Muchos callaron cuando yo fui detenido


Vaya con la diferencia yo preso ellos sometidos; asi continua la letra de Horacio Guarany. Pasaron 63 años y el cantor no se calla aunque lo hayan detenido, prohibido, exilado. Sesenta y tres, apenitas, desde que Horacio Guarany llegó a Buenos Aires para empezar a foguearse en las inferiores urbanas del canto popular hasta debutar profesionalmente, encarando “El Mensú” una noche de 1957, en Radio Belgrano. Y 86, yendo a más en la vida, desde que Eraclio Catalín Rodríguez Cereijo –tal su nombre real– naciera en Las Garzas, un pueblito del noroeste santafesino, fruto de un hachero correntino de sangre indígena y una española oriunda de León. Ochenta discos, varios éxitos y miles de recitales también pasaron, pero el cantor no calla su canto, incluso ni el calor impide que lo demuestre (este sábado y el próximo) como parte de los festejos del décimo aniversario del Teatro ND Ateneo (Paraguay 918). Pero tampoco callan sus palabras. Dispuesto y verborrágico, desde su casa de Luján, hablará sin filtro de Menem, Los Beatles, las mujeres, el comunismo, el dinero, el rock y el folklore de hoy, Cristina, la edad, el colonialismo cultural y, claro, el vino. “Yo amo el vino, pero bien, porque el que se mama no sabe beber”, sorprende, y se guarda el tema para después. Antes dirá cosas sobre su persistencia en el escenario y sobre las razones que lo llevaron a aceptar la serie de cuatro recitales que culmina el 3 de marzo. “La verdad es que estoy un poco alejado, trabajo menos porque los años así lo aconsejan, pero como me siento físicamente bien y la voz está mejor que antes, bueno, de vez en cuando me animo”, sostiene.

–¿Cómo se sigue cantando a los 86 años? ¿Hay alguna fórmula?

–Es que tengo los años que me exige el escenario, y entonces tengo 20 (risas), porque el escenario transforma. Me acuerdo de cuando armamos la compañía con Marianito Mores para una temporada en el teatro Colón de Mar del Plata, y llevamos a Tita Merello… Ella llegaba al camarín agobiada por la edad, parecía que jamás iba a poder cantar y, sin embargo, cuando la llevaban a escena, era una piba de 20 que hacía temblar al público. El escenario es como un altar en el que el hombre convierte todo lo que tiene dentro de sí y deja ir las cosas negativas.

Es la primera presentación de este viejo referente del canto popular en Buenos Aires, luego de aquella supuesta despedida de octubre de 2009 en el Luna Park. Tal vez intuyendo que ésta sea la verdadera, Guarany estructuró la secuencia de recitales en cuatro capítulos para tratar de abarcar –en clave de síntesis– lo más intenso de su producción: el primero, con buena recepción de público, transcurrió bajo el título “Aquellos primeros años”, el segundo tuvo como eje el viajero “Por Argentina y por el mundo”, el de este sábado será “La lucha, el exilio y la paz”, y el final para “Si se calla el cantor”. “Le hemos dado cuatro perspectivas distintas para tratar de abarcar lo más que se pueda, con repertorios diferentes, composiciones de distintas épocas y cosas que me fueron pasando durante esta larga vida”, resume Guarany, con cierta dificultad en la respiración, pero impecable de físico y espíritu. “Lo quiero hacer y lo tengo que hacer porque la vocación de cantar, de contar, por más que uno quiera descansar, o dejarla por un tiempo, no puede… El corazón no entiende esas cosas y quiere cantar, quiere salir, y necesita estar con la gente y, bueno, elegimos el ND Ateneo, que es pequeño pero serio, para cantar otra vez en Buenos Aires.”

–¿Razones? ¿Sólo los diez años del teatro?

–Sí, y otras que son lógicas porque antes, como convocaba mucha gente, yo hacía el Luna Park, el Gran Rex o el Opera en sus tiempos buenos, pero ahora, como soy consciente de que la convocatoria no es la misma, porque es lógico que la cantidad de gente disminuya después de tantos años de escenario, me veo obligado a elegir lugares más chicos.

–¿Se sentía en deuda con el público de Buenos Aires, luego de aquella “despedida” en el Luna?

