El gol mas impresionante que vi


En los pueblitos del interior de nuestro país, como Valcheta donde yo nací y me crié allá en la Región sur de la provincia de Río Negro, distante unos 100 Km. por la ruta nacional 23 de la costa atlántica, los hombres de distintas edades que salen de sus trabajos, ocupaciones o simplemente de sus casas pasan a hacer la tarde por el bar del pueblo que invariablemente esta frente a la plaza.

Un Gancia, un Cinzano, una partida de mus, una serie de pool o de billar con los amigos son las débiles excusas esgrimidas ante las patronas que se quedan en la casa mirando la novela de las 7 de la tarde.

Las conversaciones giran alrededor de innumerables tópicos que tienen que ver con la idiosincrasia territorial aunque el tema central, como en cada rincón de nuestro país, es el fútbol. Boca, River, la selección, la ultima fecha del fútbol de AFA o la marcha en la liga regional del equipo local. En mi pueblo ese equipo de llama Tigre y participa en la Liga Atlántica con sede en San Antonio Oeste. Un modesto equipo de camiseta azul y roja en donde una insólita vez jugo el loco Orestes Omar Corbatta que andaba perdido en la Patagonia.

En los pueblos chicos las épocas pasadas están más cerca que en las grandes ciudades y por ello a los parroquianos, de tarde en tarde, la nostalgia se les arrima rodando como una pelota por entre las mesas de madera y se les mete en el ángulo de alguna tronera de pool el recuerdo de las viejas glorias futboleras locales y entonces comienzan las discusiones para establecer quienes fueron los mejores en un ranking imaginario que siempre suma nuevos elementos según quienes sean los concurrentes.

Cuando suceden estos hechos, en Valcheta,  solo hay una figura que emerge por entre las demás cabeceando el corner de la unanimidad: el “Nene” Rodríguez un habilidoso y veloz wing izquierdo que en la década del 60 llego a jugar en la reserva de Racing. Este pasado académico, quizá, justifique la llegada del loco Corbatta a Valcheta si bien esto nunca pude confirmarlo.

El “Nene” Rodríguez era bueno en serio, según cuentan, pero tuvo la desgracia que su padre falleciera y debió regresar a Valcheta para hacerse cargo de cinco leguas de campo y unas dos mil ovejas madres. Aunque acepto como correspondía su destino jamás estuvo a gusto en Valcheta y si no había cedido a la tentación de vender todo y marcharse era por su venerada madre, doña Amalia, quien no le hubiera perdonado tamaña acción.

Lo cierto es que solo por el “Nene” había acuerdo; por los demás podíamos pasar tardes y noches enteras sin llegar a un acuerdo. Que el “Turco” Mortada decían los mas viejos, que el “Flaco” Camina retrucaban los cincuentones; “no hay que olvidarse de Flores”- terciaba don Atilio Castañeda el dueño del bar” ese muchacho  jugo regionales y nacionales”. Cada uno le anotaba sus porotos al mejor de su generación o al que había visto de cerca, a su vecino o a algún pariente cercano o inventado.

Para mi el mejor de todos había sido Martin Heredia y siempre lo explique, a quien mi quisiera oír, de una forma sencilla; en octubre de 1981, el día que cumplía 18 años, Martin Heredia le metió un gol a Talleres de San Antonio Oeste que ni Pele ni Maradona ni Di Stefano metieron alguna vez y que seguro no voy a ver convertir a nadie mientras viva.

Martin Heredia era un chico común y silvestre como éramos, y son aun, todos los chicos valcheteros. Sin embargo el destino tenia preparada para el la peor zancadilla que rival alguno le hiciera en su posterior carrera futbolística. A los 10 años sus padres fallecieron en un accidente automovilístico en cercanías de Puerto Madryn en la costa chubutense. Martin se tuvo que ir a vivir con los hermanos de su padre que eran  los únicos parientes que tenía. Estos eran tres tíos que vivían de las changas que hacían en el vecindario o de su ocupación eventual de molineros en algún campo cercano. El resto del tiempo lo pasaban tocando la guitarra o jugando a las cartas en su ranchito de adobe pasando de mano en mano la damajuana de 5 litros de vino; a veces ni comían.

