De terror


Una palabra puede tener múltiples interpretaciones en el proceso comunicacional. Quien la produce, como quien la reconoce, la cargará de subjetividades, ideologías, formas de ver el mundo y, por lo tanto, le asignará un sentido.

La palabra “justicia” puede asociarse con la idea de justicia social, con las condenas a los responsables de la última dictadura cívico-militar o bien con el fin de la impunidad.

Esto se debe a que ciertas palabras cumplen la función de significante vacío. Que para el teórico político Ernesto Laclau es “un significante sin significado”. Por lo cual, la sociedad cargará a ese significante de múltiples sentidos y de esta manera podrá expresar deseos colectivos diversos.

Asimismo, para Laclau, cuando los sentidos son sometidos a una presión contradictoria, de lo que tenemos que hablar es de significantes flotantes y no de significantes vacíos, ya que lo que entendemos por ese concepto está en disputa.

Esta ambigüedad de significados podemos encontrarla en el término “terrorista”. Como sostiene Wikipedia, “la palabra ‘terrorismo’ se encuentra política y emocionalmente cargada, y esto dificulta consensuar una definición precisa”.

Recordemos que el genocida Jorge Rafael Videla definió que “un terrorista no es solamente alguien con un arma de fuego o una bomba, sino también alguien que difunde ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana”. Es decir, cualquier forma de ver el mundo distinta al pensamiento hegemónico era entendida como terrorista.

Asimismo, George Bush también usó términos amplios y difusos, que le eran funcionales para englobar una gran cantidad de expectativas y para intervenir arbitrariamente otros países. En el marco de la supuesta “guerra contra el terrorismo”, Bush sostuvo que “las fuerzas de la coalición harán todo lo posible por salvar del mal a civiles inocentes”. De la misma manera, sentenció: “Todas las naciones del mundo deben tomar una decisión. O están con nosotros o están con los terroristas”.

En ese marco, “el mal” o “el terrorismo” son categorías usadas porque le permiten adaptarse al enemigo de turno que quieran establecer. Desde esa línea de pensamiento, quien realice el enunciado establecerá quién es el mal, quién es el terrorista y quién el pacificador. Recordemos que la política internacional de Bush y su guerra contra Irak dejó 289 mil víctimas en seis años, de los cuales el 65 por ciento eran civiles.

Sin embargo, como nuestro pensamiento está atravesado por discursos que responden a relaciones de poder, seguramente nuestra imagen mental de un terrorista será más parecida a un habitante de Medio Oriente que a un presidente de Estados Unidos.

Esto se debe a que la palabra “terrorista” es una categoría que suelen usar los grupos y países dominantes cuando intervienen coercitivamente a quienes intentan someter. Como recordó la titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe Bonafini, “nuestros hijos fueron asesinados por ser acusados de terroristas”.

Actualmente, bajo presión del GAFI y a contramano del proceso histórico que se viene desarrollando, se votó la “Ley Antiterrorista”. Lo preocupante a largo plazo es, como sostiene la Comisión Provincial por la Memoria, que “la ley amplía peligrosamente las figuras penales aplicables, aumenta las penas y vincula la protesta cívica a una figura tan determinante y vaga como la de ‘terrorismo’”.

Como conclusión, podemos entender al “terrorismo” como un término cuya definición concreta está en disputa. Sin embargo, en la mayoría de los casos, este discurso va de la mano de la instalación de un sentimiento de miedo profundo. De la idea de “el mal que nos acecha”. Consecuentemente, frente a ese gran terror, sólo una fuerte intervención nos devolverá la tranquilidad y la seguridad. Lástima que muchas veces el discurso de la “lucha contra el terrorismo” haya desembocado en el sometimiento del pueblo mediante la intervención militar.

Roberto Samar

Licenciado en Comunicación Social. Docente de Filosofía Política Moderna, UNLZ.

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