Capitalismo Latinoamericano


“No. No aceptes lo habitual como cosa natural. Porque en tiempos de desorden, de confusión organizada, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural. Nada debe parecer imposible de cambiar”. Bertolt Brecht

Más de diez años han transcurrido desde que este libro viera originariamente
la luz, en los inicios de la década de los noventa. Desde entonces, muchas cosas han cambiado en América Latina y, como sabemos, no todas para bien. Es por eso que la preocupación central de esta obra, el examen de las posibilidades y límites de un capitalismo democrático en los países de la periferia, conserva una angustiante actualidad. Algunas de las anticipaciones teóricas que allí se formulaban pueden ahora ex a m i n a r s e con la rigurosidad que permite la inve s t i gación de la historia contemporánea.
Desafortunadamente, las tesis principales del libro, que en su momento fueran
c a l i ficadas por sus críticos como expresiones anacrónicas de un sesentismo
mal digerido, o como la inadmisible supervivencia de viejos dogmas o concepciones sectarias, fueron rotundamente confirmadas por el devenir de los hechos históricos.
Repasemos sucintamente algunas de las principales conclusiones expuestas
en la primera edición de nuestro libro:
– la lucha por la democracia en América Latina, es decir, la conquista de la
igualdad, la libertad y la participación ciudadana, es insostenible al margen
de una lucha contra el despotismo del capital. Más democracia implica, necesariamente, menos capitalismo (Capítulo 2).
– el neoliberalismo remata en una concepción y una práctica profundamente
autoritaria en la gestión de la cosa pública. Por eso el dilema neoliberal
no es entre estado y mercado, sino entre democracia y mercado. Y sus
representantes no vacilan en sacrificar la primera en aras del seg u n d o
(Capítulo 3).
– el predominio de facto de los intereses de las clases dominantes, derrotadas
en la arena electoral pero triunfantes en las “alturas” del aparato estatal, ha
quebrado las expectativas de justicia que grandes sectores sociales habían
depositado en el naciente orden democrático. Las ominosas secuelas de esto
no tardarán en hacerse sentir (Capítulo 4).
– los agentes sociales de la democracia no pueden aspirar a “democratizar el
mercado”. En ese reino privilegiado de los intereses privados no caben los
argumentos de la justicia distributiva (Capítulo 5).
– el capitalismo latinoamericano es tan reaccionario que aún las más tímidas
reformas son percibidas como instancias catalizadoras de la revolución y, en
cuanto tales, combatidas con ferocidad por las clases dominantes (Capítulo 5).
– el discurso del “realismo posibilista” es incapaz de transformar la realidad
y termina glorificando el status quo, consolidando las inequidades e injusticias
estructurales de la sociedad y frustrando las expectativas populares en
relación con la recuperación de la democracia (Capítulo 5).
– las políticas neoliberales provocan el progresivo vaciamiento de los nuevos
regímenes democráticos. Estos se convierten en una pura forma, y la vida
social regresa al paroxismo de una situación “cuasi-hobbesiana” de lucha de
todos contra todos, de “sálvese quien pueda”, que abre las puertas a toda
clase de comportamientos aberrantes (Capítulo 7).
– el marxismo no es una colección de dogmas fosilizados y canonizados, cuyo
“ éxito” teórico y práctico se encuentra garantizado de antemano. Sin la praxis
c r e a t iva de los hombres y las mujeres que son los hacedores reales de la historia, la noble utopía diseñada por Marx puede frustrarse, y lo que hoy conocemos como “civilización” replegarse a la más oscura barbarie (Capítulo 8).
Lamentablemente, el inapelable veredicto de la historia ha corroborado los
pronósticos que formuláramos hace ya más de una década en torno al curso del desarrollo capitalista en nuestra región. No se trataba de un pesimismo visceral ni del perverso deseo de que las cosas “salieran mal” en el nuevo ciclo histórico que se iniciaba en América Latina con el advenimiento de las democracias. Dichas previsiones se fundaban en un análisis concreto de la naturaleza y dinámica de los capitalismos latinoamericanos que no permitía compartir las ilusorias predicciones formuladas desde el saber convencional de las ciencias sociales sobre el futuro de las nuevas democracias y el tipo de sociedad resultante de los procesos de reestructuración capitalista en marcha. Tal como lo hemos repetido en numerosas oportunidades, ese debate ha quedado saldado, no como producto de una polémica escolástica sino como resultado de la vida práctica de nuestros pueblos.
En efecto, ya no quedan dudas sobre el significado y objetivo de las políticas neoliberales; tampoco en lo tocante a las limitaciones de la democratización iniciada bajo tantas esperanzas en los años ochenta. Los mitos que ocultaban las verdaderas intenciones de dichas políticas se evaporaron en el horno incandescente de la práctica histórica.
Lo que antes eran previsiones teóricas y posiciones fuertemente combatidas
por los representantes del pensamiento único dan ahora paso al penoso recuento del saqueo, al luctuosoinventario de las víctimas que han quedado en el camino, al desalentador balance del despojo de nuestras riquezas y el robo de nuestros sueños. El pseudo-“reformismo” del Consenso de Washington quedó al desnudo, y cuando se disiparon los humos de la batalla y las ilusiones fomentadas por la propaganda difundida por las grandes agencias de indoctrinamiento ideológico del capital lo que apareció ante nuestros ojos fue un paisaje aterrador: un continente devastado por la pobreza, la indigencia y la exclusión social; un medioambiente agredido y en gran parte destruido, sacrificado en el altar de las ganancias de las grandes empresas; una