Durante un tiempo, consternados tal vez por la muerte de su hermano o motivados al tener que recoger al pequeño huérfano variaron sustancialmente sus hábitos. Bebían poco y solo por las noches, cocinaban y mantenían limpia la humilde morada. Pero al cabo de tres meses, luego de una yerra donde hubo dados, taba y carreras cuadreras, se olvidaron de toda congoja y sentimentalismo para volver a sus andanzas dejando a la deriva al pobre sobrino.

A Martin esto no le importo demasiado, aprovecho la situación para hacer lo que mas le gustaba que era jugar a la pelota, algo que además hacia muy bien. Por la mañana jugábamos en todos los recreos y odiábamos a Yoli, la portera de la escuela primaria, que tocaba la campana para volver a clase. Por la tarde saltábamos el cerco y volvíamos a jugar en el patio de la escuela. Si te tocaba en suerte jugar con Martin ganabas seguro si no, lo sufrías. A veces enfrentábamos a chicos de grados superiores y a pesar de la diferencia de edad siempre les ganábamos con dos o tres goles de Martin. En esas jornadas vespertinas jugábamos hasta que alguna madre nos venia a buscar o el pitazo final del sol nos mandaba  a casa.

Cuando terminaban los picados siempre alguno de nosotros se llevaba a Martin a bañarse o a comer. A veces lo venia buscar Goyo Maldonado que había sido amigo de su padre y estaba encargado de la estación de trenes. En otras ocasiones cenaba con el cura Fornaro a quien acompañaba en sus recorridos evangelizadores por la meseta o la costa

A los  12 se canso de la escuela y abandonó. Una pena porque justo estábamos en séptimo, terminando la primaria y preparando el viaje de egresados.

A los 13 se fue de la casa de los tíos. Fue en enero una tardecita que volvíamos del arroyo adonde íbamos a pescar o a refrescarnos. Jorge, el menor de los tíos, lo mando a comprar vino y Martin se negó. Otro tío tomo un rebenque para castigarlo pero el pequeño se defendió blandiendo una horquilla. Se fue caminando muy despacio y no volvió más. Goyo Maldonado le hizo lugar en un depósito en desuso en la estación y allí se mudo. Entre todos le conseguimos frazadas, abrigo y ropa.

A los 14 empezó a robar. Daba pequeños y certeros golpes en las casas que quedaban vacías por los viajes de sus moradores o bien aprovechaba las fiestas o los bailes que convocaban a todo el pueblo. Lo que juntaba se lo vendía a un tipo que venia cada tanto de un pueblo cercano que se llama Lamarque. El “verdulero”, como lo conocíamos todos, llegaba a Valcheta en una desvencijada Ford F100 roja y atracaba detrás de la estación para descargar frutas y verduras que traía desde el valle medio del río Negro. Ocupaba  a Martin para la descarga y en algún momento cuando todo el pueblo dormía negociaban la otra mercancía.

Por aquel tiempo ya jugábamos en las divisiones menores de Tigre y a nosotros, sus compañeros de fútbol, Martin  nos compraba gaseosas después de la practica de fútbol de los jueves, nos regalaba botines o canilleras para nuestros cumpleaños y si teníamos que viajar a jugar por el torneo de la liga a San Antonio, Las Grutas o Sierra Grande el se encargaba de ayudar a los que no les alcanzaba la plata o precisaban alguna ayuda de tal manera que pudiésemos viajar todos.

No tardamos mucho tiempo en descubrir en que andaba pero ninguno de nosotros se animaba decirle y no era por conveniencia. No señor. El era nuestro ídolo, nuestro máximo referente porque  siempre sacaba la cara por nosotros dentro y fuera de la cancha. Solo pedía a cambio que siguiéramos siendo su equipo.

Dentro del campo de juego era tremendo. Paraba la pelota cuando venia de aire como el diablo Montserrat, encaraba para el arco rival con la potencia del Turu Flores y dentro del área era como Latorre, implacable. Cabeceaba bien, marcaba y quitaba con las dos piernas como ese pibe que tiene Boca ahora, creo que se llama Bataglia.

Era un 8 de un “ida y vuelta” demoledor. ¿Carrilero le dicen ahora? Hoy en día con tanto cazatalentos dando vueltas su destino estaría en Buenos Aires, quizá en Europa. Hubiera llegado más lejos que el “Nene” Rodríguez seguro.

