TOP TEN DEL DIA: 10 discos de Spinetta


ALMENDRA- Almendra (1969) 
Los caprichos pitagóricos acaso vean una ruptura virulenta con el pasado. Pero, lo sabemos ahora, estos muchachos del Bajo Belgrano habían entendido muy bien la enseñanza de los Beatles. No los habían copiado, sino que en base a su modelo trabajaron una nueva sensibilidad donde la guitarra eléctrica y la expansión de la conciencia convivían con la música familiar: el tango, los folklores de avanzada, María Elena Walsh, el Modern Jazz Quartet, etc. Entonces el primer disco de Almendra fue la fundación de un mundo, de una mirada del mundo: ahí estaba la muchacha voz de gorrión, Ana siempre insomne, Fermín en el hospicio, el niño dormido, Laura con su valija gris. El resultado era eso que llamamos rock argentino y deberíamos llamar música del Río de la Plata. Pero, aún más importante, el impacto del primer disco de Almendra es esta nueva forma de belleza: como el ornitólogo que descubre un pájaro dorado en una isla desierta.

 

 

PESCADO RABIOSO- Pescado 2 (1973)
La historia es conocida: la separación de Almendra devino en la multiplicación de los panes. Tres criaturas llamadas Color Humano, Aquelarre y Pescado Rabioso. Pescado, la banda del Flaco, fue su manera de hacer tábula rasa. “Era una poesía láser lo que sentía, y llevaba adelante con el grado de fervor maldito que se requiere para que uno se saque las entrañas –dijo Luis-. Es la guitarra eléctrica como espada de fuego contra los reaccionarios, contra la muerte, contra Vietnam, contra el Vietnam de acá, contra el exterminio, contra la bomba atómica, contra los que intoxican la tierra y los mares. A favor de hablar el lenguaje de los pájaros, a favor de ver las estrellas que iluminan cada día nuestra vida si sabemos abrir los ojos”.

 

 

PESCADO RABIOSO- Artaud (1973)
A comienzos de los ’70, los tiempos realmente estaban cambiando: en la cúspide inspirativa de Pescado 2, el grupo ya comenzaba su proceso de disolución. Desconcertados con la dirección que tomaba la obra del grupo, David Lebón, Carlos Cutaia y Black Amaya fueron abandonando el proyecto. El Flaco volvió a la casita de los viejos, a la guitarra acústica y, en ese entorno familiar, invocó la figura del poeta indómito como anticuerpo para la locura. El resultado aún es, en su gloria crionizada, una obra cumbre de la música argentina. Si Pescado Rabioso había sido el diluvio universal de un dios iracundo, Artaud podría ser imaginado como el nuevo día. Cuando a través de la palabra, el dios refundó el mundo: que sea el ‘árbol’, dijo; que sea la ‘hoja’; que sea el ‘salto’; y que sea la ‘luz’. Y fue la luz.

 

 

INVISIBLE- Invisible (1974)
Para 1974, el Flaco heredó la base de Pappo’s Blues: un mecanismo de relojería suiza formado por Héctor ‘Pomo’ Lorenzo y ‘Machi’ Rufino. Rodeados de un profundo clima de camaradería, comenzaron a darle forma a una música indescifrable. Influenciada, por supuesto, por la música progresiva y el jazz-rock que resonaba en la cúpula universal. Pero atravesada por la mirada de Spinetta y sus lecturas de Carl G. Jung y Castaneda. Como dijo el poeta Fabián Casas: “escuchar un disco de Invisible es como leer a Robert Walser. Ambos tienen algo mineral y encantatorio”. Nos queda esa anécdota %100 Spinetta: el Flaco se sube a un taxi y el chofer lo reconoce en el espejo retrovisor. Lo primero que atina a decirle, recordando los versos de “Jugo de lúcuma” es: “¿qué quisiste decir con ‘patas de mueble de bronce / caminan ya’?”.

 

 

INVISIBLE- El jardín de los presentes (1976)
Este disco, de algún modo, retoma la búsqueda del primer disco de Almendra. En este caso, una canción nueva para la Buenos Aires ominosa del Proceso. Detrás de ese objetivo, Invisible expandió su paleta de colores con el guitarrista Tommy Gubistch (que venía de tocar con Rodolfo Mederos y luego haría lo propio con Piazzolla) y el bandoneonista Juan José Mosalini. La ecuación, en manos de Spinetta, no generó esos híbridos absurdos llamados tango-rock o esas tonterías: como antes habían hecho Gardel, Manzi o Piazzolla, insufló un pulso inédito a la música urbana de esta parte del mundo. ¿Qué otra cosa puede decirse de la fábula del Capitán Beto y su nave hecha en Haedo? Como piedras azules en la palma de la mano, nos quedan versos indelebles: “ya se ven los tigres en la lluvia”.