–No sé. Sólo digo que no quiero ser ingrato con el público que me ha llevado a ser lo que soy. Y soy una persona favorecida, porque hace 63 años vivo del cariño y el amor de la gente. Entonces, no puedo dejar de cantarle a la gente de Buenos Aires, a la que hacía ratos que no le cantaba. Es un placer.

–Descartado que exista una necesidad económica, se intuye…

–Sí, porque la plata para mí sirve nada más que para los gastos. Nunca acumulé plata ni me interesa, porque el dinero es la perdición del hombre. El dinero, como está establecido en la vida, valorizado por un metal estúpido como el oro, no tiene importancia. Para mí, la riqueza está adentro del hombre, no en el tonto que acumula y acumula en los bancos. Millones y millones que solamente traen preocupaciones y hacen que el hombre solamente compre y no gane nada. El dinero es la negación del hombre.

–El vino es más importante, entonces. “Si el vino viene, viene la vida/ vengo a tu viña, tierra querida./ Quisiera dejar mis huesos/ bajo cielo mendocino/ que mi sangre y mis cenizas/ vuelvan camino del vino”, empieza cantando en “Volver en vino”, toda una canción de amor…

–Y canto, todavía… No hay canción mía que no hable del vino. Amo el vino, pero no pa’chupar y mamarse como un estúpido: ésos no saben beber ni gozar del vino. El vino es sangre de la tierra y el hombre, cuando lo toma, se siente más amigo de las ganas de cantar, amar y vivir. Cada bebida tiene su tiempo: el cognac es para los solitarios, el whisky es pa’los borrachos de las tabernas, el anís para los pusilánimes y el vino es la bebida de los amigos para reunirse, comer, cantar. Pero no el vino de la borrachera, de los mostradores. Esa es pobre gente que busca refugio a sus problemas afirmada a un mostrador y tomando vino irrespetuosamente.

–¿Se le falta el respeto si se lo toma en cantidad?

–Al vino hay que tomarlo con respeto, con amor, porque es la sangre de Cristo.

–Vamos… ¿va a decir que nunca se mamó usted?

–Pocas veces. Cuando era muchacho y salíamos con los Cantores del Alba, Los Fronterizos, Los Quilla Huasi, el Chúcaro o Froilán González, más de una vez uno se pasaba de la medida. Pero nunca tuvieron que llevarme… Me manejaba mejor en pedo que fresco (risas). Ahora, desde hace muchos años, solamente bebo calidad. Uno, con los años, va adquiriendo cultura alcohólica y se da cuenta de que el vino es una bebida generosa que pare la tierra para que el hombre sea feliz, no para que se destruya. Hoy tomo un vaso, un vaso y medio en la mesa, y si vienen amigos, veinte o cuarenta, porque a eso vienen, a cantar, a chupar, a comer. Insisto: soy un bebedor no de cantidad sino de calidad, el mejor vino que tomo es del Valle de Uco, de Mendoza…. Es un vino que no toma nadie, pero que a mí me gusta, porque el vino es como la mujer, el mejor es el que a vos te gusta, no el que dicen que es bueno. Y la mujer más linda y buena es la que te gusta, no Brigitte Bardot.

–¿Qué hay de cierto de aquel cumpleaños que festejó en su casa poniendo vino en el tanque de agua para que saliera por las canillas?

–No era un cumpleaños y fue en la casa de al lado, cuando vivía en Villa Urquiza. Era una casa muy vieja y barata, en Manuel Ugarte y Naón, y la compré. La iban a tirar abajo y Froilán González me dijo: “No la tiremos, vamos a arreglarla”. La arreglamos y ahí nos juntábamos a comer asado con Fangio, Tito Lectoure, Edmundo Rivero, El Chúcaro, Graciela Borges, Tejada Gómez, que incluso se casó ahí, Los Chalchaleros… Era como un club cultural, donde pasábamos noches inolvidables y se chupaba bien, decentemente, porque el que se mama, como dije, no sabe beber… Es como el estúpido que cree que tiene diez minas y es muy macho, pero en realidad no tiene ninguna.

–¿Qué opina del estado del folklore, hoy?

–Desgraciadamente lo han disminuido los auspiciantes que manejan la música bajo el mandato de los yanquis y los ingleses, que disponen qué se debe escuchar en todos nuestros países latinoamericanos, que son como colonias culturales norteamericanas. Porque económicamente los estamos frenando un poco y ya no pueden hacer lo que quieren, pero en la cultura y en las costumbres, ellos, con los grandes sponsors, difunden e imponen qué se debe cantar y qué se debe bailar, y de esa manera le imponen un complejo de inferioridad a nuestra música… Entonces los muchachos creen que cantar folklore es de mediocre y, en cambio, hacen la música de ellos, porque ellos los convencen a través de músicos que imponen como ídolos.