A los 16, aprovechando el tren que unía Buenos Aires con Bariloche y que pasaba por Valcheta, empezó a ampliar su raid delictivo. Se tomaba el servicio de los domingos a la noche que venia de Buenos Aires o el de los lunes por la mañana que llegaba desde la cordillera. A los dos días estaba  de nuevo en el pueblo justo para el entrenamiento físico de los miércoles y el picado de los jueves donde se definía el equipo.

Cuando terminábamos la práctica de fútbol nos íbamos  a la plaza. Pasábamos por el bar de don Castañeda y Martin nos compraba gaseosas; con el tiempo comenzaron a circular las primeras cervezas y también el humo de los primeros cigarrillos. Hablábamos de fútbol, de autos, de mujeres, escuchábamos un poco de música…Martin no tomaba ni fumaba porque decía que no quería terminar como sus tíos y solo intervenía en las conversaciones que tenían que ver con el fútbol. Sin embargo, el también tenia alguien que ocupaba su corazón, pero era tan vergonzoso que nunca se atrevió a contarnos. Yo sabia la historia porque la chica en cuestión, que se llamaba Miriam era prima de mi vecina y como siempre venia de visitas al lado de mi casa yo solía escuchar ciertas conversaciones “secretas”. Ah y tenía un condimento especial, era la hija del Nene Rodríguez.

Los sábados se jugaban los partidos de las divisiones inferiores y los domingos primera y reserva o tercera como le decíamos entonces. Un fin de semana como locales, en la polvorienta cancha de Tigre y otro en la costa atlántica en San Antonio, Las Grutas o Sierra Grande. Cada viaje traíamos un rosario de anécdotas como souvenires imperecederos que anidaban para la posteridad en nuestras memorias.

A decir verdad nuestro equipo de fútbol no era bueno, salvo obviamente el; Martin Heredia; terminábamos 4tos, 5tos o a veces sextos entre 10 equipos. La mayor hazaña deportiva que hicimos fue arruinarle la posibilidad de salir campeón por primera vez en su historia Caza y Pesca de Sierra Grande. Les ganamos 1 a 0 de visitantes con gol de Martin Heredia. A ellos incluso el empate les servia para coronarse. La cancha estaba repleta, hasta el intendente del pueblo había ido a  verlos. Encima tuvieron un penal cuando faltaban 5 minutos y el “Pelado” Racho se lo atajo. Un genio el “Pelado”, siempre nos decía “ustedes hagan penales que yo los atajo” la mayoría de las veces fallaba pero estaba todo bien igual.

Como lloraban esos chicos de Caza y Pesca!!! Martin los consolaba. Abrazo uno por uno y hasta le dio la mano al técnico y al intendente que había entrado a la cancha para levantar el animo de los derrotados. Grabadas a fuego nos quedaron las palabras que le dirigió el intendente de Sierra ese día “pibe tu gesto fue maravilloso, tus padres deben estar orgullosos de vos. Vas a ser una gran persona” si supiera pensábamos nosotros.

Un tiempo después de estos hechos llego a Valcheta el comisario Velarde. Un norteño grandote con cara de malo a quien conocimos enseguida por que se prendía en los picados de los jueves atajando para los suplentes. Decía que en el norte había atajado en Juventud Antoniana hasta que unos parientes lo trajeron a Río Negro y entro en la policía.

Al comisario nuevo le llamaba la atención que luego de las prácticas nos quedábamos hasta altas horas haciendo demasiado bullicio para la tranquilidad valchetera. Empezó a investigarnos y descubrió que la mayoría no trabajaba ni tenia otra ocupación que no fuera estudiar. Tampoco proveníamos de familias de ganaderos o comerciantes. Éramos hijos de empleados o peones rurales y nuestros padres no nos podían dar demasiados gustos.

Velarde nos empezó a vigilar; nos controlaba desde la comisaría que también estaba frente a la plaza; enviaba a sus agentes para que nos pidan documentos, nos mandaban a dormir, nos seguían cuando nos íbamos de la plaza…una noche, un jueves se metió en la pieza que Martin ocupaba en la estación y encontró tres relojes de pulsera. Nada una tontera. Fue hasta la plaza con dos agentes y se llevo detenido a Martin esposado y todo. Sentimos que un rayo nos fulminaba y nos rompía en miles de partículas. Protestamos gritamos e intentamos impedir que se lo lleven;  al “Pelado” Racho le dieron una patada y a mi un cachiporrazo. En esa época andábamos por los 17 años y nos creíamos hombres; sin embargo todos regresamos a nuestros hogares llorando como cuando perdíamos los lápices de colores en primer grado.

