Tenemos un arquero que es una maravilla


Martin Haroldo se ve más flaco y más petiso que nunca bajo los tres palos. Pero sus músculos y sus tendones nudosos se oyen borboritar debajo de la camiseta amarilla y el pantalón corto blanco. A solo doce pasos de el una mole de piel cetrina con los brazos en jarra, lo espera, a punto de ajusticiarlo de tiro penal por un delito que cometió otro pero el como arquero debe pagar.

A simple vista es un mano a mano con el negro Constante, la mole en cuestión, numero 10 de Darwin con antecedentes de haber jugado a otro nivel; pero en verdad ninguno puede abstraerse del marco porque detrás del arco,  uno de esos que tenían los postes cuadrados, pisando firme el tercer o cuarto hilo del alambrado campero que bordea del campo de juego o aferrados, como a una novia reciente y deseada, a los postes que mantienen los 5 hilos del tendido, se escucha el ronroneo de leona en celo de unas trescientas personas que se apretujan como esperando un maná que no termina de llegar.

Es que el hecho, la infracción a cobrar, puede convertir a la fecha en epifanía, en efeméride o en réquiem para un arquero en este día donde el Atlético Lamarque, cuya valla defiende Martin Haroldo, puede coronarse por primera vez en toda su vida institucional  como campeón dela Ligade fútbol Avellaneda, en el Valle Medio de Río Negro y el puente que los separa de ese paraíso terrenal se recorre en tan solo 4 minutos que quedan de tiempo reglamentario para que el partido finalice, y aunque el resultado parcial sea de uno a cero, golazo del mas chico de los Sempé,  y aunque enfrente este el poderoso equipo multicampeón  darwinense , que con el empate retiene el titulo, el sueño es mas largo y mas ancho que el río que corre a mil metros de la polvorienta cancha.

Pero también y hay que ser sinceros en esto, hay que reparar en la endeble situación, mas allá del penal, en la que se encuentra el arquero, ante los ojos de su propio equipo de la hinchada y de todo el pueblo que ya no soporta las locuras del guardametas, que le han ido podando puntos al equipo que en este final apretadísimo se sienten y mucho.

Martín Haroldo, mientras camina como una fiera enjaulada de un palo al otro, ora mirando la pelota ora mirando el piso, medita un instante sobre esta encrucijada a todo  o nada, que será de su suerte;  el día lunes ¿estará en su casa bajo el verde frescor que le regalan los aromos del patio o esperara con tenacidad de detective bien pago , que su padre, el turco Elías Haroldo se duerma en la impávida siesta lamarqueña para poder manotearle unos pesos de la caja registradora del almacén de ramos generales?

Si sucede la segunda opción ira a jugar al billar con sus compañeros de equipo e invitara la copa, se comprara una cajetilla de Commander y quizas pueda ir al cine al salón del Bar-Tito. Parece mentira pero sus pensamientos no tienen nada que ver ni con el penal ni con el titulo ni con el enorme Negro Constante. Piensa también que quizas mañana le toque manejar el viejo y lustroso Ford T para llevar a alguna de sus 5 hermanas hasta el cementerio para llevarle unas flores a la “mama”  que se marcho para siempre unos diez años atrás, pero que vuelve todas las noches hasta su cama para recordarle que era su todo; ay si pudiera con alguna de sus voladas circenses llegar hasta donde ella…

Martin Haroldo carraspea y se suena la nariz con tres dedos en un gesto que ya es como su marca registrada, vuelve al domingo que puede ser de fiesta, trata de intuir algo en la mirada algo extraviada y torva del negro Constante, algo que delate hacia donde va disparar el cañón de su pierna derecha, ese arma letal que paseo por Lanús e Independiente de Avellaneda en primera división y con el que ahora esta a tiro de darle el empate a Darwin  y con ello el quinto titulo consecutivo

Que vivos, todos los domingos en el tren que llega desde Bahía Blanca a las 9 de la mañana, con el Rulo Carrera de maquinista,  que además juega de back central y juega fantástico el Rulo, se vienen jugadores dela Ligadel Sur, porque allá algunos partidos se juegan los sábados, y cada nene ¡mama mía!, Uriarte, Paz, De Pietri, Victorica y que se  yo cuantos mas, que se suman a algunos muchachos del pueblo que juegan bien y el negro Constante que patea como una mula aunque ahora tenga 35 años, quince mas que cuando hacia diabluras en el rojo de Avellaneda.

Martin Haroldo le dice al árbitro que la pelota esta muy cerca, quiere ganar un poco de tiempo, como si fuera un condenado a muerte. El es así, le gusta estirar las cosas, hacerse rogar. Que por una puta vez todos los ojos y la atención se posen sobre el.

