Un repaso de conclusión obvia Por Eduardo Aliverti


Las puntas noticiosas con que enero abrió y cerró, así como los temas englobados entre ambas, revelan que ni la calidad ni la cantidad informativas guardan relación con profundidades novedosas.

Ante todo, es difícil, o inconveniente, obviar que el año arrancó con una campaña bastarda respecto de los avatares de salud de la Presidenta. Pocas veces, o ninguna, se habrá visto algo semejante. En un primer momento, la oposición mediática tuvo la hidalguía, llamémosle, de reconocer que el Gobierno había obrado con prontitud y claridad informativa. Bastó que la palabra no fuera cáncer para el desate de una cacería de versiones, a la búsqueda del engaño oficial o de un bochorno del equipo que atendió a la jefa de Estado. Lo primero se cayó enseguida, como corresponde al delirio de creer que, con tamaño tema, tiene lógica montar una cortina de humo por un par de días. Lo segundo es incalificable. Prestigiosos miembros de la comunidad científica se vieron obligados a salir a la palestra para desmentir las barbaridades que estaban diciéndose sobre el dichoso “falso positivo”. No hubo manera. Siguieron en sus trece, hasta conocerse que cirujanos, patólogos y asistentes del mismísimo Hospital Austral confesaron no poder creer lo que se publicaba. Fue en esa instancia cuando acabó el acoso, pero quedará que se habló de un papelón de la medicina argentina para después no reconocer que el papelón fue mediático. Ahora que todo terminó, es prudente que no pase al olvido cómo fue capaz de gastárselas la oposición periodística militante.

El segundo gran bloque crujiente lo encabezó, y permanece, y todo indicaría que persistirá, un Hugo Moyano que no está fuera de lugar, pero sí de tiempo. El sitio es aquel que le pertenece como líder gremial que debe estar atento a la suerte de la clase trabajadora y hace muy bien en señalar los que le parecen retrocesos y deudas en la reparación de sus intereses. Pero la destemplanza con que lo formula y las justificaciones que esgrime hacen pensar en un proceder más ligado al resentimiento personal y corporativo que a la sinceridad ideológica. En primer lugar, es él mismo quien aduce que con Kirchner era otra cosa. ¿Cuánto de diferente y de importante era esa cosa? La respuesta varía. Las distancias de forma son significativas. Moyano y Kirchner compartían un mismo palo pejotista, códigos de cancha embarrada, transas, complicidades. El ex presidente jamás dejó de atenderle el teléfono al jefe de la CGT, por mucho que en eso influía además lo imperioso de una primera etapa kirchnerista con tranquilidad social y muy bajo nivel de encontronazos con el sindicalismo. Primus inter pares, en definitiva. En ese aspecto sí que la Presidenta y su modo de actuar deben causar auténtica extrañeza en Moyano. Es una mujer de círculo estrechísimo y no concede ni a la central obrera ni a su titular, ni por asomo, la atención y el espacio que aquéllos creen merecer. Sucede lo contrario si es por el fondo de la cosa. Hubo y hay una sostenida generación de puestos de empleo: los que desvelan con exclusividad a la CGT, que jamás mostró mayor inquietud por los trabajadores sumidos en el trabajo informal. El nivel salarial se recuperó en buena medida; el grado de conflictividad gremial permanece aletargado; los índices de consumo son elocuentes y hay una clara voluntad de proteger a la producción local (esto con variados bemoles que no alteran la sustancia del aserto). Con esos antecedentes y panorama no suena sensato lanzar gritos o amenazas de guerra, como no sea bajo el dolor que produce el saberse un actor más de reparto que principal. Ni se entiende muy bien cómo piensan hallar en Moyano la fuerza suficiente para trastornar al país, cuando en la misma CGT advierten que no todos comparten su postura. ¿Cuál es su representatividad social? O aun antes, ¿cuáles son sus alcances de liderazgo gremial por fuera de su sindicato? ¿No cabrá remarcar a este culebrón en línea con una de las verdades de manual político, demostradora de que si no se tiene enfrente un adversario de fuste hay que ingeniarlo?