A  la otra mañana y ya con la luz del día volvimos a ser casi hombres. Nos dirigimos a la comisaría en una especie de manifestación. Era en plena época de la dictadura militar pero en aquel entonces en los pueblos nada sabíamos de los desaparecidos y torturados que eran moneda corriente en otros puntos de país.

Estábamos todos los del equipo, nuestros padres, el técnico Cuello que nos dirigía desde la octava, el cura Fornaro y algunos curiosos que se sumaron. También fue Miriam, un poco cohibida quizás, pero firme en la decisión de acompañar a Martin, a pesar que por entonces solo se habían visto un par de veces, siempre caminando despacito alrededor de la plaza, con la vigilancia cercana de una tía solterona, porque los padres se oponían a la relación. En realidad en esa época y en mi pueblo todos los padres se oponían a las relaciones. Creo que en el fondo todos soñaban con que a sus hijas las viniera a buscar un príncipe azul en un caballo blanco. Pero cuando abrían los ojos después del sueño estábamos nosotros nada mas, los chicos del pueblo, para casarnos con sus hijas. Y de caballo blanco ni hablar. Apenas si alguno tenía un zaino viejo y mancarrón.

Pero esa vez nos plantamos frente a la comisaría, en silencio; cada tanto algún murmullo mientras clavábamos la vista en la pesada puerta de olivillo de la comisaría.

Un par de horas después salio Velarde a dar explicaciones en un tono prepotente y autoritario. Nos dijo que Martin se estaba convirtiendo en un delincuente peligroso, que hacia tiempo que estaba tras sus pasos y que como no tenia familiares iba a terminar en un instituto de menores. Esta vez el rayo  nos pulverizo el corazón.

Llamamos al intendente Pérez y a Cábrio que era juez de paz; el cura Fornaro hablo con ellos. Al juez de paz le molestaba la actitud del comisario que hacia poco estaba en el pueblo y se creía la máxima autoridad. Charlaron con Velarde y le pidieron una reunión. El intendente propuso la comodidad del palacio municipal para llevar a cabo la charla. Todas las autoridades del pueblo mas algunos padres se dirigieron hacia ese lugar y presionaron tanto al comisario, advirtiéndole sobre la posibilidad cierta de que todo el pueblo se vuelva en su contra, que tuvo que aceptar la liberación de Martin y las condiciones impuestas por la comisión.

Entre todos tomaron como responsabilidad el control y cuidado del chico y además lo pusieron bajo la guarda legal del cura. Esto último fue una trampa legal del juez de paz. De esta manera Martin no podría ser detenido por ser menor y además por contar con un tutor legal.

Martin Heredia también se tomó tres meses, como aquella vez sus tíos y volvió a las andanzas. En lo único que cambió fue que después de los partidos evitábamos la plaza y nos invitaba a tomar algo debajo de un frondoso pinar en el patio de la iglesia donde ahora vivía. La plaza, entonces, solo era ocupada para sus caminatas con Miriam: siempre en silencio sin rozarse. Solo de vez en cuando una mirada y una sonrisa. Siempre ante la atenta mirada de la tía que a veces tejía o miraba de reojo las revistas que el prestaba el turco del kiosco.

Muchos en el pueblo decían que no iba a tardar en caer por algo grande.  A nosotros seguía sin importarnos lo que hacia.

En la comisaría, en el salón grande de la entrada, había un gran almanaque de textiles Lahusen. En el, los policías, habían destacado un día en especial,  con un circulo negro ”25 de octubre, domingo, año 1981”. Ese día Martin Heredia cumpliría 18 años. El comisario Velarde juntaba rabia y engrosaba el expediente. En el almanaque de su oficina tachaba los días de a uno. Era un duelo, un mano a mano que se había inventado contra el 8 de la tercera de Tigre.

Entre tanto Martin nos había sacado años luz en maduración. Nosotros éramos unos adolescentes llenos de acne y el ya parecía un hombre de piel curtida por el sol y la adversidad. Muchos le temían y lo respetaban. En el equipo lo veíamos como siempre e incluso nos parecía algo corriente que cuando se cambiaba antes de los partidos sacaba el revólver que llevaba a la cintura y lo guardaba en el bolso con sus otras ropas y la billetera continuamente abultada.