sociedad desgarrada y en acelerado proceso de descomposición; una economía cada vez más dependiente, vulnerable, extranjerizada; una democracia política reducida a poco más que un periódico simulacro electoral, pero en donde el mandato del pueblo (palabra que, dicho sea al pasar, fue desterrada del lenguaje público y reemplazada por otras más anodinas, “la gente”, por ejemplo, o más engañosas, como la “sociedad c ivil” o la “ciudadanía”), para no hablar de sus esperanzas y ex p e c t a t ivas, son sistemáticamente desoídos por las sucesivas autoridades que se constituyen después de los comicios; y por último, en un listado que no pretende ser ex h a u s t ivo, un estado en algunos casos acribillado por la corrupción y casi siempre penosamente impotente para lidiar con los desafíos de nuestro tiempo y para poner coto a la vocación antropo fágica de los monopolios, el gran capital imperialista y sus aliados.
Atrás quedaron las ilusiones prolijamente cultivadas por los aparatos ideológicos del capital: tal como era de esperar, el famoso “efecto derrame” (trickledown) que según la teoría neoliberal descargaría pródigamente sobre los hogares de los más pobres parte de la riqueza acumulada por los más ricos no se produjo.
En su lugar hemos visto el fenomenal aumento en la concentración de la riqueza, que hizo que nuestros ricos se enriquecieran cada día más mientras abajo crecía aceleradamente el número de pobres e indigentes que se sumían en una deprivación sin precedentes en nuestra historia. La apertura comercial, que supuestamente sería correspondida por una movida equivalente practicada por los países capitalistas desarrollados, terminó siendo un gesto autista, con catastróficas consecuencias en los niveles de empleo de nuestras sociedades. Las privatizaciones consagraron el saqueo legal del patrimonio público y su traspaso a grandes monopolios –¡en muchos casos empresas estatales de las metrópolis imperialistas!– que de ese modo se quedaron, a precio vil, con empresas y recursos que los países
habían acumulado a lo largo de varias generaciones. Por último, la desregulación financiera, exaltada por el catecismo neoliberal como segura fuente de ingreso de capitales para nuestra región, convirtió a la mayor parte de las economías de América Latina y el Caribe en sucursales de ese gigantesco casino mundial que según Susan Strange es el sistema financiero internacional.
No sorprende pues constatar la creciente desestabilización social de nuestros
países y los preocupantes signos que hablan de la debilidad de sus reconquistadas democracias. Este es un dato que suelen pasar por alto quienes se conforman con una mirada sobre las apariencias y los aspectos más superficiales de la realidad. Lo cierto, en cambio, es que más allá de los formalismos las democracias latinoamericanas se han ido vaciando de contenidos. Por eso no suscitan ni esperanzas ni ex p e c t a t ivas, y sus promesas han caído en el vacío. No por casualidad las dive r s a s
encuestas de opinión que se practican en la región registran el alto grado de frustración de los ciudadanos con los desempeños de los gobiernos democráticos. El escepticismo, la apatía y la indiferencia ante los dispositivos institucionales de la democracia crecieron sin pausa en los últimos años. De persistir este desencanto será apenas cuestión de tiempo antes de que el mismo se extienda desde los gobiernos que se supone deben encarnar las aspiraciones de la democracia al régimen democrático en sí mismo. Este contagio será inevitable en la medida en que los gobiernos, con apenas ligeras diferencias entre ellos, se desentendieron de la suerte de los ciudadanos y concentraron sus esfuerzos en complacer las demandas de las minorías y de una rapaz plutocracia que se presenta como la concreción histórica
de las conquistas democráticas y las virtudes del libre mercado.
La expresión política de esta insatisfacción ciudadana ha sido muy variada: va
desde la insurgencia zapatista de Chiapas hasta las formidables movilizaciones del 19 y 20 de diciembre de 2001 en la A rgentina que derrocaron al gobierno de Fernando de la Rua. Otros hitos en este sendero fueron las insurrecciones indígenas y campesinas del Ecuador; la protesta urbana en el Perú que precipitó primero la caída de Alberto Fujimori y que tiene ahora en jaque al gobierno de A l e j a n d r o Toledo, bendecido desde sus inicios por George W. Bush en persona; las luchas de los trabajadores de la salud en El Salvador; la nueva insurgencia popular boliviana, vinculada a la lucha por el agua, la defensa de los cultivos autóctonos y contra las políticas de ajuste; la aplastante derrota sufrida por el candidato del continuismo neoliberal en Brasil, José Serra, a manos de Luis Inacio “Lula” da Silva; el ascenso y consolidación de Hugo Chávez en la presidencia de Venezuela, resistiendo a pie firme la conspiración urdida, con el beneplácito de la Casa Blanca, por los sectores más reaccionarios y corruptos de la sociedad venezolana; la conformación
de un impresionante movimiento de protesta en el México de Fox, “El
Campo No Aguanta Más”, en contra de las políticas neoliberales incitas en el
NA F TA; y, finalmente, el masivo repudio que concitara en las elecciones presidenciales de la A rgentina, en abril de 2003, la tentativa de retorno de quien fuera el paradigma de las políticas neoliberales en la región, Carlos Saúl Menem.

Para una lectura en profundidad en las páginas que siguen procuraremos aportar una visión de conjunto.

Boron, Atilio. Estado, capitalismo y democracia en America Latina. Coleccion Secretaria Ejecutiva,
Clacso, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Agosto 2003.
p. 320. 950-9231-88-6. Disponible en la World Wide Web:
http://www.clacso.org/wwwclacso/espanol/html/libros/estado/estado.html
E-mail: clacso@clacso.edu.ar

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