–Sin embargo, hay una nueva camada de folkloristas jóvenes que le están dando nuevos aires al género.

–Porque al folklore no lo van a poder parar nunca. La música nace con el hombre o se impone por temporadas, como cuando los yanquis impusieron el twist, después la conga y después el rock and roll, pero el folklore nunca va a morir, porque su música nace con el hombre. A ver, ¿por qué el correntino sólo hace chamamé; el salteño, baguala; el tucumano, zamba; el porteño, tango; el santiagueño, chacarera; los italianos, tarantela y los españoles, jota? Porque la música nace con el hombre, como el idioma, hasta que, como en todas las cosas, se impone el maldito dinero y va destruyendo la cultura de los pueblos hasta convertirlos en este caos miserable en que está el mundo.

–¿Rechaza la música inglesa, entonces? ¿Rechaza a Los Beatles?

–No, para nada. Me encantan Los Beatles, si no sería un tonto. ¿A quién no le va a gustar “Imagine” o “Yesterday”? También escucho a Whitney Houston, Barbra Streisand o Frank Sinatra, pero una cosa es que me gusten y otra que los jóvenes nuestros escuchen sólo eso, y se olviden de que aquí hay una música tan buena como ésa. Lo demostró Piazzolla con el tango, ¿no?

–Es una mirada política, en el fondo. A propósito, ¿dónde está parado hoy en estos términos?

–Fui peronista hasta que cayó Perón, después me hice comunista, y ahora no soy ninguna de las dos cosas… Trato de apoyar lo que me parece que está bien y combatir lo que está mal. ¿Por qué? Porque las ideologías murieron, no hay más ideología en el mundo: hay intereses. Casi todos los partidos políticos, con hermosas excepciones, se basan en el interés personal. Antes, el que era radical moría radical y el que era peronista moría peronista, ahora es un entrevero tremendo (risas). Y tampoco hay elecciones democráticas, porque las gana el que tiene más plata para la campaña.

–¿Se arrepintió de haber apoyado a Carlos Menem en su momento?

–Me arrepiento de que haya periodistas tan pelotudos que en vez de hacer periodismo difaman gente. Y eso hicieron conmigo. Nunca fui menemista. Soy amigo de Menem, como lo soy de Alfonsín, de Duhalde o de Pierri. Soy amigo de Menem por las farras que hacíamos juntos, pero menemista no… ¡Menemista, las pelotas! Después me enteré de que Menem era liberal y yo soy comunista, mirá vos (risas). Me gustaría que salga esto, porque hay gente que todavía está enojada porque cree que apoyé a Menem.

–Bueno, apareció en un acto político suyo, en el Luna Park.

–Lo voy a aclarar: una vez Menem nos citó a todos los folkloristas al Hotel Continental para anunciar la creación del Ballet Folklórico Nacional y otras medidas. Estábamos Ariel Ramírez, Menem y yo en la cabecera. Fue un acto hermoso y, cuando nos despedimos, Pierri, que es amigo mío, me dijo: “Che, mañana la seguimos en el Luna Park”. Creí que era el mismo acto, fui y, cuando me vio, me anunció y me subieron arriba del escenario ¡y yo no sabía qué carajo hacía ahí! Le decía al gobernador de Salta “¿qué mierda es esto?” Y todo el mundo pensaba que había subido para apoyar a Menem… No me jodan.

–¿Qué opina de Cristina y su gobierno?

–Cristina es hermosa.

–¿A eso se refería con lo de “hermosas excepciones”?

–No. Me refiero a que hay que saber para opinar de política, porque cualquier chanta de la calle dice “Fulano es bueno, fulano es malo”. Pero, ¿qué carajo sabés vos de las medidas que toma el Gobierno? No se puede opinar sobre la acción de un gobierno que tiene que manejar a cuarenta millones de locos como nosotros, con miles de problemas, arrastrando años de dictadura y de ladrones. No opino porque respeto a la gente que fue elegida por el pueblo, y hay que dejarla para ver lo que hace… Lo que sí puedo decir es que Cristina está muy bien.

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