En aquellos tiempos jugábamos en tercera división pero a Martin le daba el físico y la habilidad para jugar en primera. A pesar de esto sus códigos le impedían dar el salto. No quería abandonarnos a nosotros su equipo ni a Cuello el director técnico que había estado siempre a su lado.

Por aquel entonces nosotros también teníamos nuestras noviecitas o pretendientes que nos iban a hacer hinchada, pegadas al alambrado olímpico, sin decepcionarse aun cuando nos derrotaban muy feo. Los domingos que jugábamos de local apuraban a sus padres en el tradicional asado de cordero para poder estar puntuales en la cancha a las dos y media de la tarde. Miriam también iba cuando podía o cuando la dejaban. Una vez , que jugábamos contra Ferro de San Antonio, la llevo su papa, el mismísimo Nene que hacia treinta años que no pisaba la cancha. Tuvo que quedarse a ver el partido porque todo el mundo lo quería saludar. Ese día Martin la dejo chiquita  a la pelota, metió tres goles y puso dos asistencias. El Nene lo miraba disimuladamente pero con atención e incluso , de a ratos , parecía que rememoraba algo y los ojos le brillaban; si ni siquiera se inmuto cuando Pedrito, el borrachín del pueblo le dijo con su voz envinada.” Que yerno tenes nene, este es de los tuyos”

El domingo 25 de octubre de 1981 jugamos de local contra Talleres de San Antonio Oeste por la cuarta fecha de las revanchas de la Liga Regional Atlántica de Río Negro. Era un día diáfano, hermoso con un sol brillante que calentó desde muy temprano.

El cura Fornaro nos había pedido que fuésemos a la iglesia por que la misa seria en honor de los 18 años de Martin y luego íbamos a comer un corderito mamón que Goyo Maldonado asaría desde temprano para que pudiésemos hacer la digestión antes de ir a la cancha. Claro, Fornaro, conocía los movimientos de Velarde y quería evitar el desenlace que todos esperábamos.

La Iglesia ese día tenía más feligreses que de costumbre. Nuestras familias, nuestros hermanos y hermanas, nuestras novias. Si hasta Miriam con sus papas estaba ahí;  A todos los del plantel y a los demás allegados nos pesaba aquel día. A tal punto que aun después de terminado el oficio religioso seguíamos como en misa. Cuando salíamos, a Martin que venía al lado mío lo estaba esperando el Nene Rodríguez. Se lo llevo de un brazo y le hablo durante 5 minutos. Martin callaba, los dos serios pero sin enojos. Nunca supimos que le dijo porque Martin no conto nada y el Nene al poco tiempo vendió todo y se marcho para siempre. Justo el día en que se cumplía un año de la muerte de su mama Amalia. Nunca más supimos de él.

El papa de Goyo aso el mejor cordero de su vida ese domingo soleado. Comimos sin muchas bromas y nos fuimos para la cancha  sosegados y taciturnos como si fuera la procesión del viernes santo que llevaba a Martin hacia la crucifixión. Llegamos a la cancha. El vestuario parecía una casa fúnebre a juzgar por el sepulcral silencio con que nos cambiábamos. Nos pusimos las medias rojas, el pantalón negro y la camiseta azul y roja como la del otro Tigre, el de Victoria, que un año antes había estado en primera división.

Entramos en calor, siempre en silencio y cuando el árbitro Pedro Lagos dio el pitazo llamando a los equipos acudimos callados también.

Desde San Antonio habían llegado ese día unas 80 personas en autos particulares, camionetas y hasta en un viejo camión Bedford con caja de madera. Es que Talleres venia punteando en primera y reserva, con grandes chances de campeonar en ambas divisiones. Para nosotros era un partido especial por cuestiones extra futbolísticas y lo jugaríamos pensando en otra cosa en realidad así es que no nos importaba demasiado el rival.

Se hizo el sorteo y nos toco atacar hacia el arco cuya prolongación se acostaba en la ruta nacional 23. Tras los saludos de rigor nos acomodamos en la cancha.

