera asalariada
(subsunción real), sino también los pueblos autóctonos, las mujeres, los
sectores informales, los pequeños campesinos; bajo otros mecanismos,
financieros (precio de las materias primas o de los productos agrícolas,
servicio de la deuda externa, paraísos fiscales, etc.) o jurídicos (las normas del FMI, del Banco Mundial de la OMC), lo que significa una subsunción formal.
Otro resultado es el hecho de que el carácter destructor del capitalismo (según la expresión de Schumpeter) supera su carácter creador (de bienes y servicios). Más que nunca, el capitalismo destruye, como lo notaba hace casi más de un siglo y medio Carlos Marx, las dos fuentes de su riqueza: la naturaleza y el ser humano. En verdad, hoy la destrucción ambiental afecta a todos y la ley del valor incluye a todos. La mercantilización domina casi la totalidad de las relaciones sociales, en campos cada vez más numerosos como el de la salud, la educación, la cultura, el deporte o la religión.
Además, la lógica capitalista tiene su institucionalidad. No olvidemos
primero que se trata de una lógica y no de un complot de algunos actores económicos (bastaría en ese caso con reformarlos y corregir abusos y excesos). Recuerdo un empresario de Santo Domingo, testigo de Jehová,
que decía a propósito de sus obreros, que amaba con profundo sentimiento cristiano: “llamo a mis trabajadores magos, porque no sé cómo
pueden vivir con el salario que les doy”. El cambio exige una acción
estructural, globalizada, de actores determinados con agendas precisas.
El capitalismo globalizado tiene sus instituciones (la OMC, el Banco
Mundial, el FMI, los bancos regionales) y también sus aparatos ideológicos (medios de comunicación social cada vez más concentrados en pocas manos). Finalmente, goza del poder de un imperio: los Estados Unidos.
El dólar de este país es la moneda internacional. Los Estados Unidos tienen el derecho único al veto en el Banco Mundial y en el FMI, y un veto compartido en el Consejo de Seguridad. Este país conserva casi un monopolio en el campo militar, con dominio sobre la OTAN, y la capacidad de declarar guerras preventivas. No duda en intervenir militarmente en Iraq o Afganistán para controlar las fuentes de energía. Sus bases militares se extienden por todo el mundo y el gobierno se atribuye la misión de reprimir los actos de resistencia en el mundo entero, sin dudar en utilizar la tortura y el terrorismo. Sin embargo, el Imperio tiene sus debilidades. La naturaleza cobra venganza, la oposición antimperialista es hoy mundial. Otras señales de debilidad permiten a Imanuel Wallenstein pensar en lo que él llama “el largo siglo XX”, dominado por el capitalismo, que podría encontrar su fin en la mitad del presente siglo.
Por todas estas razones, el nuevo sujeto histórico abarca al conjunto
de los grupos sociales sometidos, tanto los realmente sometidos (representados por los llamados “antiguos movimientos sociales”) como los
formalmente sometidos (“nuevos movimientos sociales”).
El nuevo sujeto histórico a construir ha de ser popular y plural, es decir, constituido por una multiplicidad de actores y no por la “multitud” de la que hablan Hardt y Negri. Dicho concepto es vago y peligroso en tanto resulta desmovilizador. La clase obrera mantendrá un papel importante, pero compartido. Este sujeto será democrático, no solamente a causa de su meta, sino por el proceso mismo de su construcción. Será multipolar en los varios continentes y en las diversas regiones del mundo. Se tratará de un sujeto en el sentido pleno de la palabra, incluyendo la subjetividad redescubierta, abarcando a todos los seres humanos, erigiendo a la humanidad como sujeto real, como se observa en el libro El sujeto y la ley, de Franz Hinkelammert, laureado con el Premio Libertador. El nuevo sujeto histórico debe ser capaz de actuar sobre la realidad, a la vez múltiple y global, con el sentido de urgencia que precisan el genocidio y el ecocidio contemporáneo.

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