La mujer en la Argentina


Como antecedente a las luchas por la inserción de la mujer en el campo laboral, sindical y de las luchas sociales en general, debemos citar finales del siglo XIX. Época muy particular donde los nacientes colectivos femeninos debían luchar no solo contra la opresión en la tensión capital-trabajo sino también contra los prejuicios de tipo moral, la escasez de políticas gubernamentales y la dificultad que generaba un cambio en la mirada sociocultural, aun al propio seno del genero. Sin embargo, mediado por el desarrollo industrial incipiente de fines del siglo XIX, comienza a cobrar vigor la necesidad de incorporar a este un tipo de mano de obra barata que encajaba con las características de la mujer obrera  a lo que se sumaba ciertas características particulares del genero como la docilidad y la confianza hizo que las mujeres dejaran sus hogares y se emplearan en fabricas y talleres. Claro que esta incorporación puso en debate también el nuevo rol de la mujer, porque debía conjugar a un tiempo su centralidad en el núcleo familiar como madre y esposa y su nuevo papel de asalariada, en un momento en el que desprovista como estaba la clases trabajadora de derechos, se le suma el de las mujeres, las madres en particular y sus necesidades particulares de género. La visibilizacion de estas cuestiones, la puesta en marcha del reclamo femenino, aun dentro de las precariedades impuestas por la época y la negación a la participación de las mujeres en la vida social en general y laboral en particular, permitió la puesta en consideración de la afectación de la tensión capital- trabajo en la esfera de las mujeres trabajadoras, lo que permitió al mismo tiempo ubicar ciertas cuestiones del ámbito privado en la agenda de lo publico y la necesidad de discusión o reforma en el ámbito político-social

Sin embargo, el contexto hizo que el eje de la discusión se mueva de la necesaria igualdad de hacia otros aspectos que devenían del advenimiento de la mujer en el mundo obrero; es por ello que  la maternidad aflora precisamente como una de las cuestiones a tener en cuenta en esta época particular a partir del foco que se ponen esta cuestión, que se ve como si fuera una limitante por un lado, al mismo tiempo en que se destaca la centralidad del tema como núcleo fundante de la familia. Y es en torno a esto por donde se van a ir ubicando los grupos que pretendían una reforma de tipo político y social.  Esto se observa incluso en aquellos que reclamaban por la igualdad de sexos se van a ver enredados en una tensión desde lo discursivo entre igualdad y diferencia. Paradigmática es la forma en que el Partido Socialista ve  a la mujer en general y a la mujer obrera en particular. De allí una lucha por la igualdad en planos electorales, sobre todo en el tema del sufragio, aunque en lo social y lo laboral hay una contribución a la diferenciación de tipo sexual que dan paso a vínculos de subordinación que contradecían su postura igualitaria. En lo laboral también formulaban propuestas de protección que hacían distinción de hombres y mujeres.

Pero no solo el socialismo va a tener una preocupación por la mujer si no que también otros grupos sociales van a tomar en cuenta la cuestión femenina, tal el caso del anarquismo que se va a diferenciar en cuanto al tema de los derechos civiles y políticos, por cuanto no los considera necesarios a escala universal, como ha si también en cuanto a la necesidad de legislar, cosa que no creían necesaria porque ’no es con reglamentaciones más o menos buenas que logremos soliviantar sus vidas…” en obvia referencia a las mujeres según la nota de opinión publicada en el diario “La Protesta” en 1917. Estas y otras diferencias, distancian a los socialistas y a los anarquistas aunque los une el análisis de las condiciones de sometimiento de la mujer y la lucha por reivindicaciones de tipo gremial y la necesidad clara de una agremiación para las mujeres. Sin embargo también en el seno del anarquismo hay una división en la mirada masculina entre los que veían una situación de complementariedad que traía aparejada la igualdad y los que subsumían el rol de la mujer a un mero lugar de colaboración del hombre.

Frente a estas opciones de cambio y visibilizacion se erige como oposición el rol del conservador del catolicismo afincado en sus valores de moral, familia y específico rol de la mujer como unidad para la conservación de la especie y eje de la conservación comunitaria. La aparición de un catolicismo de tipo social no traía consigo cambios radicales en la lucha del género sino que estaba más bien destinada a cuidar, proteger y educar religiosa y moralmente a las mujeres para que conserven el lugar asignado por la sociedad.

En cuanto al Estado, cuya atención debiera estar destinada a la preocupación por resolver los problemas surgidos por las  actividades de la población,  su movimiento pendular a fines del siglo XIX  iba del reconocimiento de derechos sociales referidos a la protección y bienestar de las trabajadoras a la exclusión de los derechos ciudadanos en cuanto a elegir y ser elegidos.

En definitiva esta época signada por  la aparición de mujeres luchando por la necesaria igualdad de género choco contra una sociedad donde sus actores con capacidad de decisión, hombres todos ellos, que antes que preocupados o interesados por el reconocimiento de derechos igualitarios, se apuraron en favorecer las condiciones para asegurar el rol primigenio de la mujer de acuerdo a los cánones de la época, es decir la función reproductiva.

Muchas de estas cuestión perviven hasta el día de hoy, las luchas de ciertos sectores particulares por cuestiones de género, etnia, franja etaria o capacidades diferentes se ve mediada por una cuestión central como es la lucha global contra la explotación. Ciertas reformas han mejorado calidades de empleo, participación cívica y social o educación; pero en el fondo sigue todo igual y lo que se consigue por un lado se pierde por otro.

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