En aquellos años se jugaba sin la necesidad de personal policial. A los partidos venían dos agentes nada más y solo para cuando jugaba la primera. Igualmente se la pasaban mas cerca de la cantina que del alambrado olímpico que bordeaba la cancha.

Por eso nos llamo la atención, en aquel partido, que detrás del arco, hacia donde atacaríamos en el primer tiempo, estuviesen apostados el sargento Cabrera y los cabos Cayunan y Murciano. Estaban quietos y circunspectos como pequeños totems con gorra azul y borceguíes llenos de polvo.

Arranco el partido con total normalidad. Ellos trataban de jugar y nosotros poníamos pierna fuerte; tuvieron una o dos ocasiones de gol pero no las concretaron. A los 15 minutos el 10 de ellos paro de pecho una pelota en el círculo central y cuando quiso salir jugando me le tire a los pies y recupere la pelota. Me levante rápido e hice lo de siempre, la tire larga para Martín Heredia. Martin se freno pero dejo pasar la pelota y el 5 de ellos quedo mirándole el número.

Justo en ese momento había llegado el comisario Velarde y a los gritos dio la orden perentoria  ”a el y que nos escape juna gran siete” los policías entraron a la cancha con la cachiporra en la mano derecha y con la izquierda sosteniendo la cartuchera para que no se les caiga la pistola.

Entretanto a Martin le salio el que marcaba la punta izquierda; amago pasarle la pelota a nuestro puntero derecho y engancho para adentro pero cuando levanto la vista tenia en su frente al cabo Cayunan; le toco la pelota por un lado y el se fue por otro pisando ya el área grande. Le salieron al mismo tiempo el 6 de Talleres y el sargento Cabrera. Martin tiro la pelota entre los dos y salto esquivando la zancadilla rival aunque la cachiporra le rozo el hombro. Cerca del área chica le tiro la pelota entre las piernas al cabo Murciano, que se piso los cordones y cayo de bruces, evito el cruce tardío del 2, gambeteo al arquero con tranquilidad y quedo solo bajo el arco y cuando iba a rematar surgió ante si la figura del comisario Velarde.

Nunca supimos si en realidad se jugaba la última carta para apresar al bandido o si en realidad de su segunda piel, de su instinto, había surgido aquel pibe que decía haber atajado en Juventud Antoniana allá en su Salta natal. Martin no se amilano, no titubeo ni un instante; amago a patear y el comisario cayó de rodillas. Hasta el día de hoy discutimos sobre esa acción que podía implicar derrota o sometimiento. Para mi solamente hizo “la de DIOS” como el loco Gatti.

Martin ejecutó un disparo seco; la pelota le voló la gorra al comisario arrodillado, pegó en el travesaño y picó mas de un metro dentro del arco sanantoniense. El autor del gol salio festejando corriendo hacia el banderín del corner. En ese lugar el alambrado era mas bajo; salto y siguió su carrera hacia la ruta 23. Nunca mas lo vimos ni supimos de el.

El árbitro, atribulado, se quedó en el borde del área grande con el silbato en la boca sin saber que cobrar. Velarde amagó con seguir al prófugo pero se fue a la comisaría con su tropa vencida y doblemente avergonzado, como comisario y como arquero. Antes de marcharse le grito al arbitro: “el gol es valido carajo”.

El partido siguió y terminamos ganando dos a cero; “Chiquin” Cornejo reemplazo a Martin y en el segundo tiempo le hicieron un penal que tuve que ejecutar yo, aunque nunca en la vida había pateado uno pues siempre se encargaba Martin.

Al otro día, desde la capital llegaron más policías y gente de la justicia. Velarde se tuvo que ir de Valcheta. A Martin Heredia se lo trago la tierra. Nunca pudieron dar con el.

Cuando salí de 5to año me fui a estudiar periodismo deportivo a Bahía Blanca y no volví por 5 años. Desde mi regreso, casi todas las tardes voy al bar, que ahora es atendido por el hijo de don Castañeda, y me paro en la vereda justo frente a la plaza donde tomábamos gaseosas y alguna cerveza que nos pagaba Martin.

Hace poco revisando unos diarios viejos supe de un tal Martin Heredia que había sido goleador de segunda división en Chile en el año 1984 jugando para el Green Gross de Temuco. Quien sabe no haya sido aquel compañero mío que metió un gol que  nunca mas vi en mi vida. Lo juro por mi madre.

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