Como la ultima vez que fuimos a jugar  a Beltrán contra Rivadavia y tuvimos que pasar a buscarlo por su casa en el camión de don Atilio, que era el transporte oficial del equipo, cuerpo técnico e hinchada, porque el no se apareció por el club. Si hasta tuvimos que cantarle eso de “tenemos un arquero que es una maravilla, se ataja los penales sentado en una silla” mientras el botaba una pequeña pelota de goma contra la pared del galponcito ubicado en el patio de su casa, haciendo mil cabriolas para evitar q la pelota pasara entre los dos aromos grandes del patio que hacían las veces de improvisado arco.

Martin Haroldo discute con el arbitro porque este se niega a contar los pasos de nuevo. Según el arquero se comió dos pasos. El negro Constante se ríe con una carcajada franca: “estas nervioso pibe” le dice. Pero en realidad el “loco” Haroldo como lo conocen todos, esta siempre nervioso; todo en el es puro nervio. Su manera de andar chaplinesca, aunque en cámara súper ligera, el eterno cigarrillo del lado derecho de la boca, siempre apagado, que el va mordiendo de a poco, el castañeteo de dientes que lo acompaña desde que supo que la “mama” se moría y unas cuantas morisquetas y posturas de mimo sin maquillaje. Aparte de que por las noches no duerme bien, o lo que es peor: ni siquiera duerme. Se lo pasa en vela, como un fantasma silencioso que teme asustar a alguien. Mi viejo lo sabe muy bien porque, a veces, para tenerlo seguro en el equipo del domingo, los sábados se lo lleva a escuchar por radio las peleas del Luna y después se queda en casa; y el “loco” lo despierta en la madrugada “chueco, haceme un tilo que no puedo dormir” le dice.

Martin Haroldo vuelve caminando despacio hacia el arco mira el cielo y para sus adentros eleva una plegaria “ mama sáqueme de acá”; es que la terrible responsabilidad que esta por asumir le quema las sienes, el no esta acostumbrado a asumir ninguna responsabilidad, no quiere estar ahí, de hecho hoy no iba a venir a jugar el partido pero Julio, su cuñado, lo paso a buscar y a punta de pistola lo subió en su auto nuevo y se lo trajo para la cancha, mas allá de que el “loco” vive a una cuadra y media, don Julio quería cerciorarse de que llegara porque el año pasado y en las mismas circunstancias se escondió tan bien que nadie pudo hallarlo, ni siquiera su hermana Inés que le conoce todos los escondites y allá en Darwin tuvo que atajar un muchacho que había ido con la hinchada y se comió cinco.

Martin Haroldo esta otra vez en el arco. Vuelve a limpiarse la nariz con tres dedos de la mano derecha y le da unos golpecitos con el taco a uno de los postes cuadrados; el Negro Constante, ansioso, le hace gestos ampulosos al árbitro para que apure la ejecución. Los hinchas locales se enojan por los gestos del Negro pero nadie se atreve a gritarle nada. Una vez no hace mucho, en la cancha de Sportsman  de Choele Choel , la única con alambrado olímpico un tipo de entre el publico le grito “ quebrá la cintura  chancha negra” y Constante salio como una fiera, trepo por el alambrado y cayo en medio de la hinchada de Sportsman y cuando identifico al que le grito, bah en realidad todos se corrieron y lo dejaron solo, le dio una trompada terrible que le costo tres dientes al fulano mientras le espetaba “  a mi nadie me dice chancha”, volvió a la cancha como si nada hubiese pasado y hasta creo que metió un gol. Desde entonces nadie le grita nada.

Martin Haroldo se agazapa y repiquetea suavemente en el lugar. Ahora ya van 3 minutos desde que “Maíto” Guerrero bajo en forma desesperada a De Pietri dentro del área para evitar que el rubio definiera con su habitual y exquisita calidad. El arbitro ni lo dudo y cobró la pena máxima. Son tres minutos nada más pero para la hinchada ha pasado mucho mas, casi los 49 años que tiene de vida el club fundado en octubre de 1918. Grandes jugadores de la zona se pusieron la camiseta azul y roja a rayas, los Varela, “Facho” López, Héctor Sánchez, los Saldaño, “Tico” Cornejo, Lucas Martínez… todos de primerísimo nivel pero que no pudieron darle un campeonato al pueblito, ese ansiado titulo que es como una mujer requerida por todos que pasa por la vereda de enfrente y que coquetea con todos pero nunca satisface a ninguno y encima ahora cuando faltaban solo cuatro minutos para el definitivo encuentro con esos labios esquivos nos vienen a cobrar un penal y todos pasamos a depender del arquero piantado.

Martin Haroldo escucha el silbatazo del árbitro Medina en un estado de trance, en una somnolencia tal que le cala los huesos y los transforma en un espectro diurno secándose al sol. Ve llegar hasta la pelota como en sueños al Negro Constante, escucha el trote pesado de animal veterano, ve la mirada, ahora brillante, golosa, clavada en la pelota, ve la pierna derecha que se encoje hacia atrás preparando el furibundo remate, se coloca en puntas de pie y espera con todos los sentidos alertas, con la nariz dilatada por los nervios y la mente en blanco para no recordar que el Negro le pateo tres penales, todos a diferentes ángulos y le embocó los tres. Es que la estadística no ayuda muchos a los arqueros pero el no lo sabe; ataja por intuición pero jamás mira a otros arqueros ni escucha las charlas del técnico o de los jugadores con mas experiencia,  solo se dedica a evitar que la pelota pase debajo de la portería como cuando evita que la pelota de goma viboree entre en medio de los aromos del patio de la casa paterna.