 

 

SPINETTA- Kamikaze (1982)
Cuando la aceitada maquinaria de Spinetta Jade ya estaba en marcha, el Flaco abrió este paréntesis acústico como una válvula. Ensamblado con un repertorio de canciones dispersas a la largo de los años, Kamikaze se terminó convirtiendo en uno de sus discos más celebrados. Sobre su procedimiento, Marcelo Figueras escribió: “a veces imagino que es la obra fuera de cuadro, aquella secuencia que recoge todo lo que había quedado en la sala de edición durante el armado de sus discos. Como suele ocurrir, las secuencias de la película que se descartan en el montaje no son necesariamente las peores, sino también aquellas que insinúan algo diferente, tan fuera de registro que su inclusión no haría más que desequilibrar el resto del relato. Mueren para salvar a las otras, como un kamikaze”.

 

 

SPINETTA JADE- Bajo Belgrano (1983)
Al mismo tiempo que presentaba Kamikaze, su idea más cercana a eso que llamamos un disco fogonero, el Flaco trabajaba con Jade este complejo tratado sobre los barrios porteños. Acompañado por el equipo tremendo que armaban con Leo Sujatovich (teclados), Pomo (batería) y César Franov (bajo), Bajo Belgrano respira una música expansiva con estructuras clásicas, timbres de jazz-rock y la estampita de Astor en el comando. Es el punto caramelo de Jade, el momento donde logran hacer fluir con naturalidad todo el caudal rítmico y armónico. El repertorio es letal: “Maribel se durmió”, “Mapa de tu amor”, “Vida siempre” y “Resumen porteño”: “Ricky está listo / listo del bocho / encima le tocó marina / (937) / Y para zafarse / sólo toma pastillas / y ya no toca un libro / No quiere que le digan nada. / Es que Ricky se va”.

 

 

SPINETTA- Pelusón of milk (1991)
Después de algunos pasos más herméticos, como Privé y Don Lucero, el Flaco entregó un disco con acaso su único verdadero hit: “Seguir viviendo sin tu amor”. Pelusón of milkfuncionó, en definitiva, como una reconciliación con su público: “El disco tiene que ver con algo tierno-dijo Luis-. Tiene un encare solista y a la gente le gusta mucho porque se encuentra con un Spinetta no tan sofisticado. La protagonista no es la pirotécnica de producción y no hay tanta profusión de teclados ni fills de batería”. El disparador fue, claro, el nacimiento de Vera, su cuarta hija. Luis suena tan lírico como siempre, pero la cifra de sus sentimientos es más terrenal. Como si la fortuna de una celebración de hombres, lo devolviera a su estado más humano. Eso para su poética, porque Luis siempre fue ese hombre imperfecto, divertido y bellísimo que vivía en Villa Urquiza.

 

 

SPINETTA & LOS SOCIOS DEL DESIERTO- Spinetta & los Socios del Desierto (1997)
Durante las entrevistas que brindó para dar a conocer su nuevo trío junto a Marcelo Torres y el Tuerto Wirtz, dijo: “la vuelta a un sonido más crudo coincide con mi acercamiento a la comida japonesa y con mi predisposición a ser un cocinero de sushi”. La frase, tan impenetrable para los neófitos pero tan clara para los que hablan en Spinetta, era elocuente: después de un período de estilización digital, los Socios del Desierto fueron una vuelta radical al pulso sanguíneo de Pescado Rabioso o Invisible. No era un gesto aislado. Los ’90 eran el escenario del grunge y el brit-pop, acaso los primeros revisionismos del rock desde el rock. El disco de Los Socios del Desierto, claro, no fue una claudicación. En todo caso, para un artista tan poco nostálgico como Spinetta, funcionó como una reformulación. Canciones como “Bosnia”, “Cheques” o “Nasty people” fueron su sauna de lava eléctrico.

 

 

SPINETTA- Pan (2006)
Como prefigura la tapa de Alejandro Ros, Panfue un disco íntimo. Casero por su concepción familiar, pero nunca low-fi: el Flaco armó una banda (a la sazón, su último ensamble) con reminiscencias Jade que tenía al gran Sergio Verdinelli en batería, a Nerina Nicotra (bajo) y al maestro Claudio Cardone (teclados). Por allí, la dedicatoria era elocuente: incluía tanto fotos de sus colaboradores de siempre como palabras para “mis amados padres Julia y Luis, mis hermanos Ana y Gus, mis divinos hijos y a su madre Patri, sus respectivas familias y los que nietos que están y los que vienen”. La grabación analógica le otorgó una dimensión entrañable a canciones como “Sinfín”, “Cabecita calesita”, “La flor de Santo Tomé” y “No habrá destino incierto”: “extiende tus alas y encara hacia el mar otra vez / solo el cielo te acompañará. / Es que no habrá un destino incierto / ni habrá distancia que pueda alejarme de ti”.

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