Algo está claro, en empalme con lo anterior, y en eso sí el enero político no arrojó novedades ni convulsiones. Ni pareciera, en tal sentido, que vaya a haberlas en el corto y hasta mediano plazo. Tampoco es la primera vez, desde hace ya tiempo estimable, en que cerramos nuestra opinión con este criterio. Apártese la enfermedad de Cristina, que de todos modos sirvió igualmente para constatar un país estremecido de sólo pensar en ulterioridades de gravedad o convalecencia complicada. Un país con la Presidenta apartada o disminuida en su rol indiscutido de conducción, que quizá ni siquiera los opositores más fanáticos pretendieron imaginar si guardan algún rasgo final de sensatez. Sea por el ridículo de largar al ruedo intentonas reeleccionistas. Sea por la relación costo-beneficio y la eficiencia que habrá o no en el control de las importaciones. Sea por la matraca permanente y agotadora de los medios opositores, que sin embargo no consiguen instalar una agenda fija de desconcierto económico o institucional porque, invariablemente, corren de atrás a las iniciativas oficiales. Sea por el silencio o la inacción de Casa Rosada frente a las denuncias y movilización contra la minería a cielo abierto, cuyo origen y desarrollo anclan en pobladores y organizaciones sociales: nunca (o casi, que es lo mismo) en referentes de la oposición orgánica. Sea por escaladas diplomáticas con el Reino Unido o por conflictos comerciales con Brasil. Sea por si hay indicaciones precisas de horadar a Daniel Scioli, desde el núcleo duro kirchnerista, en tanto se lo ve como la eventual y solitaria salida hacia derecha; o sea que apenas se trata de foules tácticos para refugiarlo en la defensa. Sea por esas bravuconadas de Moyano, a quien el atractivo lugar común ubica como el nuevo rubio de ojos celestes necesitado por Clarín & Cía. Sea porque la oratoria extraordinaria de Cristina deja mucho más pasmados a los otros que a los unos. Sea por la discusión en torno de si “sintonía fina” no querrá decir “ajuste”, como si quienes la promueven no fueran acaso los defensores del ajuste eterno contra las necesidades de las mayorías. Sea porque prácticamente todos los indicadores de la economía continúan revelando crecimiento, y dejan como único lugar de refutación decir que se crece menos. Sea porque se acusa a las compañías petroleras por maniobras cartelizadas e incluso porque se menta la estatización de YPF, o sea porque se daría impulso al proyecto de nueva ley de entidades financieras y entonces se desbarajustan las conjeturas de giro a la derecha (es bien gracioso, al fin y al cabo: según la prensa opositora, un día estamos en pleno ajuste de características neoliberales y al otro vamos rumbo a la Argentina chavista; y así sucesivamente). Sea por el desastre comunicacional que produjo el Gobierno con la tarjeta SUBE, para que el centro de la polémica pase por las colas que se armaron y no por el efecto real de la quita de subsidios. Sea, a propósito, porque los grandes medios reforzaron la protección a Macri al relativizar un saque de 127 por ciento en el boleto del subte: únicamente, milagro, son brutales los por ciento de subsidios recortados. Sea por lo que sea, todo lo que pasa o deja de pasar; bueno, regular o malo; con la sola exclusión del accionar mediático opositor más allá, quedó dicho, de que consiste en reacción ante el andar oficial, pasa por el Gobierno. También quedó expresado, en otras oportunidades, que provoca cierto cansancio machacar con esta observación. Sin embargo, uno no puede andar inventando atracciones para que, en el mejor de los casos, redunden en columnas periodísticas con buenos fuegos artificiales.

Se puede y debe trabajar con pensamiento crítico. Pero eso no tiene nada que ver con la fantasía de que existe la oposición, ni con la de querer armarla de alguna manera desde programas de radio y televisión y portadas de diarios y noticieros.

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