Llega el disparo; Martin Haroldo adivina la intención del pateador y se arroja elásticamente hacia su derecha y atrapa el balón, que pretendía meterse contra el palo derecho, rodando como un trompo. El orgasmo es generalizado, nos abrazamos todos con todos, gritamos sin emitir palabra, no importa que se haya cortado el tercer hilo del alambrado y algunos hayan caído dentro de la cancha y otros se hayan lastimado las piernas, muchos lloran, otros se besan, beben, escupen, sonríen, todo al mismo tiempo y en un solo segundo que pasa entre la jugada y la reacción son dos grandes noticias el “loco “ le atajo un penal al Negro Constante y Lamarque esta a punto de salir campeón. Es carnaval, son mesas largas de bebidas y comidas que se preparan, es una caravana larga por todo el pueblo que esta por arrancar. Todo en un abrir y cerrar de ojos, pero…

Martin Haroldo nunca dejara de tener el mote de loco mientras viva. Desde que se escapaba del aula en primero inferior y se subía a lo mas alto de la planta de moras del patio dela Escuela25; la cantidad de anécdotas sobre sus locuras se multiplican hasta el infinito, algunas casi increíbles, otras graciosas, algunas patéticas, pero esta que acaba de cometer es la peor de todas porque involucra a todo un pueblo. Tras detener el penal vuelve al centro del arco, mira al Negro Constante que aun permanece estupefacto otra vez con las manos en jarra en el punto penal, paralizado igual que el resto de los jugadores de ambos bandos como no pudiendo creer lo que ha pasado, cuando de repente escucha la voz casi histérica del arquero lamarqueño que le grita “pateá de nuevo chancha” al mismo tiempo que le arroja la pelota a ras del piso.

Creímos que el mundo se acababa, algunos se desmayaron, otros comenzaron a insultar, algunos quisieron entrar a la cancha, don Julio se toco la cintura para asegurarse que el 38 este en el lugar, muchos creyeron que era broma, ningún jugador atino a nada, ni local ni visitante tampoco el arbitro. Encapsulados en una burbuja gigante el arquero trastornado y el delantero experto, nuestra versión de David y Goliat, con la pelota de tiento avanzando de a diez centímetros por hora. El Negro despierta, parece volver en si, da dos pasos y alcanza la pelota, el loco Haroldo ahora esta de pie, inerme, a punto de ser fusilados por delante y por detrás. Por el  eximio pateador rival y por la hinchada azulgrana. Ya se encuentran delantero y balón, nada se sabe de la mente del Negro en esa mezcla de rabia por el insulto y de oportunidad de resarcirse del penal atajado. Patea mucho mas violentamente esta vez, casi sin mirar, sin poner el cuidado de otras veces obnubilado por una mezcla de sensaciones encontradas, pero esta vez toma la pelota demasiado abajo y aunque esta tan solo a ocho metros de la valla, saca un bombazo que pasa a casi un metro del arco cruza todo el Boulevard Sarmiento y cae en la vereda del bar de doña Pepa que ya tiene algunas mesas ocupadas con parroquianos habituales.

Ahora si el festejo desenfrenado se desata en una orgía de brazos entrelazados, caras de carnaval, alaridos de viejo malón quizas de aquel Namuncurá que vivio por estos pagos. El Negro Constante esta de rodillas, con las manos en la cabeza, sosteniéndola para que no se caiga en la polvorienta cancha, balbucea tímidamente “el pibe me dijo chancha, el pibe me dijo chancha” Carrera y Uriarte tratan de sacarlo de ahí pero no pueden, tampoco el arbitro, que quiere terminar el partido lo antes posible, ni los hermanos Álvarez, delanteros del equipo local que lo conocen de los bailes y las carreras de caballos. Fuera de la cancha ya destapan botellas de vino, de cerveza, que tenían envueltas en arpillera, dentro de un tanque de200 litrosen el camión de don Atilio y hasta alguna que otra caña de durazno.

Martin Haroldo tiene un Commander en la boca, apagado, y se pasea nervioso por el área chica. Ni si quiera sabe lo que hizo ni por que lo hizo ni lo que ha terminado significando. Su cabeza vuela, su mente ya salio de la cancha, paso por su casa, le robó unos pesos a su padre y le compro todas las flores a doña Elena , ahí cerca de su casa frente a la plaza Santa Genoveva y ahora va siempre flotando en busca de su madre, para soltárselas de a una y una lagrima.

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